Las horas pasaban y Loraine aún se encontraba encerrada en su oficina. Ser editora siempre había sido su sueño, y hoy, al estar ejerciendo, se sentía contenta. Sin embargo, no podía disfrutarlo plenamente debido a las consecuencias que su vida había enfrentado. La joven suspiró de cansancio al ver lo tarde que era. Guardó lo que estaba haciendo, apagó su laptop y bajó la pantalla, preparándose para regresar a su departamento. Mientras organizaba sus cosas con lentitud, la puerta de su oficina sonó. Ella le dio permiso a la persona que tocaba, y la puerta se abrió, dejando entrar a Alexander, quien la observó detenidamente.
—Perdón por molestar, pensé que te había pasado algo porque ya todos se han ido —dijo Alex, mirándola.
—Estoy bien, solo se me pasaron las horas trabajando —respondió Loraine mientras seguía guardando sus cosas y suspiraba—. Perdón por hacerte esperar, seguramente te estás aburriendo.
—No te preocupes, estoy acostumbrado —dijo Alex, con cansancio en sus ojos—. Lo que sí estoy es un poco cansado —rió, y ella le correspondió con una sonrisa.
Realmente, ver a Alexander hacía que Loraine recordara a Lion en los primeros meses de su noviazgo, cómo era él y cómo la cuidaba, siempre estando a su lado cuando se estresaba. Suspiró, sintiendo cómo la tristeza la inundaba. Agachó la mirada para evitar que Alexander la viera vulnerable, pero sintió que sus intentos habían fracasado cuando la voz grave del joven la interrumpió.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Alexander, observándola detenidamente y luciendo confundido.
—Sí, es solo que los recuerdos persisten en mí —dijo ella, suspirando mientras se levantaba para guardar sus pertenencias.
Sin embargo, la voz de Alexander volvió a interrumpirla.
—No sé exactamente qué ha sucedido con ese hombre, pero no dejes que eso te afecte —dijo Alex, mirándola con seriedad.
—Si pudiera, lo intentaría, pero cuando tienes a seres queridos en peligro, debes pensar en ellos —respondió Loraine mientras continuaba guardando sus cosas.
Podía luchar con todas sus fuerzas, pero no podía arriesgarse; en medio estaban su familia, y siempre pelearía por ellos. Se puso la chaqueta y se colgó su cartera del hombro, preparándose para salir de la oficina. Pasó junto al joven que la observaba con curiosidad.
Al salir ambos de la oficina, Loraine cerró con llave y se dirigió al ascensor con Alex, en silencio. La pregunta aún rondaba en la cabeza de la joven, apoyada en la pared del ascensor mientras se sumergía en sus pensamientos. Nada lograba borrar las imágenes de su ex amenazando a sus seres queridos y a ella misma.
Estaba tan absorta en sus pensamientos que ni siquiera percibió la voz de Alexander hablándole nuevamente.
—Perdón, ¿qué decías? —dijo, mirando al joven.
—Está bien —respondió Alex—, solo te decía que hemos llegado.
Ella asintió y salió del ascensor, seguida por Alex. Sin embargo, antes de salir, algo alertó al joven, lo que provocó que sostuviera la mano de Loraine.
—Espera, señorita —dijo Alex, mirando detenidamente el lugar.
—¿Pasa algo? —preguntó Loraine, asustada.
Pero Alexander no pudo responder a tiempo, ya que comenzaron a escuchar una balacera y los cristales de las ventanas se rompieron. El grito de Loraine hizo que Alexander la tomara de la cintura y cubriera su cabeza con su mano para protegerla de los disparos. La resguardó con su cuerpo y se refugiaron en una oficina vacía. La hizo acomodarse en un rincón, viendo lo atemorizada que estaba, y la abrazó mientras los disparos continuaban afuera.
Cuando cesaron los disparos, Alexander comenzó a soltar a Loraine suavemente y se disponía a levantarse para investigar, pero la joven lo detuvo, aún con el corazón acelerado por lo sucedido.
—Por favor, no te vayas —dijo Loraine, nerviosa y mordiéndose el labio inferior—. No me dejes aquí.
Alex sostuvo el rostro de la joven para mirarla a los ojos y transmitirle un poco de seguridad. Sabía cómo se sentía Loraine y el miedo que emanaba de su cuerpo, pero tenía que investigar el lugar para poder sacarla a salvo de allí.
—Tranquila, solo miraré por la puerta para ver si el peligro ya ha pasado —dijo Alex mientras acariciaba la mejilla de la joven—. Así podremos salir de aquí a salvo. Mientras tanto, comunícate con la agente Frankfort y pídele que traiga refuerzos.
Loraine asintió y sacó su teléfono de la cartera, consumida aún por los nervios, marcando el número de Isabella mientras Alex miraba detenidamente por la puerta. Sin embargo, no había señal de que alguien estuviera cerca; solo había vidrios rotos de puertas y ventanas esparcidos por todo el piso. Él respiró hondo y cerró la puerta, asegurándola mientras miraba a Loraine, quien llamaba desesperadamente, pero sus intentos fracasaban.
—No puedo comunicarme —dijo Loraine, asustada—. Y si él me encontró... —su respiración se aceleraba—. Viene a matarme.
Al ver su estado de ansiedad, Alex se acercó rápidamente para intentar calmarla y detener su ataque.
