19

2196 Palabras
Un suspiro de alivio casi se escapa de Keily al oír a Dafne acceder a besarla.   La ojiverde se inclinó hacia la mayor tomándola de la cintura para acercarla más a ella. Dafne la sujetó de los hombros y sintió los labios de Keily acariciar los suyos antes de comenzar un beso húmedo y lento.   Dafne se sintió tan bien de ser ella la que estaba con Keily, se sintió completa y se olvidó del resto del mundo y del ruido que se oía abajo.   Eso era lo que necesitaba, ser tocada nuevamente y tocar a Keily.   Keily no quería replicar lo que le hizo Juno, fue simplemente una excusa.   A Keily le gustaba sentir a Dafne primero lento, tratarla con cuidado porque había algo en ella que la hacía querer tenerla siempre, que la castaña sintiera que antes de la lujuria sentía cariño hacia ella y respeto, quizá ¿amor también?   La ojiverde no sabía de amor porque nunca lo había sentido antes, pero si eso era el amor era algo muy complicado y repentino, porque la conocía desde hacía mucho tiempo y hasta ahora se daba cuenta de que no solo le resultaba sexi verla por la ventana, sino que también le gustaba su risa y las cosas más simples de Dafne, incluso sus bromas ya no la hacían sentir incomoda, la hacían reír.   Aunque quizá la ojiverde nunca se dio cuenta de que, esos chistes, la castaña simplemente los hacía porque le gustaba Keily físicamente y era la mejor manera que encontraba de acercarse a ella y llamar su atención.   Cuando el beso entre ambas se hizo más profundo, un chico abrió la puerta de la habitación en la que estaban haciendo que ambas se sobresaltaran.   Se separaron y miraron al muchacho intentar decir algo, pero al parecer estaba demasiado ebrio como para formular palabra así que simplemente inclinó la cabeza y cerró de nueva cuenta.   Dafne soltó el aire que contuvo cuando vio al joven sonando aliviada. Miró a Keily y ambas rieron con complicidad.   -          Nunca tenemos paz – mencionó la menor.   -          Eso puede arreglarse esta vez – respondió Dafne incorporándose para ir a asegurar la puerta de forma correcta.     Keily se mordió ligeramente el labio inferior cuando la vio volver hacia ella.   Dafne se colocó sobre el regazo de la ojiverde y se acomodó siendo sujetada por las manos de Keily. Sus frentes se unieron y las manos de la castaña acariciaron de los hombros al cuello de Keily hasta llegar a su cabello y besarla.   La más joven sintió la lengua de Dafne entrar en su boca y no dudó en succionar suavemente.   Una sonrisa se hizo presente en ambas cuando se separaron para respirar y entonces Dafne se puso a horcajadas en Keily.   La ojiverde sintió un ligero sabor a licor también en Dafne, pero en ella, por alguna razón, no era desagradable en ningún momento, además sus labios siempre sabían a fresa y su aroma era suave como todo en Dafne, todo en Dafne era sutil y era hermoso bajo la mirada de Keily, bajo su tacto, bajo sus sentidos, cada uno de ellos.   -Gracias, Keily -susurró la castaña sobre los labios de la otra.   Keily arrugó ligeramente el entrecejo.   -          ¿Por qué, Daf?   -          Por ser tan linda, por preocuparte por mí.     -          N-no es nada -respondió sintiendo que soñaba por la calidez en cada palabra cargada de sinceridad y sentimiento de Dafne.   -Lo es, lo es para mí, tú lo eres, eres… no sé ni siquiera como describirte.   -¿La mejor alumna del mundo?   -Sí -contestó sintiendo un apretón en el corazón ya que no era a eso a lo que se refería, pero ¿Qué podía esperar? Si solo eran un par de chicas sin compromiso -. La mejor, aunque nunca he tenido otra.   La castaña dejó varios besos cortos sobre la boca de Keily en cuanto dejó de hablar.   -Yo tampoco sé cómo describirte a ti -dijo Keily entre los besos que Dafne le proporcionaba -, y no me refiero a describirte como maestra sino como tú misma, con todo lo que eres.   Las palabras de Keily hicieron a Dafne detenerse sintiendo algo en el estómago; quizá mariposas porque, según su última visita al médico, no tenía ningún otro tipo de bichos en su organismo.   -¿A qué te refieres, Lo?   -A qué… -Keily no quería arruinarlo diciendo algo fuera de lugar, no podía decirle que se sentía en las nubes cuando estaba con ella, pero ya había hablado y necesitaba salir de esa -, a que eres muy buena conmigo, me ayudas, siempre lo has hecho -, Keily no estaba mintiendo, realmente sentía lo que decía, simplemente contestó con otra verdad -. Quizá antes me molestabas, pero aun así estabas ahí cuando yo necesitaba a alguien sin siquiera ser tu amiga. La última vez entraste al patio de mi casa a ayudarme con mi tarea siendo un día tan frío.   Y si Dafne había dudado en algún minúsculo momento y por alguna razón querer de sobremanera a esa niña, ahí rectificó todo lo que sentía e incluso ese sentimiento creció y, como dinamita, detonó una bomba de emociones que mandaron felicidad a todo su cuerpo, felicidad que se reflejó erizando su piel.   Lo que dijo Keily quizá fue lo más tierno que hubiera escuchado, nunca antes un montón de palabras, que ni siquiera llevaban la intención de ser poéticas, la habían hecho estremece de la manera en que en ese instante estaba.   -          No éramos amigas, pero eras mi pequeña vecina, lo eres y me gusta ayudarte, me gusta que sonrías, aunque casi nunca me dejabas verte hacerlo -respondió Dafne tratando de no ponerse a llorar como una estúpida adolescente enamorada.   -          Gracias, quisiera que hubiera una palabra para describirte.     La castaña soltó una risilla inevitablemente, por nervios, por emoción, porque el amor es estúpido, eso ya lo había mencionado.   -          Incluso creo que Dafne debería ser un adjetivo -siguió hablando la menor con calma y aún dejando pequeñas caricias en la cintura de la mayor.   -¿Y qué significaría ese adjetivo?   -          Significaría algo lindo, listo, ruidoso, suave, pequeño y alocado.   La castaña rio seguida de Keily.   - ¿Ruidoso y alocado?   -También lindo y listo, recuerda -replicó la ojiverde.   Entonces Dafne estrechó más a Keily contra sí y dejó su cabeza apoyada en el hombro de la menor cerrando los ojos y respirando el aroma de su cabellera oscura.   Keily, por su parte, sujetó con más firmeza a Dafne y acarició su brazo de arriba abajo, sintiendo la respiración de la castaña chocar con su piel haciéndola sumergirse en una calma demasiado profunda. No había más que Dafne en sus brazos.   ¿Y la práctica?   Eso no importaba en ese momento, ese momento era especial, íntimo, aunque Keily no quisiera que la otra se enterara de lo mucho que importaba ese pequeño instante para ella y lo mismo ocurriera con Dafne.     La castaña había llegado a su casa después de una noche que pareció ser una montaña rusa de emociones. Quizá la fiesta de Aura no fue todo lo que ella esperaba, pero Keily y ella habían pasado lo que podía ser el momento más íntimo y sincero hasta la fecha.   Vio por la ventana antes de entrar a la cama, miró a la ojiverde sonreirle desde su habitación y ella respondió al gesto antes de que Keily apagara las luces.   Una vez acostada entre las sábanas, la mayor de ambas recordó la primera ver que había visto a Keily, la niña mayor del matrimonio que se había mudado a la casa de al lado, una cosita ojiverde que solía correr en el jardín y llorar cuando su hermano, menor le quitaba alguno de sus juguetes.   Keily siempre fue una niña linda a la que daban ganas de apretarle las mejillas, besar su frente y hacerle cosquillas en su pancita. Así era Keily y con esos ojos siempre la había visto Dafne hasta que Keily cumplió trece.   A los doce la ojiverde había dado un cambio bastante notorio en su estatura y en su forma de actuar, se volvió más grosera y seria, dejó de jugar en el jardín, solamente se la pasaba en su recamara y se había vuelto más desgarbada de lo usual, a los trece ya no era solo eso sino que también el cambio de su cuerpo de niña ya era notorio, se estaba volviendo una adolescente.   También a los trece años Keily comenzó a espiar a la habitación de Dafne, primero la castaña creyó que era su imaginación ¿cómo Keily podía ser capaz de eso?   Sin embargo, se volvió una rutina, sin duda la mocosa la estaba espiando y eso lo confirmó cuando la afrontó y más de mil colores se subieron al rostro de la más chica.   Dafne recordaba muy bien lo que sintió en ese momento, se debió sentir enojada u ofendida, en cambio se sintió satisfecha, como si le gustara que eso pasara, pero hizo como si se molestó.   