C6

2492 Palabras
—Si permitimos que siga amarrada por el resto de sus días —Mitch... —, jamás nos dará una oportunidad. No te estoy pidiendo que confíes en ella, te estoy pidiendo que confíes en mí. —Ella descomprimió sus pulmones y me preguntaba si había alguien más que ellos en esta habitación. —Me estas poniendo entre la espada y la pared —musitó ella —, pero no puedo decirte que no. —Gracias, Gwen. —Ella suspiró y oí la puerta de la habitación abrirse. —Sólo saldrá de estas habitaciones, no estará enteramente libre —le informó ella —. En cuanto reciba alguna queja sobre Jensen, quedas apartado. No puedo permitir que sigas interviniendo siendo prácticamente parte de su familia —la puerta se cerró y continué haciéndome la dormida. Oí sus pies arrastrarse hacia mí y comenzó a reír. —Sé que estás despierta —abrí mis ojos y lo observé. Mitch era el más peligroso de todos ya que me conocía casi a la perfección. Quitó la carta de mi padre de la pared y la dobló, dejándola a un lado —. ¿Puedo confiar en que no querrás apuñalarme en cuanto te suelte del agarre? Si quería descubrir la verdad, no me convenía hacer nada aún. —Inténtalo —lo desafié. Primero, deshizo el amarre de mis muñecas y las privó de su libertad poniéndome esposas. Luego desató mis tobillos y me ayudó a tomar asiento en la camilla. —¿Cuánto tiempo ha pasado desde que me han secuestrado? —pregunté. —Dos días, y yo diría que más bien te hemos rescatado —me obligó a ponerme de pie y la ex-torturadora de ojos azules se adentró a la habitación. Su cabello rubio ceniza le quedaba muy bien para su color de piel pálida. Luego de dos días, aún seguía con casi la misma ropa aunque ya no se veía igual; mi playera blanca ahora era gris oscura con manchas rojas, mi jean por supuesto había desaparecido y llevaba un pantalón holgado n***o, y mis botas estaban cubiertas de polvo. —Debo controlar su herida —le informó a Mitch. A menos que me quisiera ver en ropa interior, tendría que marcharse. —No te dejaré sola con Val —le dijo y dirigió su mirada hacia mí. Cretino. ¿Ahora yo era la amenaza? —Descuida, no invadiré tu privacidad. Se dirigió hacia la puerta y respiré aliviada. Finalmente, un momento de calma. La abrió y aquel rubio secuestrador se adentró. —Él sí lo hará —me informó Mitch antes de cerrar la puerta detrás de él. No sé por qué le había parecido una buena idea dejarme con él, pero no es como si tuviera demasiada opción. —Necesitaré que bajes tu pantalón —me pidió la rubia y volteé a ver al secuestrador que se encontraba a sólo dos metros de nosotras. —Al menos, ten la decencia de voltearte —le dije de mala gana mientras continuaba mirándome con seriedad. —Estoy aquí para vigilarte, no para que admires la belleza de mi t*****o —respondió él, muy descaradamente. —Cailan —la rubia le lanzó una mirada de advertencia. Dirigí mi vista de él hacia ella y de ella hacia él. Cabía la posibilidad de que fueran familia; no sólo por cómo lo había tratado, sino también por las semejanzas físicas. Qué más daba. No era la primera vez que un hombre me veía en ropa interior. Me bajé el pantalón y la rubia me hizo tomar asiento sobre la camilla. Inspeccionó la herida y puso un líquido sobre ella. La cubrió con una cinta de plástico y me ayudó a ponerme de pie. —Puede que te cueste caminar hoy y mañana —me informó —, pero tendrías que estar bien los días siguientes. —Asentí y me subí el pantalón —. También tendrás que darte un baño. Si apestaba, esa no había sido la forma más cortés de hacérmelo saber. Sin embargo, de seguro tenía razón. Estaba cubierta de polvo, sangre, sudor y no me bañaba hace tres días. —Puedes hacerlo aquí, si deseas —me sugirió y clavé mi vista sobre aquel rubio. —¿Él también estará presente? —pregunté. Sé que no tenía derecho de pedir nada pero, al menos, lo intentaría — Una cosa es que me vea en ropa interior, pero otra muy diferente es que me vea desnuda. —No será nada que no haya visto antes —se defendió él y torcí los ojos. Lo que tenía de atractivo, también lo tenía de imbécil. —Estás aquí para vigilarme, no para ser premiado. —Me acribilló con los ojos. —Yo puedo quedarme con ella —le dijo ella al rubio y él negó. ¿Cuándo me había convertido en la persona más peligrosa de este lugar? No sabía si tomarlo como un cumplido o una ofensa. —Bay me ha ordenado que no te deje a solas con ella y es mi