C8

3578 Palabras
Broc no podía haberme engañado tan despiadadamente. Tantos años de amistad y tantos momentos vividos para que... Tragué grueso. Una cosa era aceptar algo que había visto ante mis ojos como la muerte de mi padre, pero me negaba a aceptar que Broc no hubiese sido más que un traidor. Sus padres desaparecidos por días o semanas, las palabras de mi padre y el micrófono en mi móvil era demasiado. Me puse de pie, cogiendo la bandeja entre mis manos. —¿No cenarás? —me preguntó Gus al ver que no había tocado la comida. Si permanecía un segundo más aquí, la cabeza comenzaría a darme vueltas y cabía la posibilidad de que me desplomara sobre el suelo. La posible traición de mi mejor amigo me estaba poniendo mal del estómago y no quería que toda la cafetería disfrutara de ese momento. —No tengo hambre —respondí. Cailan imitó mi gesto y cogió mi cadena. ¿Es que acaso no me dejaría sola ni un solo minuto? Era una maldita cucaracha. —Vigilancia las veinticuatro horas —me recordó y ahora fui yo quien comenzó a caminar con mi pierna coja. Para que tirara de mis cadenas, me lastimara las muñecas y tropezara con mis pies, prefería yo liderarlo a él hacia mi habitación y no él a mí —. ¿Ansiosa por dormir? —Vete a la m****a —escupí. No estaba para estupideces y Cailan me sacaba de mis cabales con gran facilidad. —No iremos a tu habitación —dijo y jaló de mi cadena hacia él, desviando mi paso —. Tengo otro plan en mente para ti. Puede que Mitch y Gwendolyn no hubiesen sido realmente las personas de quien tendría que haber tenido cuidado. Volvía a ser su mascota y él tiraba de mi correa. Mis muñecas estaban cortadas por el forcejeo con las esposas y la herida en mi pierna comenzaba a molestarme cada vez más. —¿A dónde me llevas? —le pregunté. Lo único que me faltaba es que no solo fuera un secuestrador, si no que también un torturador. —Te he hecho una pregunta —exigí, pero volvió a ignorarme. Detuve mi paso y tiré de mi cadena, provocando que él volteara a verme con poca paciencia. Acto seguido, me recogió del suelo y llevó mi cuerpo sobre uno de sus hombros. —¡Bájame! —chillé mientras pataleaba su pecho —¡Ayuda! —grité y la gente que pasaba a nuestro lado no hacía absolutamente nada para ayudarme más que disfrutar del show. Por supuesto, yo era la rehén y nadie me ayudaría. —¡j***r, que me bajes! —ordené mientras aún me movía frenéticamente y oí una puerta abrirse. Bueno, mi vida no había sido bonita mientras duró pero era lo que me había tocado. Adiós, mundo cruel. Cailan me bajó al suelo y cerró la puerta detrás de él. No era ni su alcoba -ya que no lucía como una, porque no la conocía- o la mía, pero tampoco parecía ser un lugar en el que torturaban a personas. Tenía algunas sillas y un gran espejo frente a mí. Era la primera vez que me veía a mí misma en estos días y debía admitir que lucía como la m****a misma. El lugar no estaba demasiado iluminado, pero lo suficiente como para notar cada rastro de la explosión en mi cuerpo. —¿Es aquí donde tienes tus múltiples encuentros sexuales? —le pregunté, apartándome de él y acercándome más al espejo. Él volteó a verme y me dio una descarada sonrisa. —Supongo que ya te han mantenido bien informada sobre mí. Que se follara a media central tampoco debía de ser ningún secreto. Inspeccioné mi rostro y mi cuerpo. Me encontraba algo más delgada de lo usual, lo cual no me agradaba porque no me veía saludable. ¿Cómo te verás saludable si no te has alimentado en tres días? Mi rostro aún tenía algunos raspones y mis labios se veían más pálidos de lo usual. —¿Te gusta lo que ves? —Lo observé acercándose a mí a través del espejo. Por supuesto que no. Mi piel ya no poseía su usual color vibrante; me veía como si estuviera al borde de la muerte. —Me refería a mí. —Rodé los ojos. Su éxito con las mujeres claramente no llegaba solo. Su egocentrismo parecía ser protagonista y las mujeres caían a sus pies por su desborde de seguridad. —No y, como me pongas una mano encima, te la mutilo —espeté. —Mejor la mano y no otra cosa. Que descarado que era. —¿Por qué me has traído aquí? —volteé a verlo y mi cuerpo