DE VISITA POR LA MAÑANA (Bruno).

2412 Palabras
  6:00 de la mañana, me pongo en pie para ir a correr, con una sola cosa en mente, la loca esa, Samantha Larsson... Hacía tanto tiempo, demasiado en verdad que no me sentía cautivado por una mujer, generalmente las chicas hacían latir solo mi entrepierna, ninguna me provocaba nada mas, así fui por años probando una y otra, no mas de sexo rudo y ya, no era bueno crear una falsa ilusión, y entonces encontré la perfección hecha mujer, y le llamo perfección porque tiene un toque de rareza y eso todas, todas sin excepción alguna lo tienen. Me quedo pensando en si quizá pudiera pedirle a Daniel su dirección o su teléfono, dijo que es su amigo así que debe tener esos datos, pero quizá no quiera compartirlos, y mas si la mujercita le contó lo de anoche, que no se en realidad qué sucedió, solo que salió a prisa huyendo de mi, entonces pienso que en su bolso debe venir algún dato que me lleve a ella, así que faltando a toda norma de buena educación tuve que abrirlo para encontrar algo que me fuera útil; dentro están sus identificaciones, un juego de llaves con un simpático llavero de estrellas, metálicas algunas y las otras de plástico fluorescente, hay también un móvil que no paró de timbrar en toda la noche pero ahí sí me contuve y no atendí, solo pude ver que era un número privado. —Lucy, buenos días. Despeja por favor mi agenda por la mañana... sí todo bien, solo pasaré antes a resolver unos pendientes. Al revisar su carnet de conducir veo que somos casi vecinos, vive solo unas cuadras mas allá de mi edificio así que puedo hacer el recorrido caminando, luego de ahí iré unos minutos mas andando al trabajo, mira si el mundo será pequeño que estar cerca en esta enorme ciudad, bastante cerca de hecho y jamás haberla encontrado caminando por ahí o que se yo, que bueno al mirar donde es que vive puedo pensar que sea la típica chica con chofer y guardaespaldas a la que ni de broma te puedes acercar, y no es que mi departamento sea precisamente modesto, pero vaya que el edificio en el que vive es sinónimo de lujo y estatus. Aunque luego de saber quien es, entiendo perfectamente que viva en ese lugar, su compañía es de proporciones gigantescas, se que tienen negocios muy prósperos por todo el mundo, no se la totalidad de ellos, alguna vez coincidí con el que debió ser su abuelo, pero mas allá de unas cuantas palabras no le conocí. Llego a su edificio y un hombre muy amable de alrededor de unos 50 años me saluda amablemente. —Buen día señor, ¿en qué puedo ayudarle? —Buen día, Greg —es el nombre que aparece en su gafete —busco a la señorita Larsson, soy Bruno Michel y traigo sus pertenencias que encontré tiradas fuera de un restaurante —está bien, mentí un poco para que me permita pasar—. El hombre hace una llamada y en seguida me indica el camino al ascensor privado del departamento de Samantha. Mientras voy subiendo recuerdo el episodio de anoche, ¿en verdad la habré lastimado? No sentí haberla tocado con fuerza, pero quizá lo haya hecho sin darme cuenta; después de todo ellas son tan delicadas y un tanto cuanto dramáticas, pero perfectas aún con eso. De camino para acá compré una orquídea, no soy amante de regalar rosas, además la mujercita no es una chica ordinaria para una flor tan simple; suena el “ding" que indica que he llegado y al abrirse las puertas del ascensor la miro ahí en el gran salón ya esperando mi llegada. Si el cielo existe imagino que debe ser algo como esto, Samantha está vestida solo con una pijama rosa con gris de un short diminuto y un top de tirantes, no es difícil darse cuenta que no usa sostén, debe haber despertado con la llamada de Greg porque apenas y se ha lavado la cara y luce fresca, pero su cabello se nota un tanto desordenado aunque recogido en un gran moño. —Hola. —Saluda con total seriedad y una ceja arqueada, dando a entender que mi presencia no es grata—. —Hola, creo que esto es tuyo, anoche no me diste tiempo de entregártelas —le tiendo la mano con su bolso y ella lo recibe— he querido traerte también un pequeño detalle para disculparme por —titubeo, increíblemente yo titubeo un poco —por lo que sea que haya provocado tu incomodidad ayer