En la medida que los días iban pasando, Hadriel comenzó a pensar en la disyuntiva que Maia le colocó, Vila seguía presionando con quedarse en la casa para cuando trasladaran a Galia desde el hospital.
El médico aseguró que era mejor tenerla rodeada de su familia, muchas personas en coma se estimulaban cuando escuchaban las voces de sus seres queridos, o percibían sensaciones como los olores comunes para ellos. Vila dio de inmediato la aprobación, le dijo a Hadriel que así estaría más tranquila, ya que además de ella, Araceli y Román estarían pendientes.
Aparentemente la respuesta estaba frente a él, los abogados de Maia pasaron los papeles de divorcio y era colocar su firma para quedar libre y rehacer su vida con la mujer que amó durante tantos años, una que bien podría nunca despertar, si esto último ocurría, cumplido el plazo, él se quedaría sin ambas.
Ese fue siempre el problema, el temor de perderlas. Galia era la pasión incontrolable, los juegos sensuales y la opción de experimentar sin sentirse cohibido. Por su parte, Maia era la tranquilidad, la solidez y el remanso que le daba la paz que necesitaba en su cotidianidad. En esos años nunca pudo limitarse a una, porque las dos lo complementaban.
Sin embargo, ahora se unía a la ecuación Jared. Su hijo se acercaba cada vez más a Maia, las fotos en los diarios ya eran comunes, y en cada una de ellas se veían felices.
Sirvió más del whisky y lo bebió con calma sopesando las opciones, el teléfono sonó mostrando el número de Vila, contestó para escuchar por enésima vez la pregunta de cuándo estaría en la casa. La mujer daba por sentado que él se mudaría con ellos, una locura. Odiaba no tener privacidad y en una casa con tanta gente y en un espacio reducido, no duraría más de tres días sin amargarse.
Hadriel no respondió, prefirió hablar de Leila y de cómo iban las cosas desde su escapada después de una semana.
Pésima idea, Vila se deshizo en quejas por haberla criado como una princesa y no enseñarle a ser una mujer útil, entornó los ojos sin darle importancia, ya que Galia era poco o nada hacendosa.
—Además, ¡Hadriel es una boca más a alimentar! —Eso hizo que el azabache le colocara atención—, tu sabes que mi economía no es buena, Ara y Román ayudan, pero no puedo mantenerla, menos con los arreglos que debo hacer por la situación médica de Galia.
—La tarjeta de mi hija la tiene Araceli, Maia le aprobó un cupo bastante alto, quizás deberías hablar con tu nuera para ver cómo dividen los gastos que ocasiona mi hija.
Esa frase causó un murmullo al otro lado del auricular, por lo visto, Ara tendría un jalón de orejas cuando llegase del trabajo.
Los “peros” continuaron con la intervención de monosílabos de su parte, con el objeto de dar la impresión de que colocaba atención a la conversación.
—Sé que es tu hija, no obstante, debe irse con esa mujer, el deber que tienes es con Galia, así que a fin de mes la quiero fuera de mi casa, ella no es mi familia.
Hadriel no se inmutó por la afirmación, era la verdad.
—Tienes razón, ella es mi hija y al igual que yo, no somos parte de TU familia —la mujer trató de corregir lo que dijo, Envers la interrumpió—. Ahora sí me disculpas, debo terminar con un pendiente y más tarde enviaré a Cristóbal por Leila.
Colgó sin esperar respuesta, llamó a Cristóbal explicando rápidamente la situación, el mulato lanzó un par de insultos y pidió la dirección. Hadriel no se preocupó por lo que haría, ese hombre era de temer cuando se metían con algo que amaba, y por muy disgustado que estuviese con Leila, ella era su “petite princesse”. El mensaje de voz a Leila fue tajante, no quería entrar en batalla con la adolescente, se sorprendió cuando la niña le escribió diciendo que estaría lista de inmediato.
Eso lo ayudó a tomar la decisión, una forma más de comprobar el dicho de que ante la indecisión, la vida siempre daría las soluciones apropiadas.
Envió un mensaje a Maia, si aceptaba la propuesta, en una semana, tan pronto ella estuviese de regreso del viaje que debía hacer por la Textilera, su familia volvería a estar junta.
—¡Eso es una locura!
Jared no daba crédito a lo que Maia le contaba, Hadriel quería que Galia estuviese en Port Prince mientras se recuperaba o simplemente era desconectada una vez se cumpliera el plazo de seis meses, el mismo tiempo que pedía para que pudiesen recuperar su matrimonio.
La expresión de Maia, era de confusión, para Jared era una estrategia de Hadriel para evitar que él se acercara, se parecía tanto a su padre, que el día que vino a desayunar supo que él descubrió el deseo que sentía por la rubia.