quedó acorralado entre el suyo y el espejo — ¿Se te ha perdido algo? —Su mirada aún conservaba esa expresión de ira pero ahora algo más calmada. —Tengo un plan para ti. —Tensé mi mandíbula. Debí suponer que debajo de aquella obra maestra se encontraba un perverso de m****a. —Tu madre es la enfermera. —No se inmutó ante mi descubrimiento —. Supongo que si me torturas o asesinas, ella perdería su trabajo y sé que no quieres eso. —Él apoyó su mano en el espejo y acercó su rostro al mío. Podría escupírselo, golpear su m*****o o incluso ahorcarlo con las cadenas, pero eso lo provocaría más y no creía que aquello fuera buena idea. —¿Quién habló de asesinarte? —musitó — Lo de la tortura no lo niego, pero no creo que sea del tipo que piensas. —Reí por lo bajo. Es que este ser estúpido era de no creer. —Viniendo de ti, creo saber muy bien de qué tipo de tortura hablas —emití —. ¿En verdad así obtienes tus folles? —me hice a un lado y lo noté algo desconcertado —Al menos, esmérate un poco más, ¿sabes? Si intentas ligar conmigo, te falta un largo camino por recorrer aún. —Esa tortura es sólo para los rehenes —explicó —. No tengo que hablarte de mis folles aquí dentro, no me interesa alardear. —Me das puto asco —espeté y sólo logré que se riera en mi cara. —Tú también deberías de disfrutar de tu sexualidad. Por poco arruinas tu vida quedando preñada de un idiota y... Caminé con determinación hacia él y llevé la cadena a su cuello, lista para ahorcarlo con ellas. —No te atrevas a hablar de él como si lo conocieras —la furia brotaba hasta por mis poros y la adrenalina corría por mis venas. Si había alguien que podía hablar de Jayce aquí dentro, esa era yo. Por muy hijo de puta que hubiese sido conmigo, era la única que lo conocía. Él quitó mi cadena de debajo de su mentón y cogió mis muñecas con fuerza. —Yo conozco a todos —sí, así como yo también los conocía a ellos mediante fotografías. —A todos los coños de aquí, querrás decir —intenté zafarme de su agarre, pero cogió mi cadena y llevó mis manos a la altura de mis muslos. —Suenas celosa, Jensen —una sonrisa se estaba asomando en su rostro. —¿Celosa de que tengas incontinencia s****l? —sonreí. Que hasta me daban lástima sus intensas ganas de follar —Algo me dice que la suerte sería tuya de follar conmigo y no mía. —Acercó su rostro y sus labios se encontraban a sólo centímetros de los míos. Moví mis cadenas y aún estaban bajo su agarre. Su mirada se posó sobre mi boca y tragué grueso. Alguien recibirá el premio ganador: un golpe en los testículos. Él sonrió. —La suerte es subjetiva, Val —llevó su mano libre a mi nuca y esperaba que no fuera a hacer lo que creía. —Juro que si te atreves a... —Eliminó la distancia que quedaba entre nuestras bocas y capturó mis labios. Tenía mis manos esposadas y él controlaba la cadena. Tenía una pierna herida y no podía mantenerme en pie solo con la otra si le daba un rodillazo en sus testículos, y no me podía apartar de él ya que volvía a estar acorralada entre su cuerpo y el espejo. Sus labios se movían sobre los míos como si estuviera saboreando cada centímetro de ellos y, sólo por un segundo, no me pareció una mala idea prenderme de su boca y dejarme llevar por sus suaves labios. No negaría que me deleitaba con cada uno de sus movimientos y, por muy bien que se sintiera, a mí nadie me obligaba a besarlo. Su mano viajó de mi nuca hacia mi espalda, acercando mi cuerpo más al suyo. Su lengua amenazaba con adentrarse en mi boca y este era mi momento de actuar. Abrí también mi boca, lista para capturar su labio inferior con la fuerza de mis dientes. De repente, alguien golpeó la puerta y Cailan se apartó de mí algo alarmado. Clavó sus ojos -ahora azules dada la oscuridad de la habitación- sobre los míos y volvió a acercarse a mí, pero volteé mi rostro, evitando que regresara a mi boca. La mano que ahora tenía en mi espalda comenzaba a viajar hacia mi t*****o y su nariz acariciaba mi cuello. La puerta volvió a sonar. —¡Cailan, sé que estás dentro! —distinguí una voz femenina y él se apartó de mí. Me jaló de la cadena hacia la puerta sin decir ni una sola