Desde ahí fue que Dafne se dio cuenta de que Keily le atraía físicamente, era un secreto que no le contó a nadie, ni siquiera a su mejor amiga, ni siquiera lo escribió en su diario, ni siquiera ella misma se lo admitía en su interior porque le parecía algo un poco enfermizo, ella tenía dieciséis y Keily tan solo trece, ella ya era una adolescente y Keily casi una niña.   Era increíble pero después de un tiempo se vio a ella misma en su bañera masturbándose pensando en Keily, se sintió tan sucia cuando terminó pero ya no podía seguirse mintiendo, la mocosa que se la pasaba haciéndole malas caras la estaba excitando, quería tocarla y que la tocara pero sabía que eso estaba mal así que se conformaba con pasársela tratando de llamar su atención, incluso comenzó a dejar la luz de su habitación encendida para que la ojiverde pudiese verla mejor y luego hacerse la ofendida.   Ahora, dos años después, Dafne estaba viviendo una especie de fantasía que había mantenido reprimida, solo sería eso, vivir su fantasía y luego terminar con ese juego de prácticas, pero fue tan estúpida que terminó enamorada.   La atracción se había transformado en algo más fuerte en un abrir y cerrar de ojos.   Suspiró y se acomodó mejor sobre el colchón pensando en que debía disfrutar ese momento al máximo antes de que todo terminara.   La noche fue fugaz una vez que logró quedarse dormida y a la mañana siguiente se le ocurrió citar a Keily en el centro comercial porque quería tener tiempo con ella y si se podía llevarla al cine y no ver la película.   Dafne estaba a punto de salir de casa cuando algo llamó su atención. Apenas logró escuchar la voz de su padre conversando con alguien que parecía ser el padre de Keily.   Detuvo inmediatamente cada uno de sus movimientos y puso atención a los hombres que charlaban en el porche, solo la puerta los separaba, pero ellos estaban hablando en voz baja.   —      Además, no estoy muy seguro de qué le está pasando a mi hija —logró escuchar que mencionaba Noah.   ¿De cuál de sus dos hijas hablaba?   —      ¿Sigue teniendo problemas con Sarah?   —      Parecían ya estar bien pero hoy en la mañana volvieron a discutir por algo sin importancia, pareciera que una es pólvora y la otra un fósforo en llamas.     —      ¿Ya hablaron con ella, Noah? Quizá hay algo que no están viendo.   —      Mi esposa no comprende que también nuestros hijos tienen privacidad. Principalmente Key, ya no es una nenita ¿hablar con ella? Sarah sólo quiere imponer y yo estoy peor porque no hago nada al respecto.     Hablaban de Keily.   —      Los adolescentes a veces no quieren escuchar sino ser escuchados. Llévala a comer y haz eso, escúchala si tu esposa no lo hace.   —      ¿Y si decide no decirme nada?     —      Por lo menos sabrá que cuenta contigo y antes de lo esperado sabrás que tiene. Quizá solo es el cambio hormonal, casi no lo entiendo pero Dafne pasó por eso y no quiero que llegue el día en que a Lori le toque —indicó Bruno con un poco de humor.   Noah rio un poco para luego resoplar con resignación.   Dafne entonces se apresuró a abrir la puerta para ni ser descubierta espiando en una conversación ajena. Fingió ver su teléfono y luego subir la mirada para encontrarse con el par de hombres charlando.   —      Oh, Buenos días caballeros —dijo Dafne —, no sabía que estaban aquí afuera los dos —añadió recibiendo una sonrisa y un saludo por parte de ambos.   —Solo charlaba con el señor Jauregui, cariño —respondió Bruno besando la frente de su hija.   —      Entonces los dejo que sigan con su conversación de hombres.   —      ¿A dónde es que vas? —cuestionó su padre.     —      Iré a comer con mis amigos, tengo tu permiso desde el viernes —respondió la castaña.   —Cierto —mencionó su papá dándose un golpe mental —, lo siento, lo había olvidado. Diviértete.   —Lo haré —dijo besando la mejilla de su padre —, y nos vemos después, Señor Jauregui. Salude a su esposa por mí —añadió antes de irse de casa luego de decir sus pequeñas mentiras blancas, iba justamente a encontrarse con Keily pero no diría eso y nunca había pedido permiso pero conocía bastante bien la mala memoria de su padre.
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