Quattordici

2106 Palabras
El auto se detuvo en la entrada principal de Port Prince, el ama de llaves y dos de los mozos, salieron al encuentro de Maia con una expresión que alertó a la rubia, para que la señora Candelaria mostrará el enfado tan claro en el rostro es que Hadriel no tomó en serio sus palabras. Dio la orden al empleado de repartir entre el personal de servicios generales, cada obsequio tenía el nombre de su receptor. Las gracias y la cara de alegría no fue extraña para Maia, es cierto que los mal acostumbró, pero Nereida siempre le dijo que la lealtad se gana con detalles, tanto materiales como inmateriales, y por lo que le esperaba dentro de la casa, deseaba que esa promesa silenciosa fuese realidad. Las dos mujeres caminaron hasta la entrada de la casa, la mayor comentaba lo ocurrido en los días previos a la llegada de los Pozos y de la niña Leila. Los objetos de las habitaciones fueron guardados y protegidos, dejándolas únicamente con las camas y los muebles empotrados. En el camino, Candelaria la puso al tanto de lo ocurrido con los Pozo en el ala sur, no hubo problema en los dos primeros días, pero cuando supieron del regreso de ella y que Jared la acompañaría, todo cambio, no se contestaron con un pedazo alejado de la casa como si estuviesen infectados de algo. Las palabras precisas dichas por Candelaria fueron el reflejo de la personalidad de Vila Viuda de Pozo: Resentimiento y envidia. Al cruzar el umbral, la casa olía a ambientador barato y a sudor ajeno. Lo que era peor: se sentía ocupada, como un organismo invadido por células hostiles. La primera señal del asalto fue el jarrón de porcelana Ming que su padrino le regaló en su boda. Bufó porque en el deseo de borrar su estirpe, irónicamente tuvieron la delicadeza de envolverlo en una manta vieja y tirarlo sin cuidado al pie de la escalera. Maia se quitó el abrigo entregándolo a Candelaria, siguió hacia el salón donde el caos de la ocupación era más notorio. El sillón de lectura, tapizado en terciopelo a juego con las cortinas y la alfombra, estaba arrinconado contra la pared y reemplazado por un antiguo sillón reclinable de cuero que olía a naftalina. Junto con este adefesio se encontraba una mesa redonda con un forro verde y cuatro sillas que le recordaron las películas de los casinos. Continuó hacia el estudio donde el panorama era similar, la única diferencia radicaba en que aún no habían sacado el escritorio de caoba que Maia le regaló a Hadriel en su tercer aniversario, una muestra de la recuperación económica que vivían y que pronto mostraría un ascenso que dejaba atrás los errores de sus progenitores. —¡Araceli! ¿Qué crees que estás haciendo? El tono de Maia no era de pregunta, sino de orden. La abogada se sobresaltó, dejó caer la tablet que sostenía y le dio la cara a la recién llegada. —Reorganizando la casa de Hadriel y de su familia. —¿La casa de su familia? Espero que recuerdes que eso se resume en Leila y yo. Además, esta es mi casa por derecho propio, no puedes entrar y mover mis cosas. La risa de burla por lo dicho, fue completada con la frase de que Hadriel les dio vía libre para modificar la actual decoración de la renombrada casa Pozo, de Port Prince a Scarlett Hill. Al ver la expresión de la ceniza, Araceli finalizó con las palabras que determinaron el destino del matrimonio Envers Bazma. —Galia sostiene una Sociedad de Hecho con Hadriel, tu matrimonio no es válido, por lo tanto, mañana vendrán a sacar tus cosas de la habitación principal y colocarlas en donde deben estar, en la calle. Los hombres contratados al fin lograron dar con el mecanismo que mantenía al escritorio fijo en el suelo, Maia los señaló ignorando la estupidez dicha por González. —Dejan mi escritorio donde estaba, y se largan si lo desean una demanda. —¿Quién va a pagar? La pregunta del que parecía el jefe del escuadrón fue resuelta con un cheque que Araceli sacó del cajón