por la noche. —Oh Bruno, no debiste tomarte esta molestia —dice cambiando completamente su tono de voz mientras recibe la flor y me invita a pasar. —Para nada ha sido una molestia, en verdad estoy muy apenado —me interrumpe de golpe—. —Por favor, Bruno; disculpa mi actitud de anoche, tú no hiciste nada malo, en realidad soy yo que no llevo bien algunas cosas, pero fue muy grata tu compañía, la charla, todo… Se queda mirándome y yo la miro embelesado con su belleza, ese rostro tan bello, sus ojos color miel se hacen adornar con unas pestañas inmensas, pareciera que  recién las ha rizado, quizá la incomodé al mirarla tanto porque aclara un poco la garganta. —Perdona mi facha, he estado despierta hasta muy tarde y recién me he levantado. —Pues yo creo que te ves hermosa —la veo sonrojarse—. —Gracias, y es preciosa —dice mientras mira la mucho menos que ella hermosa flor —¿Tomas algo? Es un horario bastante inapropiado para una visita, ¿qué se responde ahora? “Sí, un poco de ron" o “No gracias, solo te he despertado para traerte esto" De pronto se escucha un agudo pitido proveniente de la cocina y me sonríe al tiempo que arquea una de sus cejas, que bien le va esa mueca. Obviando la respuesta le respondo que me encantaría un café. —Pues está listo, vamos —y gira sobre sus pies que calzan unas pantuflas grises con lunares blancos y vamos a la cocina, es un sitio enorme y espacioso, con mucha luz y con electrodomésticos de la mas alta gama, a eso agregamos una vista increíble, todo tiene un orden perfecto —¿te quedas a desayunar? ¿A caso está loca esta mujer? Anoche me dejó como un idiota en medio del restaurante de su amigo porque apenas y tuve el atrevimiento de tocarle la mano y se alteró y hoy estoy aquí en su casa y ella como si nada hubiera sucedido me ofrece quedarme a desayunar, es como si fuera otra persona. —¿Cómo tomas el café? —Solo una de azúcar, y sin crema por favor. La miro sonreír mientras sirve dos tazas y endulza la que enseguida me ofrece, mientras que el suyo lo deja amargo. Da un sorbo al suyo y la veo buscar en las puertas y saca un sartén n***o de teflón, abre un cajón y toma una pala, ahora va a la nevera y saca unos pimientos, un contenedor con lo que parece ser tocino y una cesta donde guarda huevos; parece ser una persona muy ordenada. —Te ayudo a preparar —le digo mientras me quito el saco y lo pongo en el respaldo de una de las sillas altas de la isla y doblo las mangas de mi camisa pronto—. —No, tú toma asiento yo te atenderé. —Al menos puedo poner el pan en el tostador, eso no arruinará tu perfecta cocina. —¿Qué dices? —Sonríe —no lo digo por eso, sino porque quiero atenderte y me gusta cocinar. —Es que es todo tan ordenado y pulcro que me da un poco de pesar pensar en arruinarte algo. Creo que no hay nada mas sexy que ver a una mujer cocinando, y Samantha lo es mas, es una mujer muy pero muy hermosa, tiene un cuerpo que no se si cuida en exceso o la genética le ha favorecido porque en verdad es exquisito, ayer que la vi iba mucho mas cubierta pero la forma de su cuerpo, como se pegaba la ropa a su anatomía era encantadora; hoy puedo apreciar perfectamente que goza de un físico escultural, no extrema delgadez, ese tipo de cuerpo no me gusta para nada, prefiero siempre una mujer con curvas, y  las de ella lucen tan bien, no son grandes curvas, mas bien un reloj de arena, sus piernas largas pero ligeramente rellenas y muy bien torneadas, sus senos lucen firmes y redondos, tiene una cintura muy bien definida y su trasero…¡por Dios! El short que trae le cubre apenas menos de la mitad de sus piernas y se sabe hermosa porque no le noto ningún tipo de inseguridad con nada, y no es que debiera tenerla, es que por regla general todas las mujeres lo son con alguna parte de su cuerpo. —Bien pues tú cocina y yo pondré como ya dije el pan a tostar, siéntete en total libertad. Decido iniciar una conversación esperando no ser echado a patadas de aquí. —¿De dónde eres, Samantha? —De Colombia —responde con tranquilidad—. —¿En verdad? —pregunto con asombro—. —Sí, ¿por qué te causa incredulidad? —Quizá por que tu acento no lo parece, vaya, hablas un perfecto inglés, y luego ¿qué pasa con el “usted"? —suelta una carcajada espontanea y contagiosa—. —Bueno, pasa que salí muy chica de ahí y realmente no estoy acostumbrada a hablar así, de hecho el español poco lo hablo, llegaste hablando en español y así te respondí. —Bueno, pasa que supuse que eras latina basándome en tu apariencia y no fallé, pero tu inglés es perfecto también. —Gracias, mi madre es estadounidense y desde muy pequeña me enseñó su idioma, luego viví unos años en Londres y bueno tú sabes, es el inglés auténtico. —Vaya, con razón dominas tan bien el lenguaje. Y ¿hace mucho que vives aquí? —Llegué hace 3 meses. —Relativamente poco, ¿te ha gustado? —En realidad no soy tan nueva, venía cada navidad cuando era niña, mis padres nos traían a pasar las fiestas y después con mi amiga Dana frecuentaba a su familia, pero a establecerme aquí sí es reciente y a decir verdad me está costando un poco. Hábilmente la veo picar los pimientos y verduras que sofríe y al tiempo rompe el cascarón con una mano y muestra su habilidad en la cocina, se le ve que lo disfruta. —Entonces, ¿no te ha gustado NY? —Me encanta, pero yo soy una mujer de viajes constantes, no me va la idea de permanecer por mucho tiempo en un lugar. —¿Dónde mas has vivido? Escucho un suspiro hondo, una breve pausa y luego de un tirón me dice todo. —Salí de Colombia casi a los 10 años para ir a Suecia con la familia de mi abuelo paterno, estuve ahí hasta los 15 años en un internado, de ahí en España viví 2 años, 2 mas en Italia, 3 en Inglaterra, 1 en Francia y antes de regresar estaba en Alemania; en cada país cambiaba con frecuencia de ciudad. El desayuno está listo, toma asiento que ya te sirvo —me dice en un evidente cambio de tema—. —Huele y se ve delicioso, vendré a desayunar a diario. —Por supuesto, eres bienvenido cuando gustes; y dime Bruno, ¿a qué te dedicas tú? —Mi negocio es amplio, pero básicamente inversiones. A ti no te pregunto porque ya se que tiene bastantes giros tu firma. —Así es, inversiones también, hotelería —hace un gesto con su boca y mueve su mano con sutileza indicando que hay mas de lo que menciona, quizá un gesto de molestia, o fastidio ¿qué se yo? Se enfoca en su plato, guarda silencio y yo la imito, quizá es suficiente de interrogantes y prefiero dejarlo para después, mi deseo no es incomodarla, así que terminamos el desayuno en silencio y de vez en cuando alza la mirada y esta choca con la mía, la evade y así continuamos en un divertido juego de miradas y sonrisas, una mirada dulce es lo que veo, pero no me deja adivinar mas porque la evade de pronto—. —Todo ha estado delicioso, pero no podrás negar que lo mas fue el pan tostado. Sonríe divertida. —Por supuesto, estuvo muy rico, deberías considerar dedicarte a ello. Ambos reímos y su risa es algo que me encanta, he conocido mujeres guapas, quizá mas de las que debería y aún así la veo y algo de ella me atrae, no deseo, bueno también eso, pero es algo mas que ahora no entiendo del todo, y es que es hermosa, hermosa en verdad, su rostro es perfección, tiene unas cejas pobladas sin llegar a ser abundantes y perfectamente delineadas, luego sus ojos color miel enormes lucen preciosos con esas pestañas casi infinitas, su piel debe ser suave, solo toqué su mano un instante y sentí algo tan agradable que supongo que toda la piel de su cuerpo debe ser así, sedosa y tersa, y sus labios ¡por Dios! Parecen ir siempre con un tono peculiar de labial y no, es su color natural y se ve hermosa, se me antoja tanto besarla. —¿Me permites invitarte a cenar, a manera de compensar un poco las atenciones que has tenido conmigo? —No tienes nada que compensar, al contrario, te agradezco por regresarme mis cosas. —Ok, sin compensaciones —ríe —solo por el gusto de cenar en tu compañía. —Acepto —y ahí está otra vez esa sonrisa—. —A las siete ¿te parece bien? —Sí, te espero. Y me despido dándole un suave beso en la mejilla y ella se queda solo mirando, mientras reposa su rostro en la pesada hoja de metal antes de que poco a poco la cierre. Hoy pareciera que otra mujer distinta amaneció en su cama, ayer fue tan cortante, y hoy es toda amabilidad y hasta el desayuno me preparó, vine de suerte.  
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