UNDIECI

1358 Palabras
Leila esperó pacientemente a que su madrina Portia la atendiera, el viaje fue fácil desde la casa en la que se alojó Vila, cercana al hospital, y eso ayudó a escabullirse de Román y Araceli. Al abrirse la puerta del elevador, se levantó de inmediato esperando que fuese su madrina, sintió la necesidad de correr a abrazarla cuando la vio, pero después de lo ocurrido con Cristóbal, decidió detenerse. La elegante mujer de cabello n***o y ojos aceituna quedó quieta por unos minutos mirándola como si no la conociera. —¿En qué puedo ayudarla señorita Envers? La pregunta la hizo Portia una vez pasaron a la oficina privada que ocupaba, aunque eran varias las preguntas que deseaba hacer, la principal se limitaba a la expresión de angustia que reflejaba la adolescente. —Yo…yo necesito que…por favor, me…estoy sin dinero y necesito comprar algo de aseo personal. La voz de Leila era de completa humillación, por ende, cuando Portia cuestionó que había pasado con la tarjeta de crédito que Maia le entregó con suficiente cupo para dos meses gastando a un ritmo escandaloso, la respuesta la obligó a morderse la lengua —literalmente—, para no despotricar de Araceli y Vila. Aunque debió aceptar que la respuesta de Hadriel fue un voto de confianza a Maia, le negó cualquier ayuda económica, así como permitir que se mudarse con él al apartamento que ocupaba en ese momento, uno que la Textilera utilizaba para el personal flotante que a veces contratan. Portia le entregó el pequeño sobre rosado señalando el baño. Cuando quedó sola, marcó a Cristóbal para que le diera los datos del plástico. La averiguación no fue difícil, los gastos de la tarjeta eran ridículos, la mayoría en banalidades, el último y que alcanzó el límite del saldo, fue un ramo de rosas de una de las floristerías más caras de la ciudad. Al ver salir a Leila le pidió sentarse para que hablaran de lo que debía hacer a continuación. —Han pasado quince días desde que tuviste el problema con Maia, si la señora Pozo te cobró el alquiler por el mes, quiere decir que en estas dos semanas que faltan del mes tendrás que tomar una decisión. La niña asintió en silencio, comprendía el sentido de la frase, pero era terca y pedirle perdón a su madre para que la dejase regresar a casa, y eso no era lo que quería. —Iremos a comprar lo básico, y te daré algo de efectivo, tómalo como regalo de cumpleaños adelantado. Leila agradeció el gesto, la tarde la pasaron como cuando era una niña y se escapaban para disfrutar de los almacenes, el Spa o simplemente, del rancho y los caballos de Port Prince. Regresó a las seis a la casa que los Pozo ocupaban antes de mudarse de la capital a una ciudad más pequeña por la salud de Alexandro, Araceli la esperaba con los brazos cruzados en una actitud de reproche. Leila sacó la carta que le dio Portia firmada por Cristobal, si antes estaba furiosa, en ese instante demostró que bien podía desaparecer la con la mirada. —Llegó un mensaje sobre un sobregiro de la tarjeta, me llamaron y les dije lo que tú ordenaste —Leila trató de parecer lo más sincera posible con la versión que Portia inventó para que no la regañaran—, pero el banco envió el extracto y… —¡Cállate! Retirate a tu habitación y espero que no tengas hambre, porque con la miseria que diste para tus gastos en esta casa, no hay nada de mercado. Román observó a la niña subir, tal vez Ara no se dio cuenta, pero la fría máscara que poco refleja sus emociones, fue para él una alarma de que perderían pronto esa entrada de dinero. —Tu la querías aquí, ahora la tienes, ¿Por qué el maltrato? —Vila deseaba que Hadriel abandonará a Maia, Leila era el aliciente principal. Román se burló por la suposición que hicieron su madre y esposa, Hadriel era manipulable, pero jamás iría en contra de una decisión de Maia. Cambió