del mueble, uno que pertenecía a Maia. Antes de que el hombre lo cogiera, la rubia lo arrebató de las manos de la abogada, y le propinó una bofetada. —¿Les pagas con mi dinero, para que me saquen de mi casa? —sin darle la espalda a la mujer levantó la voz para ordenar a los hombres que fueran a la salida y se quedarán allí para la nueva contratación. En la puerta se tropezaron con una disgustada Vila que esperaba por los obreros para limpiar la habitación principal y pasar a su “pequeña” Galia al lado de Hadriel. —Lo debí imaginar, una inútil como tú es la única que no valora el tiempo y el dinero desperdiciado. Con un gesto Araceli abandonó el lugar dejando a la matriarca con Maia. Las mujeres midieron fuerzas, la mayor era consciente del lugar que ocupaba en el corazón de Hadriel, así que no le importó seguir con los ataques verbales a la hija de Abraham Bazma, un hombre mezquino y arrogante que pagó lo justo por lo que le hizo a su difunto esposo. Vila paso la mirada por las estanterías deteniéndose en cada una de las fotografías de Maia con Hadriel, se encaminó hacia la del día de su boda y con simulada torpeza al sujetar, el porta retrato se resbaló de las manos que no hicieron nada por retenerla. —¿Lo entiendes? —Vila no esperó que la rubia contestara, ya que continuó explicando la lógica de su actuación—. Hadriel es como ese retrato, una persona que se para a tu lado, pero que realmente no te ve. Necesita de mi presencia y la de sus hermanos, en especial de Román, para recomponerse, recordar quién fue y volver al buen camino, sin estorbos. —Sal de mi casa. ¡Ahora! —dijo Maia, señalando la puerta. Vila alzó la barbilla, cruzando los brazos y haciendo resonar la punta impaciente del tacón. —Nosotros no nos vamos a ir, Maia. Yo soy su madre. Mi hijo necesita el cuidado de quién lo crió, no de una... Cualquiera que lo engatuzó. Maia respiró profundo, veinte años al lado de Hadriel y para esta mujer era una “cualquiera”. Con una palabra borró cada sacrificio, los días buenos y los malos. La existencia de Leila y el amor que en algún momento compartieron. Más por la rabia que por el verdadero valor, se acercó a la mujer que la miraba como si de un bicho insignificante se tratara, hablándole con el tono bajo y tan inexpresivo como el que tantas veces escuchó en su padre y demostrando que no era digna de estar frente a ella, le dio la oportunidad de irse sin problemas de Port Prince. Lo que no esperaba es que Vila reaccionara con violencia, la bofetada quedó marcada en su mejilla. —Eres tan miserable como el asqueroso de tu padre, tantos años y …y vuelves a usar sus malditas palabras. ¿De qué diablos hablaba esa mujer? —La verdad duele señora Pozo, los arribistas como ustedes que envidian la fortuna de cuna, lo único que pueden hacer es destruir lo que desean, pero saben que nunca les dará el estatus que añoran. Vila agarró el primer objeto que alcanzó del escritorio tras ella, para arrojarlo contra Maia que no se corrió esperando el impacto, un grito y unos brazos rodeándola evitaron que la figura de cobre macizo le golpeara. Jared revisó que la rubia no tuviera ninguna herida, pidió la presencia de Candelaria y ordenó que llevarán a la señora a sus aposentos y la atendieran, y, de ser necesario, no dudarán en llamar a un médico. Cuando se quedó a solas con su abuela, notó como temblaba de ira provocada por las palabras de Maia. —¡No te atrevas a tocarla de nuevo, anciana infeliz! —siseó Jared a Vila que se sorprendió por la actitud de su nieto—. Si vuelves a levantar la mano en contra de Maia, te juro que te destruiré junto a los zánganos de tu familia. Las palabras del azabache hicieron que la mujer se derrumbara y sollozara con una exageración dramática. —¡Me ha golpeado! ¡Me ha agredido! ¡Jared, esa mujer es una malagradecida! ¡Una criminal! Sin embargo, la mirada gélida del joven ante ella, detuvo la charada. Entonces, Vila