Maia todavía amaba a su padre, Jared era consciente de ese sentimientos, pero no iba a permitir que la oportunidad se escapara tan fácil. Más cuando podía sembrar la duda.
El joven azabache se aproximó a Maia para abrazarla, la mujer aceptó el mimo que desde hacía un mes el chico le propiciaba y que para ella se convirtió en un signo de fortaleza y solidaridad.
Las manos de Jared se deslizaron suavemente por la espalda de la ojigris, que se removió algo incómoda por lo íntimo que se percibió la caricia.
—No quiero que te veas expuesta a las ofensas de Vila —dijo Jared con aparente nerviosismo. Separándose tomó el rostro de Maia y colocó su frente sobre la de ella—, quiero protegerte, no me importa nada más que tú felicidad.
Maia se alejó para poder verlo, los ojos avellana brillaban transmitiendo una infinidad de sentimientos que no supo descifrar.
—¿Qué pasa, Jared?
El joven se inclinó hacia Maia, su corazón latiendo desbocado. Sin pensarlo, robó un beso rápido y dulce. Ella se quedó inmóvil, sorprendida por lo acaecido.
Unos segundos que parecieron una eternidad, dieron el pie a Jared para actuar arrepentido. Ruborizado habló como si hubiera arruinado la relación que sostenían.
—Lo siento, Maia. No debí…
—Jared, no es correcto, yo estoy casada con Hadriel, yo todavía…
Jared tocó con sus dedos la boca que acababa de besar. Deslizó uno de ellos por los labios entreabiertos que ansiaba probar de nuevo.
—Sé que no es correcto, pero son años de amarte en silencio, de querer ser la persona perfecta para que te fijes en mí.
Ante lo dicho, Maia no supo qué decir ni cómo actuar, más allá de que fuese Jared, hacía años que no era cortejada, ni siquiera insinuaciones que pudieran desestabilizar su matrimonio.
Jared con delicadeza pasó una de sus manos por la cintura de la rubia, mientras la otra delineaba su rostro, deteniéndose de nuevo en la rosada boca que quería atrapar hasta que ella se rindiera por falta de aire o porque se diera cuenta que él era la mejor opción para amar.
—Quisiera que cerraras los ojos y pensarás que no soy su hijo, que no soy menor que tú, sino simplemente un hombre que admira tu belleza y que te ama desde que te conoció.
El azabache la acercó a su cuerpo, los centímetros de diferencia en la estatura, ayudaron a que la cubriera por completo, los ojos grises estaban fijos en los de color avellana, la respiración un poco acelerada y las palmas sobre el torso que intentaba, sin fuerza, alejarlo.
Jared sonrió, quizás Maia no era consciente de lo que hacía, pero su respiración denotaba el nerviosismo que la embargaba.
Demasiado lento para su gusto, y sin romper la conexión visual, se aproximó a la boca que le dio la bienvenida cuando su lengua se coló entre los labios y jugó con el borde de los dientes que se abrieron liberando un suspiro retenido.
Maia cerró los ojos y Jared supo que había vencido.
La mano que no había abandonado el rostro de la rubia se hundió bajo el cabello para asirla con mayor fuerza de la nuca, siempre pendiente de no asustarla y lastimarla. Fue cuando sintió como la mujer se abandonaba por completo a su boca. Quería devorarla, más cuando no hubo una batalla por la dominación, ella simplemente cedió a su hambre.
El gemido dentro de su boca le dio la oportunidad de sujetar a Maia de los muslos y levantarla para que se sentará sobre la mesa.
En esos minutos que se separaron, Jared vio el deseo en los ojos grises, Maia se apoyó en sus hombros y lo miró desde arriba por la posición en que la tenía, una vez la dejó donde quería, ella fue la que empezó el beso.
Un ruido seco los hizo separarse, la fotografía de Maia, Hadriel y Leila se cayó rompiendo el vidrio. Suficiente para sacar a la rubia de su estupor.
—Lo siento, esto…esto no debió pasar.
Maia se acomodó lo mejor que pudo la ropa y el cabello, dio una nueva mirada a Jared que permaneció inmóvil a la espera de lo que ella decidiera hacer.
—Yo tengo mucho que pensar, salgo de viaje esta noche por asuntos de la Textilera, Jared quedas en tu casa.
El ojiavellana la vio salir sin moverse de su sitio, cuando estuvo seguro de que se había marchado, respiró profundo.
No importaba cuánto tiempo le costará, ya esperó lo más, unos meses no lo iban a matar, la paciencia era una virtud de la que gozaba, y lo acaecido le dio esperanza, no era indiferente para Maia y podía verlo como un hombre y no como su hijo.
Tal vez que Hadriel volviese a la casa era una forma para que ella los comparará, y estando Galia de por medio, las cosas serían más fáciles para él.
La balanza se inclinaba hacia su lado, y Jared sabía que se quedaría con el corazón de Maia.