Madeleine y Juan salen de su escondite en cuanto la bruja desaparece en el aire. –¡Chicos, acá arriba! –señalo. Les indico donde está la palanca que nos pondrá otra vez en el suelo y la accionan. La jaula va descendiendo lentamente. Buscan la llave en el cinturón que lleva mi padre y nos sacan de la jaula. A penas la abren, se aproximan a nosotras, nos desatan las manos y mi madre al liberarse, corre al suelo, se pone de rodillas delante de mi padre. Madeleine me abraza y dice: –¡Lo logramos! Juan se acerca y me planta un beso en los labios. –Crei que te perdería –dice con la mirada triste. –Gracias por aparecer justo a tiempo. Corro hacia dónde yacía el cuerpo moribundo de mi padre. –¡Papá! –digo con los ojos llenos de lágrimas. –Qué alegría poder verlas a las dos una vez