cambió de táctica. —Defendí a tu madre, aseguraba su lugar en esta casa, al lado del hombre que por ley es su marido. —No, abuela. Lo que hicieron tú y Araceli fue robarle su espacio forzando una mudanza que es legalmente inviable. Vila se atragantó. Con un sollozo pidió la presencia de Araceli que no tardó en entrar y abrazarla. —Tu abuela está muy mal de salud, no sabes lo que han sido estos años con Galia y su adicción, más los desprecios de esa zorra. Jared se rió por la expresión tan propia de su madre y tan alejada de Maia. En ese instante las dos mujeres comprendieron que el menor de los Envers no era como su padre, Hadriel, quien siempre evita el conflicto. Jared se convirtió en un joven duro por necesidad, observando los silencios y las mentiras. Se dirigió a Vila, con una expresión de decepción —Ustedes tienen que irse. No solo porque incomodan a Maia, sino porque esto se acabó. Se acabó la farsa, se acabó el fraude que han perpetuado durante todos estos años. El silencio se instaló en el estudio, un silencio denso y cargado. Vila se levantó lentamente, olvidando el espectáculo de mujer dolida. Aunque lo disimuló bien, en sus ojos, Jared pudo ver miedo, por eso, siguió demostrando lo que utilizaría en su contra. —Si desean continuar con “las remodelaciones” y los reclamos, Maia puede encontrar pistas de lo que pasó con el señor Abraham Bazma. Me imagino el titular «¡Los Pozo mintieron! Los verdaderos estafadores y asesinos». Vila volvió a pedir que se callara, Jared continuó mencionando como el finado patriarca Pozo y su fiel esposa, fabricaron recibos, contrataron testigos que luego silenciaron e hicieron que ese contrato que Bazma le dio a su socio, pareciera un fraude. La acusación fue directa y brutal. Araceli y Vila quedaron calladas, la castaña conocía del ardid, actuó como pasante en el caso y pronto se enteró de la verdad, pero el finado señor Pozo le proporcionó una buena tajada por su ayuda tergiversando la verdad con las pruebas obtenidas. —Abraham Bazma fue a la cárcel por su culpa, abuela! Un hombre inocente pasó años encerrado por el fraude que orquestaron. Murió como un hombre roto, afectó la salud mental de su esposa y la vida de Maia, mientras ustedes consiguieron estabilidad económica y renombre por una mentira. Las palabras de Jared resonaban en la sala, Araceli más racional, necesitaba saber si tenía pruebas concretas, o si, simplemente, unió puntos y dedujo la situación como lo hizo ella años atrás. Colocó su mano en el brazo de Vila y apeló a lo perjudicial que sería un traslado de Galia, aceptó en nombre de su familia política que se equivocaron, que iniciarían las remodelaciones en la antigua casa Pozo, habitando según las condiciones estipuladas por Maia en el contrato de arrendamiento. Jared simuló estar satisfecho, esa rendición tan fácil significaba una arremetida más fuerte y peligrosa, nunca comprendería como la envidia y el rencor podrían trastornar tanto a las personas. La cara de Vila se arrugó en una máscara de derrota, apoyo a su nuera y pidió que la acompañará a su habitación, al estar solo, Jared respiró. Unos golpes en la puerta y la presencia de Maia lo hicieron sonreír, curiosamente detrás de ella venían los hombres que dijeron haber sido contratados por su abuela, pero que ahora parecían cachorros siguiendo sus órdenes. El jefe de la cuadrilla analizó el espacio y avisó tener la cotización en 13 horas, extendió la mano a la rubia que la aceptó, despidiendo al grupo. Jared se acercó abrazándola por detrás, Maia recostó su espalda al torso del joven que luchó por ella, ganaron esa batalla por su hogar, pero la guerra familiar se había convertido en un campo minado de verdades. —Gracias. —Siempre estaré contigo. Maia suspiró, sintiendo por fin el agotamiento, lo último que supo fue que Jared la levantó mientras ella perdía la conciencia
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