Las barras de luz del pasillo, titilaban. No todas habían sido cambiadas el día anterior, así que algunas estaban defectuosas. El presupuesto era bajo y, por tanto, no podían permitirse el lujo de reparar los demás bombillos. Para Clara y Verónica no tenía sentido que el sendero al despacho presidencial estaba la mal iluminado. Sus ojos se acostumbraron a la repetición de parpadeos. —Me va a dar epilepsia en este sitio —comentó Verónica con los ojos cerrados. —A mí me dará un paro cardíaco si James no sale vivo de Urman. —Pronto sabremos noticias de ellos. —Miró su reloj—. Son las diez de la mañana. Sol se había quedado en casa de una vecina. La niña vio a su madre llorar, pero esta no dio explicaciones al infante. «¿Por qué lloras mamá?», preguntó con pesar en la mirada. Clara había

