Lejos de allí, en las afueras de un castillo medieval, llegaron a ese lugar, guiados por unos péndulos y cristales, que manipulaban Angie y su madre, la de ella, la también bella Yaqui. Ellas dos parecían hermanas. Era complicado escoger entre ser padrastro o suegro. Pero una enorme puerta impedía su acceso. —Destruyámosla—, dijo Marco. —Chispeando luz de sus manos y ojos. —No, espera—, fue interrumpido por Luis bajándole las manos, —no es buena opción, o entramos a hurtadillas para buscar esa cosa, o nos anunciamos y evocamos a la diplomacia, a ver si aumentamos la posibilidad de salir con vida y evitamos derramamiento de sangre innecesario. —Esas opciones son aburridas; la única para con estos criminales es la que les dará mi espada—. Angie alzó a su espada fulgor de fuego, esbozando

