Caminaron de vuelta a Isadora. Luna iba delante y evitó voltear a ver a León para no derrumbarse. A mitad del trayecto, Dante les indicó que tomaran una ruta alterna y de reojo lo contempló al dividirse, parecía una marioneta ausente de vida y ni siquiera le dedicó una mirada. Llegaron pronto a la gran puerta y esta se abrió para recibirla. El aroma de ese pueblo le reafirmó que no se trataba de un sueño. Amelia se encargó de llevarla hasta su casa; la misma que Luna no extrañó pisar. Usaron un camino distinto al acostumbrado porque no querían que la vieran todavía. —Quítate eso que traes puesto. Voy a pedir que preparen agua caliente. Necesitas relajarte. Debiste pasar muchos infortunios —dijo su madre con un cariño inusual cuando cruzaron la entrada. Ella no era de las que hablaban bon