deber cumplir con lo que me piden —añadió él. —Podrían permitirme que tome un baño sola y todos felices. Estoy esposada; no hay mucho que pueda hacer. —Me dio una sonrisa sarcástica para regresar a su seriedad habitual. —¿Tú crees que somos idiotas? —me preguntó. Que agresivo... Aunque me importaba una m****a. No sé cómo se medía la idiotez, pero me arriesgaría a decir que él se encontraba en lo más alto de la lista. —Puede que tú no sepas quiénes somos nosotros —comenzó a decir —, pero aquí todos te conocemos. Sabemos que estás entrenada hasta para asesinar con un alfiler —es verdad —y que dejarte sola sólo nos pondría en peligro —no negaba que eso también fuera verdad. —Puede que no sepa sus nombres, pero conozco a quienes debo conocer y créeme que lo hago muy bien —contraataqué. No conocía sus lazos de sangre, sus nombres, sus habilidades o debilidades. Lo que sí sabía era el lugar que ocupaban aquí dentro y cuánto afectaría los planes de Gwendolyn si algo llegaba a sucederle a sus manos derechas. Alguien golpeó la puerta de la habitación y la rubia le permitió adentrarse. Mitch apareció y cogí la carta de mi padre para guardarla en el bolsillo de mi pantalón. —¿Todo en orden? —preguntó. —No —el rubio y yo respondimos al unísono irritados, y Mitch detuvo su paso en seco. —Quiere estar presente para cuando me bañe desnuda —expliqué y me fulminó con la mirada. —Eso es lo que ella desea —concluyó él. —¡Cailan! —lo regañó la rubia. Sin duda alguna, ella era su madre. Mitch me cogió del brazo y me obligó a caminar. —Ve a buscar a Hearst —le informó al secuestrador — y envíala a la habitación 999. —Asintió y se marchó del lugar sin más. Me llevó a aquella habitación y abrió la puerta por mí. No había mucho que pudiera hacer con mis manos esposadas, pero era más de lo que yo le hubiese otorgado a alguien de JBG si lo hubiésemos secuestrado. De seguro, no era así como Irene estaba tratando al suyo... si es que aún seguía con vida. —Esta será tu habitación por tiempo indeterminado —explicó él —. Considérate afortunada por todos los buenos tratos que están dándote aquí —y lo hacía. —¿Qué vestiré? —le pregunté, al ver que la habitación con suerte tenía una cama y un tocador. Ya deja de quejarte. Estar aquí es mucho mejor que estar amarrada en aquella silla. —Te he dejado algo de ropa en el armario y no necesitas más que eso por el momento. Una muchacha se apareció y me encontré sorprendida por el llamativo color de su cabello; era un naranja chillón y lo llevaba con total naturalidad. Juraba que, a pesar de que Irene también fuera pelirroja, el color de esta muchacha te dejaba sin aliento e hipnotizada. Llevaba una sonrisa alegre y observaba a Mitch —, ¿En qué puedo ayudarlo, señor Bay? —preguntó ella y él clavó su mirada sobre mí. Ella hizo lo mismo y noté que se espantó un poco al verme. Esperaba que fuera por el estado asqueroso en el que me encontraba o mi autoestima llegaría hasta el subsuelo. —Ella es Valdine Jensen —me introdujo él y rodé mis ojos. Ella parecía saber perfectamente quién era yo, exactamente como me había informado aquel idiota. —Val —lo corregí, pero poca atención me dio. —Estarás a su cuidado. Ahora se dará una ducha y necesito que la vigiles. —Ella asintió —. Recuerda que lo que tiene de encantadora, también lo tiene de peligrosa. Oh, por favor... —Hablas como si no estuviera aquí —intervine, pero volvió a ignorarme. —Aunque lo de encantadora no parece estar funcionándole estos días. De esa forma, no le será tan fácil manipularte. Luego llévala a la cafetería para que se alimente —finalizó. Le entregó una tijera, quién sabe para qué, y cerró la puerta de la habitación dejándonos a solas. Sus ojos gris verdosos se posaron sobre mí y se dirigió al tocador. Abrió la llave de la regadera y oí el agua correr. —Ya lo oíste —caminó hacia el armario y volteó a observarme —. ¿Quieres vestir algo en especial? ¿Qué diablos le sucedía a la gente de aquí? Casi que no parecía su víctima con todos los beneficios que me daban. —Me da igual —respondí de mala gana. Ella cogió una playera gris, un pantalón n***o similar al que llevaba puesto ahora y unas deportivas, dejándolo todo en la punta de la cama. Ella se acercó a mí con la tijera, lo que provocó que me apartara rápidamente. —Debo cortar la ropa —emitió. Comprendía que debiera hacerlo debido a las esposas, pero ¿cómo vestiría la otra ropa? —. ¿Me permites? —Suspiré y le di la espalda. Si quería clavarme la tijera, prefería no verlo. Oí cómo cortaba la tela de la playera y se deshizo de ella. Me removió las botas y el pantalón -previamente cogí la carta y la dejé sobre mi cama-, dejándome solo en ropa interior. —Soy Thea —cortó los breteles de mi s*******r. Vaya momento para presentarse... —. Comprendo si no quieres hablar, sólo quiero evitar que te sientas incómoda —me lo removió y mis pechos quedaron en el aire. Me llevó hacia el tocador y me pidió que me deshiciera de mis bragas. La arrojé al suelo y me adentré en la ducha. El agua caliente relajó mis músculos al instante al golpear contra mi piel y deseaba poder encontrarme sola para echarme a llorar. Volteé a verla y había tomado asiento en el suelo para vigilarme. Me dio una pequeña sonrisa y regresé a lo mío. Cogí el jabón entre mis manos y lo pasé por mi rostro y cuerpo entero. El agua que caía era de color gris oscuro por toda la suciedad con la que había cargado estos días. Cogí shampoo y mi cabello ahora volvía a ser el de antes; ya no más aquel duro y pajoso nido de pájaros. Apagué la llave del agua y la pelirroja se acercó a mí para cubrirme con una toalla. Ahora podía notar con claridad los cortes y magulladuras en mi piel, así como también la herida en mi muslo. —Debe de haber dolido, ¿verdad? —me preguntó, vistiendo mis bragas y mi s*******r sin bretel. Detestaba que debiera hacer absolutamente todo por mí, pero mejor ella que él. Asentí. Me ayudó a vestir el pantalón y el calzado. La playera la había subido desde mis pies hasta mi torso, y las mangas se cerraban con botones. Al parecer, no era a la primera persona a quien debían de vestir que llevaba esposas o no tendrían estas playeras especiales que jamás en mi vida había visto. —¿Quieres comer algo? Para ser honesta, estaba realmente hambrienta. Ella me llevó a la cafetería y, tan pronto pisé aquel lugar, todas las miradas se posaron sobre mí. En otro momento de mi vida, aquellas no me habrían molestado en lo absoluto, pero ahora sí lo hacían. Muchas de esas miradas buscaban sangre y venganza. Curiosamente, la mía también. Thea cogió la comida por mí y tomé asiento en una mesa apartada. La comida no se veía tan mal como hubiese imaginado. El puré de batata se veía decente, el sándwich de pavo y queso se veía delicioso, y el pudin de chocolate me recordaba a Anya. ¿Qué sería de ella? Llevé mi mirada hacia el brazalete y reprimí la sonrisa que estaba amenazando con aparecer. Sólo esperaba que al menos uno de mis amigos hubiese luchado para llevarme de regreso a KEK. Devoré mi comida en menos de cinco minutos y no me encontraba ni cerca de estar satisfecha. —Si necesitas algo, puedes buscarme —por muy enemiga que fuera, ella parecía ser inofensiva. Asentí. Se puso de pie y cogió su bandeja. —¿No se supone que debes vigilarme? —por primera vez desde que me encontraba con ella, me dignaba a hablar. Ella me dio una sonrisa y volteó a ver a alguien sobre su hombro. Seguí sus ojos y aquel rubio tenía su rabiosa mirada puesta sobre mí. —Ya ha finalizado mi parte —me informó. —¿Qué sabes de él? —le pregunté, ahora volviendo mi vista hacia ella. Thea entrecerró sus ojos y suspiró para decir: —Se supone que no debo darte ningún tipo de información, pero sólo estaré ayudándote al decírtelo —se acercó un poco a mí y sus ojos volvieron a clavarse sobre mí como si estuvieran absorbiendo mi alma —. Cailan Vaughan. Sus perlas celestes son suficientes para llevarte al paraíso, pero muchas no se conforman solamente con eso —comenzó a explicar —. Al parecer, lo que lleva entre sus piernas logra llevarte hasta lugares aún no descubiertos —musitó —. Algunas prefieren no probarlo para no caer en la tentadora perdición. Una vez envuelta entre sus piernas, te será imposible salir —se apartó de mí y se paró erguida —. Buena suerte, Val —se marchó y me dejé caer sobre el respaldo de mi silla. Su mirada continuaba posada sobre mí y la aparté con asco. De seguro, ya todas las mujeres de la central habían tenido un encuentro con su celestial polla. Pues, yo me quedaba con mi reciente corazón roto y con la estricta orden de no tener sexo por dos semanas. De cualquier forma, poco me interesaba follar con un promiscuo como él
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