Cambio de Tornas

1251 Palabras
Aneus dirigía a su escuadrón fuera de lo que pensaban sería el escondite para emboscar a Anabelle. Ahora estaba hecho trisas y frente a ellos se alzaba un enorme lobo; Arioto. El lobo rugió y comenzó a correr hacia el cumulo de humanos. Un rayo impactó en su camino, obligándolo a detenerse. –¡Hey, monstruo! –Gritó Aneus–. Yo soy tu oponente. A pesar de haber obtenido el conocimiento básico de combate y casi nulo del manejo de la Zirconia, Aneus sabía que su responsabilidad como capitán era mantener a salvo su ejército. Sus armas no harían mucho contra Arioto y solo él había sido portador de un fragmento de una gema, por lo que el peso estaba en sus hombros. Arioto miró a Aneus gruñendo y enseñando los gigantescos colmillos con los que contaba. No tardó en comenzar a andar en su dirección. El humano alzó el fragmento de Zirconia e hizo caer un segundo rayo, el cual golpeo a Arioto. Este se detuvo un instante… y siguió andando. Soltó un enorme rugido y echó a correr. Aneus dio un salto hacia la derecha para evitar la embestida del monstruo. La fuerza que podía usar con la Zirconia era muy poca; jamás conseguiría hacerle daño con sus débiles rayos. Debía conseguir otro método. Electricidad… ¿Qué uso podía tener la electricidad? Luz… ¡velocidad luz! Concentró la energía eléctrica en sus pies, sostuvo con firmeza la espada que Mary le había otorgado y usó esta energía para moverse. Funcionó. En menos de un parpadeo estaba sobre el enorme lobo realizando cortes con su espada. Arioto rugió con fuerza como respuesta al ataque, pero no un rugido común, más bien uno tan fuerte que generó ondas de choque tan intensas que impulsaron a Aneus al suelo, haciéndolo rodar por el lugar. Fue entonces cuando este se dio cuenta de la enorme diferencia de poder que existía entre él y ese enorme monstruo. Una cosa estaba clara… no podría derrotarlo ni aunque se esforzara más de lo que podía. Había estado entrenando por años su voz y su baile, nunca había entrenado para combatir pero allí estaba, poniéndose de pie mientras desafiaba a una enorme bestia que solo parecía pensar en devorarlo. Ahora estaba frente a su muerte, a punto de ser tragado por un lobo gigante. Arioto lo miro gruñendo. Sus heridas se curaban solas. Un segundo rugido fuerte hizo que Aneus se tambaleara, perdiera el equilibrio y cayera al suelo nuevamente. El lobo se abalanzó hacia el humano dispuesto a matarlo. *** En el otro extremo, el segundo escondite había sido destrozado por otro esbirro. Erik miraba atónito lo que estaba frente a sus ojos. Un caballo de ocho patas cuyo medio cuerpo era de color naranja y su otra mitad azul claro. Su pelaje ardía cual llamaradas pero al mismo tiempo se perdía entre el brillo de la escarcha. Frente a él se erguía nada más y nada menos que Merak, el jinete de los dioses. Erik tragó saliva. El resto de su equipo se había puesto a salvó en un pequeño bunker cercano. Estaba solo con aquel corcel. –Eres… –Comenzó con voz temblorosa–… Eres un lindo caballito… Merak dobló su cabeza sin quitar la vista de Erik. –Si… eso eres. –El chico temblaba de miedo–. Un lindo y buen caballito. Merak relinchó y se levantó en cuatro patas, soltando su cuerpo con fuerza. Al caer al suelo múltiples grietas se abrieron en este y de cada una emergía lava liquida. Erik miraba a todos lados sin saber qué hacer soltando un fuerte grito de terror. Estaba rodeado de lava liquida y quienes se suponía que serían su apoyo le habían dejado solo. El caballo relinchaba y seguía realizando el mismo movimiento, haciendo brotar cada vez más lava y creando nuevas grietas. –Bien, mami, debes saber que siempre te amé… –Sollozó muy asustado. *** –¿Qué demonios está pasando ahí fuera? –La voz de Robert sonaba alterada. –Robert, hay explosiones… –Mary parecía igual de confundida que su novio–. Y al parecer están combatiendo. –Es extraño, no formaba parte del plan nada de esto. –El chico negó con