palabra. La abrió y una pelinegra se apareció frente a nosotros. Tenía unos impactantes ojos color celeste que se posaron sobre mis esposas. Entrecerró sus ojos y observó a Cailan. Ya era la segunda vez que él me secuestraba. —¿Qué necesitas? —él ya no se encontraba tan furioso como hace unos minutos atrás. —¿Qué hacías? —lo interrogó ella y ahora posó su mirada sobre mí. ¿Acaso esta central sólo aceptaba mujeres bonitas? Si así era, ahora comprendía por qué a Cailan le era imposible contenerse con ellas. —La torturaba —respondió. Tiró de la cadena y nos alejamos tanto de la habitación como de la muchacha. —¿Otra de tus conquistas? —pregunté. —Muy bonita para serlo. —Fruncí mi ceño. ¿Qué significaba eso? — ¿Con qué ibas a amenazarme si te besaba? —Estuve a punto de vomitar —mentí. No había estado tan mal, pero aquella pelinegra le salvó el t*****o o lo hubiese mordido —. Tuviste suerte que aquella muchacha apareciera. ¿A cuántas rehenes has "torturado"? —hice énfasis en aquella palabra y llegamos a mi habitación. Aquellos dos hombres robustos aún seguían estando a ambos lados de mi puerta y Cailan la abrió. —A una —me obligó a adentrarme y cerró la puerta detrás de mí. * La puerta de mi habitación sonó y gruñí. Abrí mis ojos y, al menos, ya era de día. No tenía idea de cuánto había dormido o qué hora era. Anoche me había quedado despierta hasta tardes horas de la noche con todas las preguntas que rondaban en mi cabeza sobre Broc. Si él realmente me había estado espiando para descubrir información sobre mi padre o lo que sabía, temía ya no poder confiar en nadie. ¿Y si todos allí estaban involucrados? Aún no comprendía por qué Jayce había roto conmigo tan de repente, pero podía estar conectado a eso. Asimismo, la misión a la que se suponía que debía enlistarme no se había llevado a cabo tampoco. ¿Cuántas mentiras había creído y me habían visto la cara de ilusa? Tomé asiento en la cama y llevé mi mirada hacia el brazalete que Anya me había regalado. Me lo quité y me puse de pie para abrir la puerta. Thea se apareció frente a mí. —Hora del desayuno —me informó —. ¿Quieres que te ayude a cambiarte la ropa? Llevas la misma desde la ducha de ayer. —Se adentró sin siquiera esperar a que respondiera y cerró la puerta. No tomarle cariño se me estaba haciendo muy difícil. Thea brotaba alegría desde cada minúscula partícula de su ser e intentar evitarlo sería una batalla destinada al fracaso. Se dirigió hacia el armario y cogió otra muda de ropa. Me ayudó a desvestirme y a vestir aquella limpia. —Primero debo llevarte a la enfermería para que revisen tu herida —cogió de mi cadena y nos marchamos de allí. No sabía en quién confiar aquí adentro. Tal vez, todos eran unos viles mentirosos y su plan de confundirme estaba funcionando a la perfección. —Thea —llamé su atención y ella volteó a verme sin frenar su paso —, ¿podría pedirte un favor? Sabía que era duro para ella confiar en mí como para mí lo era confiar en ella. Alzó su ceja izquierda, expectante a saber qué era exactamente lo que estaba por pedirle. —¿Me pondrá en peligro? —Negué —. Entonces, te ayudaré con gusto. —Volvió a mostrarme su particular sonrisa. Esperaba no estar cometiendo un error. Eso era lo único que tenía de mi mejor amiga y, de caer en manos equivocadas, jamás volvería a recuperarlo. Respiré profundo y le entregué el brazalete. —¿Podrías pedir que lo examinen? —pregunté —Buscar si tiene algún rastreador de ubicación o micrófono, lo que sea. Ella lo observó con detenimiento. —Estoy segura que ya lo han hecho —comenzó a decir —. De haber encontrado algo extraño, no te hubiesen permitido conservarlo, pero puedo encargarme de eso. —Asentí —. Si quieres, puedo averiguarlo ahora mismo mientras estás con Florence —suponía que ella era la enfermera que me había estado cuidando la herida. En definitiva, la madre de Cailan. —Eso sería increíble —le di una sonrisa. Thea se la merecía. Desde que había llegado aquí, yo no la había tratado de la mejor forma, todo lo contrario a su conducta conmigo. Llegamos a la enfermería y Thea golpeó la puerta con sus nudillos. —Te estaré esperando en