—Tranquila, señorita Grayson, saldremos de aquí —dijo Alex, abrazándola y meciéndola entre sus brazos—. No permitiré que te hagan daño; antes daría mi vida por ti.
Ambos jóvenes se miraron fijamente, sus ojos marrones cruzándose con los azules del otro, sin poder explicar la hermosa conexión que estaban desarrollando. Estaban tan perdidos en la mirada del otro que un forcejeo en la puerta los interrumpió. Con destreza, Alexander sacó su arma de la cintura y colocó a Loraine detrás para protegerla, causando que el cuerpo de la joven se llenara de nervios. Con cuidado y en silencio, Alex y Loraine se acercaron a la puerta para intentar escuchar lo que decían los intrusos.
—El jefe va a matarnos si no logramos encontrarla —dijo uno de los hombres, furioso.
—Tranquilo, la encontraremos, pero nos llevará tiempo, más aún si la seguridad que le pusieron la acompaña —respondió el otro—. Sigamos buscando, en esta parte no hay nada.
—Espera, ¿revisaste esa puerta? —preguntó el primer hombre.
—Sí, pero está cerrada —replicó el segundo—. Ya sabes que nuestro informante nos dijo que la señorita Grayson no tiene las llaves de aquí, solo de la parte en la que se encuentra.
—Esperemos que no nos mienta, sino habrá serias consecuencias —dijo el primer hombre.
—Ven, sigamos —dijo el segundo y comenzaron a caminar.
Los pasos que se alejaban empezaron a calmar un poco el corazón de Loraine, pero al mismo tiempo la invadió el miedo al tener un infiltrado de su expareja en su lugar de trabajo. Alex tomó la mano de la joven con suavidad para informarle que era hora de escapar. Loraine lo miró con temor y nerviosismo por lo que estaban a punto de hacer, lo que la llevó a dar un paso hacia atrás.
—No sé si podré hacerlo —susurró la joven, con miedo en su voz—. Y si logran matarme... —comenzó a experimentar un nuevo ataque de ansiedad.
Daba pasos hacia atrás sin poder controlar su cuerpo, pero los brazos de Alex la atrajeron nuevamente hacia él. El joven levantó su rostro para que pudiera verlo y lograr transmitirle la seguridad que le faltaba.
—Nadie te hará daño; primero tendrán que pasar sobre mí —dijo, depositando un suave beso en la frente de Loraine—. No dejaré que ninguna bala te roce.
Loraine observó a Alex, temerosa, mientras él acariciaba su mejilla con ternura antes de descender hasta su mano. Sin apartar la mirada del otro, la sostuvo con seguridad y delicadeza.
—En tres, saldremos corriendo de aquí —dijo Alex, sosteniendo firmemente su arma con la mano libre—. Corre todo lo que puedas y en ningún momento mires hacia atrás.
Loraine asintió nerviosamente y apretó la mano de Alex, dándole a entender que estaba lista para salir. Alexander asintió con la cabeza y colocó el cuerpo de la mujer detrás de él mientras abría lentamente la puerta de la oficina, inspeccionando si había alguien cerca. Miró a los ojos de Loraine y comenzó a contar. Al pronunciar el número tres, salieron corriendo desesperadamente.
No se sabe en qué momento aquellos hombres que buscaban a la joven comenzaron a perseguirlos y a dispararles sin piedad. Loraine gritaba mientras las balas pasaban cerca de ella, mientras que Alex, hábil en su trabajo, disparaba y la cubría con su cuerpo para protegerla de ser herida.
Corrieron hacia el estacionamiento y, al llegar, se encontraron con que unos autos blindados se estacionaron en su camino. De ellos descendió un grupo de seguridad acompañado por Isabella, quien llevaba puesto un traje antibalas. Ambos jóvenes corrieron hacia ellos, mientras miles de balas resonaban en el pequeño estacionamiento, rozando sus cabezas.
Alex resguardó a Loraine dentro del coche blindado para seguir disparando a esos hombres que, aunque no conocían su identidad, estaban seguros de que venían por la joven Grayson. Loraine gritaba dentro del coche, tapándose los oídos con las manos, intentando evitar escuchar los ruidos de los disparos que se oían afuera. Su corazón se aceleraba cada vez más por el miedo que sentía, hasta que de repente todo se detuvo y ya no se oyeron más disparos. Poco a poco, se destapó los oídos y, cuando comenzaba a calmarse, la puerta de su lado se abrió de forma imprevista, haciéndola saltar y gritar pidiendo ayuda.
—Tranquila, soy yo —dijo Alex, con su traje blindado—. Estás a salvo.
Al verlo, ella se lanzó a los brazos del joven mientras lágrimas escapaban de sus ojos. Alex correspondió al abrazo, logrando calmarla poco a poco.
—Ya pasó —dijo el joven al oído—. Algunos murieron en el lugar y logramos capturar a los demás.
Loraine se separó suavemente de él para mirarlo, aún nerviosa.
—Venían por mí, ¿verdad? —dijo Loraine, mirándolo resignada—. ¿Él me encontró?
Alex no tuvo más remedio que asentir con la cabeza, confirmando la pregunta de la joven. Esto hizo que el cuerpo de Loraine volviera a intranquilizarse, pero también despertó en ella un profundo sentimiento de odio por no poder estar tranquila y ser feliz de nuevo a causa de su pasado.