Era un hecho; él mismo lo había admitido y ella ya lo sentía antes. Ahora solo quedaba descubrir qué era eso que él estaba ocultando. Tenía muchas preguntas en su cabeza, sin ninguna respuesta. Una voz le gritaba que, una vez lo supiera, no le agradaría. No le gustaban los secretos ni las sorpresas; no le gustaba no tener control de la situación, y aunque le molestaba mucho, demasiado en realidad, admitir que ese desgraciado le gustaba. Desde el primer momento en que miró su foto, en que vio esos ojos ámbar, sintió curiosidad. Lo siguió por semanas, lo analizó por meses; sabía cada detalle de él, o eso pensó. Lo había investigado y no había un solo aspecto físico de él que no le hubiera gustado. Fácilmente podría ir a la cama con él sin ningún problema, a excepción de que lo sentía muy pe

