Maia despertó por el aroma a café que Hadriel le daba cuando sabía que su día no fue bueno
Ver a su marido con la taza humeante y los pequeños pastelillos que tanto le gustaban, la hizo sonreír. Se estiró como si de un gato se tratara y lo saludó con un agradecimiento, al acercarse para besarlo, Envers la apartó señalando la silla al frente de él.
Los recuerdos de la tarde explicaron el comportamiento de Hadriel, ni siquiera se molestó en preguntar la versión de Maia, para él, ya era culpable.
El matrimonio llevaba veinte años, una vida tejida con hilos de préstamos, licitaciones, vacaciones familiares, y la rutina cómoda que a menudo se confunde con la felicidad. Pero esa noche, el tejido se había deshecho, revelando un nudo oscuro y frío que siempre había estado ahí.
Maia tomó un sorbo de café, aunque el líquido no lograba calentarla. Sus ojos, detallaron la actitud fría del hombre que ¿Amaba?
—Como tu veredicto ya está dado, me preguntó a qué viniste, ¿A insultarme por lo que eché a tu familia? O ¿A pedir que deje a Vila y a Araceli hacer de mi casa una extensión de la de ellos? ¡Porque les diste permiso hasta de cambiarle el nombre a Scarlett Hill!
Hadriel inhaló como si el aire de la habitación no fuese suficiente, un poco de la ira que le produjo la historia que su madre adoptiva le contó entre sollozos, se desvaneció ante la mirada gélida de su esposa.
—Maia, por favor, comprende que Port Prince es mi casa también y ella asumió…
—¿Tú casa?
La risa fingida brotó de los labios de Maia con exasperación. Colocó la taza en el platillo y se levantó yendo hasta la caja fuerte detrás de la ropa de su armario, ni siquiera Hadriel podía abrirla ya que el reconocimiento era con el iris, buscó en el interior y al regresar le lanzó la escritura de la propiedad.
Envers leyó el documento oficial dándose cuenta que era una copia. La original sin duda la tenía el padrino de Maia o alguno de sus amigos y los abogados habrían hecho un excelente trabajo para evitar que cayera la hacienda en manos equivocadas.
—Empecemos por esto Hadriel, el acuerdo que firmamos al casarnos determinó que nuestros bienes prematrimoniales no serían tomados por ninguno de nosotros en caso de divorcio. Acordamos también que las acciones de mi empresa, Chemistry Bazma Ltda., y de la tuya, Envers Co., nos pertenecen en copropiedad, un 70% que repartimos 53 para nosotros dos y 27 para nuestros hijos, que ahora veo se limitan a Leila.
Hadriel murmuró el nombre de Jared, y Maia respondió que él no era su hijo, así que no le correspondía nada de la división predeterminada.
El azabache dejó de lado la escritura, Maia era una excelente mujer de negocios, criada para eso, que resistió primero sola y luego con su ayuda, todo lo que el encarcelamiento de Abraham Bazma y el s******o de Nereida Lacrosse le pusieron sobre los hombros, sin embargo, el compromiso moral con los Pozo superaba el del matrimonio .
El silencio generó molestia y al final Maia fue quien habló.
—Quiero la verdad Hadriel. Esa que no me dijiste la verdad antes de casarnos, antes de jurar, antes de… todo.
Hadriel levantó la mirada. En sus ojos, usualmente transparentes y confiables, había una mezcla de culpa, agotamiento y una tristeza profunda que Maia casi podía compadecer.
—No hay una respuesta, simplemente fue más fácil, más cómodo seguir la doble vida en ese instante, crecí solo y saber que Jared correría el mismo destino hizo que me decidiera por ocultar la relación con Galia.
Prefirió callar las demás frases, como decir que prefirió la estabilidad que ella le brindaba y tener la locura momentánea de la Pozo.
—Por lo visto no mediste las consecuencias la primera es que nuestro matrimonio puede invalidarse por bigamia de parte tuya, ya que llevas con ella más años que conmigo, y la muestra es Jared y los testimonios de tu familia adoptiva.
Para Hadriel eso significó inestabilidad económica, si el matrimonio era ilegal, las acciones caerían y el porcentaje que protegía de Vila y Román estaría a su alcance por la relación con Galia.
—Eres mi esposa legal, con ella únicamente eran acostones de una noche.