el tema cuando Araceli trató de averiguar cuál fue el gasto que generó el sobregiro de la tarjeta. Desde que Ara se la quitó a la niña procuró ser precavida para que no hubiese ninguna alerta, esto le dio bastante libertad en su propia economía, ella ganaba bien, tenía buenos ahorros, pero una plata extra nunca caía mal. Además, estaba el asunto de Vila, la mujer cobraba arriendo por la casa desde que se mudaron allí, en más de una ocasión pudieron mudarse, sin embargo, las condiciones de la vivienda eran demasiado buenas para perderlas, el canon era la mitad del legal, así que no podía quejarse. Román volvió a preguntar por lo que averiguo de Jared, Araceli torció la boca en señal de desespero, el chico cubrió muy bien sus pasos, al igual que Galia, tenía papeles falsos, así que aún no podía dar con el alias que usaba. Román rió, su hermana utilizó todas las estrategias posibles para cubrir lo que hacía en las épocas que no se encontraba al lado de Hadriel, y por lo visto, eso fue de lo poco bueno que enseñó a Jared, sintió un poco de lástima por su sobrino cuando era un niño, ahora lo respetaba, supo labrarse un camino olvidando todas las trabas y exigencias de Galia y Vila. Un mensaje llegó a su celular, leyó el remitente causándole una ligera sonrisa que bien podía confundirse con un gesto de fastidio, alzó la cabeza para aconsejar a Ara que le llevaste la cena a Leila y tratase de entablar una conversación que la hiciera sentir culpable por haberse escapado, la mujer le dio un beso ligero en los labios y salió hacia la cocina aceptando que era una magnífica idea. Román se dirigió a la puerta de la casa, cuando estuvo en el atrio leyó lo escrito y soltó una carcajada por no llorar. Esas eran las consecuencias de preferir a su familia sobre lo que realmente amaba. Cristóbal revisó un vez más la tarjeta, odiaba al maldito Román Pozo, el tipo parecía no comprender que nunca volvería a cometer el mismo error, suficiente con lo que pasaba Maia para ser una copia de su historia. Conoció a Román en la universidad cuando Maia le presentó a Hadriel, por alguna razón el tipo le cayó de la patada, así que la estrategia de su amiga fue conseguir una cita doble para que no hiciera ningún comentario desagradable sobre Envers. Con los meses se les unió Portia y lograron asimilar la noticia del matrimonio y de que Maia pronto sería la esposa de uno de los empresarios más prometedores del país. A la par de eso Román comenzó una especie de conquista que lo envolvió poco a poco, hasta que lo enamoró por completo. Cristóbal no gustaba de ser catalogado, sus parejas fueron tanto masculinas como femeninas, similar comportamiento tuvo su actual novia, la única mujer que siempre lo vio como era y no por la fortuna de su madre, la viuda negra, Helena Diaz del Castillo. Tardó años en darse cuenta que su felicidad siempre la tuvo al alcance de la mano, por eso, cuando ella vio el ramo soltó la carcajada indicando de donde obtuvo el admirador el dinero para pagarlo. Caviló por unos minutos si era lo mejor no enviar una respuesta, al final la azabache fue quien le convenció que debía frenar las intenciones románticas de Román o seguiría insistiendo. Así que se despidió de su pareja deseándole buena noche, de verían al día siguiente porque esa noche ella tendría una sesión de fotos con Jared en el espectáculo de luces programado por la Fundación. Tras múltiples intentos, al fin quedó satisfecho con el resultado. Bloqueó el contacto una vez envió el mensaje y salió de la oficina, esa noche necesitaba descansar. «La próxima ocasión que regales algo, cómpralo con tu propio dinero, ya le di las gracias a Leila por el obsequio. ¿Tienes los mismos detalles con tu mujer?, porque yo si, con mi prometida Portia Frasser».
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR