Las semanas transcurrían y Alex cumplía su promesa: cada día entrenaba y ejercitaba a Loraine. Comenzaron por fortalecer su condición física, corriendo durante unos minutos y luego realizando ejercicios como abdominales, flexiones y planchas. A pesar de sentirse física y mentalmente agotada, Loraine intentaba mostrar determinación y fortaleza.
Durante las mañanas, Alex y Loraine corrían por el vecindario para liberar el estrés que la joven arrastraba. Sin embargo, las semanas habían sido difíciles, ya que todos los días Loraine recibía mensajes amenazadores en su celular, lo cual la inquietaba aún más. Después de tanto esfuerzo, ambos se sentaron en unos bancos de un parque, exhaustos y sedientos.
—Estoy exhausta —dijo Loraine mientras bebía sorbos de agua—. Realmente no siento mis músculos —rió.
—No descanses demasiado, aún tenemos ejercicios... que hoy serán más intensos —respondió Alex, riendo y bebiendo agua—. Vamos, tenemos que seguir. —Guardó su botella en la mochila.
—¿No podemos descansar un poco más? —preguntó Loraine con tranquilidad.
—Sabes que no podemos; debemos aprovechar que los músculos aún están calientes —replicó Alex, sonriendo.
Loraine suspiró de cansancio y ambos continuaron corriendo de regreso a casa. Todo resultaba complicado, pero la joven morena estaba decidida a salir adelante y a demostrar su valentía.
***
Luego de algunas vueltas, regresaron a la casa y se prepararon para hacer ejercicio. Alex y Loraine se recostaron en el suelo para comenzar con las flexiones de brazos. A Loraine siempre le había costado realizarlas, pero con la paciencia y delicadeza de Alex, finalmente logró que le salieran. Justo cuando comenzaba el conteo, una voz realmente chillona los interrumpió, provocando que su concentración se evaporara rápidamente.
Loraine
Cuando, por fin, mi mente y mi cuerpo se concentran de verdad, tiene que aparecer esa mujer para interrumpirme. Suspiro cansada, tratando de mostrar mi descontento, pero al darme la vuelta y verla, mis ánimos se desploman por completo. Bajo la mirada al suelo con tristeza justo cuando ella vuelve a hablar.
—Alexander Breidston, o incluso mejor, querido prometido —dice la mujer, visiblemente molesta.
—Gwen, ¿qué haces aquí? —responde Alex, levantándose rápidamente—. ¿No te dije que no podías venir? O, mejor dicho, te prohibí venir.
—Sí, pero no podía quedarme sentada mientras tú estás en nuestra futura casa y con... —me mira con desprecio—. …ella aquí.
Verla tan elegante y refinada me hace sentir la persona más miserable del mundo. Su mirada y su forma de humillarme son abrumadoras, así que, simplemente, decido marcharme y dejarlos solos.
Alex suspiró al tomar del brazo a Gwen y arrastrarla hacia la casa, mientras la joven rubia se quejaba de la fuerza con la que su prometido la sujetaba.
—Alex, para, me lastimas —dijo Gwen, intentando soltarse de su agarre.
Alexander, ignorando sus protestas, la condujo al estudio y, sin contemplaciones, la empujó hacia el sillón para enfrentarse a ella, aún sin entender cómo había sabido que estaba allí.
—¿Cómo supiste que estaba aquí? —preguntó, molesto, dirigíendose a la mujer—. Y no digas… que te lo dije, porque yo en ningún momento lo mencioné.
—Está bien, te lo diré… te hice seguir por Daniel —confesó Gwen, mirando al guardaespaldas, quien soltó una fuerte maldición en su contra.
—NO PUEDES PEDIR QUE ME SIGAN CUANDO ESTOY TRABAJANDO Y NECESITO MANTENER A ESA JOVEN A SALVO —gritó Alex, visiblemente enfadado—. La pusiste en peligro y ahora necesitaré sacarla de aquí.
—Debes entenderme, no sabía de ti y mi padre… me dijo que tenías un gran trabajo —explicó Gwen, acercándose a su prometido—. Perdóname, no sabía la gravedad de la situación.
—ES QUE TÚ NUNCA SABES LA GRAVEDAD DE LAS COSAS, PORQUE ERES UNA NIÑA CAPRICHOSA Y MALCRIADA QUE SIEMPRE QUIERE CONTROLAR LA VIDA DE TODOS —exclamó Alex, furioso. Al escuchar sus palabras, Gwen comenzó a llorar—. Debes irte, Gwen, y no vuelvas a comunicarte conmigo hasta que yo termine mi trabajo —dijo con seriedad.
Ella asintió, triste, y tomó su cartera, dispuesta a salir corriendo del estudio. Un dolor atravesaba su corazón al escuchar las palabras de Alex, pero sabía que había sobrepasado su límite y ahora enfrentaba las consecuencias. Antes de abandonar la gran casa, Gwen dirigió su mirada hacia Loraine. Algo en la rubia hizo que la mirara con enojo; seguramente, en su mente empezaba a gestarse la idea de que la joven morocha era la causa de la reciente pelea con Alex. Caminó hacia Loraine con determinación, y esta la observó sin entender nada, hasta que las palabras de Gwen salieron como dagas.
—No te metas en lo ajeno… estás aquí como una aprovechada, pero cuando esto termine... él se irá y te olvidará —dijo Gwen, con enojo y seriedad—. Se casará conmigo y tú saldrás de su vida.
Loraine guardó silencio y, antes de marcharse, Gwen le lanzó una última mirada, dejando a la joven morocha con un nudo en el corazón y miles de pensamientos en su mente.
Loraine
Miro hacia donde la rubia se ha ido, bebiendo un poco de mi agua y dejando sus palabras reverberando en mis pensamientos. Sé que Alexander se irá cuando yo esté fuera de peligro, pero nunca imaginé que en ese tiempo se volvería importante o algo más para mí. Suspiro mientras dejo el vaso en el fregadero y subo a mi cuarto. Al darme la vuelta en la puerta de la cocina, me encuentro con Alexander mirándome.
—Siento lo de Gwen, no imaginé que se apareciera aquí —dice Alex, pasando la mano por su cabello, visiblemente incómodo ante mi reacción.
—Está bien, ella es tu prometida y es comprensible que estuviera preocupada —le respondo, mirándolo—. Iré a bañarme, con permiso.
Salgo de allí para dejarlo solo, pero mi pecho se inunda de tristeza, ya que debo mantener mi postura y distanciarme de él. Subo rápidamente a mi cuarto, y al llegar, me encierro con seguro. Las lágrimas caen de mis ojos con frecuencia; mi corazón está dolido y a punto de romperse. Quiero luchar por ello, pero algo en mi interior me dice que mi vida seguirá siendo miserable. Apreto mi boca para evitar soltar los sollozos con fuerza y corro al baño, donde abro el agua y al fin puedo desahogarme con mayor tranquilidad.
Me quito la ropa y entro en la ducha, donde poco a poco empiezo a relajarme. Me siento mientras el agua caliente cae sobre mí, dejando que los recuerdos de mis relaciones fallidas y el sufrimiento que he experimentado se desvanezcan. Sin embargo, el que me destrozó el corazón y me hizo sufrir más fue el momento en que Frederick Braxton, mi mejor amigo, me rechazó sutilmente.
Él era una persona maravillosa conmigo, a quien adoraba profundamente. Era un joven de ojos verdes, como los árboles frondosos, con piel clara y cabello castaño claro. Tenía una personalidad amigable, tranquila y muy sociable. Todo en él me enamoró aún más, hasta el punto en que tuve el valor de confesarle mis sentimientos. Este recuerdo llega rápidamente a mi mente.
Recuerdo cuando le pedí que nos encontráramos en un parque. Ahí estaba yo, consumida por los nervios, pero mi gran amiga Stella lograba tranquilizarme, diciéndome que todo iba a estar bien, ya que él mostraba los mismos sentimientos. Cuando Fredy llegó al lugar, verlo provocó una sonrisa en mi rostro y mi cuerpo volvió a ponerse nervioso. Frederick me sonrió y me abrazó, como siempre hacía cuando nos veíamos, y su calidez me hacía sentir especial y amada en sus brazos.
—Hola, Lora —susurra Frederick en mi oído.
Ese dulce y maravilloso gesto me hace sonrojar.
—Hola, Fredy —le digo sonriéndole—. ¿Cómo estás?
—Bien, un poco cansado —responde mientras nos sentamos—. ¿Y tú? —me abraza nuevamente.
—Bien, por suerte —contesté sonriéndole—. Te pedí que nos encontráramos porque quería hablar contigo.
—Ah, sí, ¿de qué, pequeña? —pregunta Frederick, mirándome con interés.
Ver esos ojos verdes provoca que miles de sensaciones invadan mi cuerpo otra vez, preguntándome cuál es la forma más sencilla de confesarle mis sentimientos a mi mejor amigo.
—Lo que voy a decirme produce muchos nervios —comento mientras miro hacia el suelo.
Fredy me abraza de nuevo para darme ánimos. No sé si fue bueno soltarlo, pero digo lo siguiente:
—Estoy enamorada de ti, Fredy —declaro sonrojada, mirándolo fijamente—. Me gustas mucho.
Él me mira sorprendido por mis palabras y su rostro se transforma en tristeza. Toma mis manos, que están cálidas, y habla.
—Me has dejado asombrado, Lora, y muy halagado, pero... —dice, lo que me genera preocupación—. Pero yo solo te veo como amiga; siento cariño por ti como si fueras una hermana.
En ese preciso instante, mi corazón se rompe en mil pedazos. No sé cómo escapar de allí y encerrarme en mi habitación para llorar desconsoladamente. Lo miro con tristeza y solo puedo decir: "Está bien, entiendo". Sé que Fredy está triste por lo que sucede, pero yo me siento destrozada y avergonzada al mismo tiempo.
Lo miro, me levanto del asiento y le digo adiós, mintiéndole al decir que tengo cosas que hacer. Le doy un último saludo y me voy rápidamente. Fredy intenta detenerme, pero no me detengo en ningún momento. Me siento incómoda y rota, y debo ocultarlo; no quiero preocupar a nadie.
Suspirando por los recuerdos mientras el agua cae sobre mi cuerpo, dejo escapar varias lágrimas. Volver a estar con Alexander significaría volver a sufrir, tal como lo hice con Frederick. No sé si podré sanar nuevamente de esa herida que tengo cicatrizada.