—Deberás aclarar eso con tu cuasi-hermana, ya que, palabras textuales, me gritó lo que implicaba tu Sociedad de hecho, y el recordatorio de que ella es la madre de tu primogénito.
—¡Fue un error de adolescencia!
Maia observó al hombre como si no lo conociera, los ojos verdes de Hadriel brillaban humedecidos, toda esa furia con la que llegó, había desaparecido, y reconoció al adolescente que la conquistó hace veinte años. No obstante, la última frase en la que estaba a Jared le dolió como si negará a su propia hija, ¿Acaso la niña también fue un error?
—¡No digas eso, Maia!, Amo a Leila, a nuestra princesa, y la amo porque es tuya, porque tú me la diste…
Hadriel se puso de pie y empezó a caminar hacia la rubia que recién notaba que dijo el comentario en voz alta. Las manos temblorosas del hombre tomaron las de su esposa rogando por otra oportunidad, una para sanar la g****a que la incómoda verdad sobre Galia y Jared formó en su relación, una oportunidad para rehacer su matrimonio y no perder cada uno de los instantes que los llevó a triunfar juntos, a tener una sólida fortuna y ser reconocidos como una dupla de triunfadores.
Maia retiró las manos. La furia y el dolor se habían fusionado en una náusea fría.
—¿Una g****a? ¡Hadriel, es un abismo! Has vivido veinte años una doble vida. Has tenido una familia en la sombra, un hijo que no conocí, una mujer a la que has visitado regularmente bajo la excusa de ‘negocios’ o ‘reuniones de la empresa.
Hadriel sabía que no había excusa, quiso decir algo que convenciera a Maia que quería cambiar las cosas, pero el molesto ruido del celular comenzó a timbrar, un mensaje de voz que heló a las dos personas en la habitación, cualquier cosa con Galia, lo haría.
—Lo sé. Y no tengo justificación. Pero te juro que te amo, Maia. Te amo de una manera que… que es el centro de mi universo. Galia es mi responsabilidad, mi historia, mi amiga, la madre de mi otro hijo. Pero tú eres mi vida.
El sonido de una tos leve y un jadeo metálico proveniente de la puerta género más incomodidad, Román lo miraba con reproche por las palabras que dijo, un recordatorio constante, físico y doloroso, del pasado con Galia, uno lleno de peleas, infidelidades y mentiras.
Sin embargo, está era una segunda oportunidad para la pareja, quizás si su hermana jugaba bien las fichas, Bazma desaparecería para siempre de sus vidas, y con ella la molesta de Leila.
La pregunta que Maia iba a hacer fue resuelta antes de siquiera formularla, el milagro que los médicos hablaban acababa de suceder.
—Hadriel, es el momento de enfrentar la situación con valor, Galia es una realidad legal y Jared es una realidad biológica. ¿Me elegirás a mí y a nuestra vida? ¿O te irás al lado de la mujer que es, legal y biológicamente, tu otra mitad?”
Envers se dirigió a la puerta donde Román esperaba, antes de salir, respondió a Maia.
—No lo sé. Nunca pensé en ese escenario. Solo he vivido el día a día, intentando hacer lo correcto sin perder lo que más valoro. Pero si me obligas a elegir, si me pones en la situación de tener que destruir una de mis vidas… te prometo que nunca te habría mentido si no estuviera seguro de que te amo más de lo que jamás amé a Galia. Mi vida emocional, mi hogar, mi futuro, todo está aquí. Mi corazón te pertenece a ti. El problema es que una parte de mi pasado, mi responsabilidad, nunca se fue. Y esa responsabilidad ahora está en el ala sur.
Maia dijo un gracias. Vio la puerta cerrarse y lloró. La honestidad desnuda de su marido era tan dolorosa como la mentira. Él admitía que no podía responder, porque su vida estaba dividida en lealtades y compromisos. Su amor no era total, sino una porción que él le había dado, manteniendo la otra oculta en la sombra.
«No me sirve tu amor si está condicionado, Hadriel».
Pensó Maia. Era momento de dejar el pasado atrás, recogió las escrituras de la mesa y las guardó en la caja fuerte, marcó el número del abogado, si Hadriel no decidía, ella lo haría por él.
—Buenas tardes Nikolai, quiero que prepares un acuerdo de divorcio.