la cabeza pensando en qué sería lo mejor para ayudar. –Puede que algo haya salido mal… –La pelirroja tragó saliva. –Espero que no sea así. Mientras hablaban un punto oscuro se formó en lo alto del escondite. Todos comenzaron a mirar aquel punto que cada vez fue creciendo hasta ser una sombra cuyos ojos eran rojos y se dirigieron directamente a Robert. No tardó en levantarse un bullicio y gritería de todos. El chico miró aquella figura y de inmediato tomó el mango de su espada. –¿Quién eres? –Inquirió con firmeza. –¡Soy quien acabará contigo! –La voz era femenina pero gruesa. Un par de esferas oscuras explotaron tras el humano obligándolo a moverse más cerca del manto oscuro. De la sombra emergieron un par de garras hechas de energía oscura y se movieron hacia Robert. Este dio un salto eludiendo una de ellas, pero no consiguió esquivar la segunda. Impactó en su pecho y lo hizo caer al suelo. Ambas garras se juntaron en un puño con dedos cruzados e hicieron un golpe martillo al cuerpo de Robert. No tuvo forma de eludirlo. Una enorme nube de polvo fue lo que se pudo observar. *** Fehila se posó junto a Jaen. Anabelle se levantó del suelo con una sonrisa. –Una jugada que no esperaba, hijo mío. –Incluso en aquella situación la mujer sonreía–. Estoy orgullosa de ti. –Tu orgullo me asquea… –Soltó el chico con repulsión. –¿En serio? Eso me lastima, Jaen. –Su expresión cambió a dolor–. No deberías ser tan duro conmigo. –Lo mataste… –Escupió con enfado. –¿Disculpa? –Anabelle alzó una ceja. –¡Mataste a Hide! –Gritó con fuerza. –Ah, ya. Hablas de tu amigo, entiendo. –Su madre asintió como si pudiese comprender realmente los sentimientos de su hijo–. ¿Sabes algo? Con el Cuarzo de la Noche puedo darle vida de nuevo. –Jaen entrecerró los ojos aún más–. Hablo en serio. Puedo resucitar a Hide… pero solo lo haré si vienes conmigo. –¡Eres una sucia mentirosa! –Sentenció de inmediato. –No lo soy, Jaen. Cada piedra posee un arte secreta. Arte que muy pocos consiguen desarrollar. –Anabelle sonrió con ternura–. El Zafiro Congelado te otorga el hielo dorado, tú lo has usado. Mi piedra resucita a seres que han muerto. –¡Tsk! –Jaen llenaba su mirada de ira–. ¿¡Te diviertes jugando con esto!? –Para nada. Sé que la muerte de Hide te ha dolido mucho, hijo mío. Deja que mami sane tu dolor. –Abrió sus brazos dispuesta a recibir a su pequeño. ¿Realmente podría traer de vuelta a Hide? Ese rostro… Jaen pudo recordarla, recordar el momento en que su madre lo miraba con dulzura y le garantizaba protección y seguridad. Esos momentos en los que su madre le inspiraba confianza. Fue en ese pequeño instante en el que Jaen notó que en el fondo no la odiaba. Algo dentro de él quería creer que todo estaba bien, que todavía su madre le quería y no era esa villana asesina. –¿Es… es eso cierto? –El chico tragó saliva. –Te digo que así es, Jaen. –Su madre hablaba con dulzura–. Solo ven conmigo. Ven y compartamos una victoria, hijo mío. Una donde Hide Micklovich formará parte nuevamente de tu vida. Jaen percibió como uno de sus pies lo traicionó y dio un paso al frente. –¡Jaen! –Fehila intervino–. ¿¡Qué estás haciendo!? –Si ella puede traer a Hide… debo ir con ella. –Sus pies dieron otro paso. –¡Está mintiendo! –El ave sonaba exasperada–. No hay nadie en toda Ashura que pueda resucitar salvo el mismísimo Azaba. –No le escuches, Jaen. –Interrumpió su madre–. Cree en lo que digo. Si vienes, Hide volverá a vivir. Dio un tercer paso. Fehila intentó frenarle pero este le ordenó detenerse haciendo uso de la autoridad del Zafiro, lo que le obligó a permanecer quieta. El ave simplemente no podía creerlo. ¿Dónde estaba todo el odio que profesaba? ¿Acaso Jaen terminaría uniéndose a su madre? Cuarto paso. Anabelle abrió ambos brazos lista para recibir a su hijo en sus filas oscuras para sumir a Ashura en la desesperación. Con solo unos cuantos pasos más la habría alcanzado.
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