la cafetería —me informó y observó a alguien por encima de mi hombro. Volteé y Cailan estaba acercándose a nosotras. Diablos. —Pensándolo bien —comencé a decir. No deseaba quedarme a solas con él —, lo del brazalete puede esperar. Luego de lo de ayer, no me apetecía que me obligaran a hacer nada que no quisiera, en especial, él. —Descuida, no tomará demasiado. Tendré una respuesta para entonces y no debes preocuparte por Vaughan —susurró aquello último —. Mientras no dejes que te ponga las manos encima, estarás bien —concluyó. Ese era el problema. Cailan le arrebató mi cadena a Thea y ella se marchó. —Me sentiría más cómoda si no entraras conmigo —intenté sonar lo más amable para ver si, al menos, de esa forma me otorgaba algún d***o. —¿Y perderme esas piernas y t*****o que paseas por toda la central? —negó —No me lo perdería por nada en el mundo. —Torcí los ojos. Él era tan insoportable, arrogante e insólito que temía por lo que llegara a hacer —. Además, no te dejaré a solas con mi madre. —Dado lo sucedido ayer, creo que eres más peligroso tú que yo. —Me dio una sonrisa maliciosa. —Supongo que la tortura está funcionando de maravilla. Lo que estaba funcionando de maravilla era mi puño que se estrellaría contra su rostro si no cerraba la boca. —Tu tortura me dio náuseas —espeté. —Estupendo. Una tortura no se supone que te haga sentir mariposas en el estómago. —La puerta se abrió y la rubia se apareció. Ambos nos adentramos y me acerqué a la camilla. —¿Cómo te has sentido? —me preguntó. Su madre parecía agradable. ¿Qué le había sucedido a su hijo? —La herida me ha estado molestando un poco. Creí que iría mejorando pero no ha sido así. —Ella suspiró. —Ya, pero también se suponía que debías de hacer reposo y veo que te llevan de un lugar a otro. —Asentí —. ¿Me dejas verla? Observé a Cailan y me dio una sonrisa victoriosa. No había posibilidad alguna de que se volteara para darme algo de privacidad. Bajé mis pantalones y la rubia se enfocó en la herida. Clavé mi mirada sobre su hijo que se encontraba inspeccionando mi t*****o y mis piernas sin ningún tipo de escrúpulo. —¿Tu hijo siempre se comporta tan descaradamente con las mujeres? —Ella alzó su rostro, algo sorprendida. No sabía si era porque había d*********o que eran familia o por mi abrupta pregunta. —Lamentablemente, sí —respondió y aclaró su garganta —. Todo luce en orden y está sanando a la perfección —se apartó de mí y ahora me observó —. Es probable que haya estado molestándote porque no le has dado la inmovilización que merece. Si continúa la molestia, regresa. —Asentí. —Gracias —alcé mi pantalón —. ¿Cuándo podré moverme con total normalidad? —Jamás —intervino Cailan. ¡Cierra la boca de una puta vez! —Recuerda que no tienes la libertad para comportarte como una persona normal. —Lo fulminé con la mirada. —Ha sido una herida profunda, por lo que llevará algunas semanas para que sane por completo —explicó Florence —. De cualquier forma, estoy aplicando una crema para que el proceso sea más rápido. —¿Eso es todo? Tengo hambre —se quejó él. De verdad que era un puto fastidio. Se acercó a mí a por mis cuerdas metálicas y comenzó a tirar de ellas. —Cailan, por una vez en tu vida, sé cuidadoso con las mujeres —lo regañó su madre. Florence se sumaba a la lista de personas que comenzaban a caerme bien aquí dentro. —Sólo hago mi trabajo —comentó él y nos marchamos de allí. Al parecer, verme en la cafetería no sería algo a lo que la gente se acostumbraría. Todas las miradas volvieron a posarse sobre mí y Thea se apareció. Respiré aliviada al no tener que pasar ni un segundo más al lado de él y lo fulminé con la mirada. —Ya me encargo yo. —Él le entregó mi correa y se esfumó. Ella cogió dos bandejas y el mismo proceso se repitió: escogió mi comida y tomamos asiento en una mesa. —¿Y bien? —Me entregó el regalo de Anya. —No tiene ni tuvo nada —declaró y sentí como si me fuera posible volver a respirar —. No es más que un simple brazalete. Volví a llevarlo en mi muñeca y una sonrisa de alivio se formó en mi rostro. Yo sabía que mi mejor amiga jamás haría nada para hacerme daño. Nuestra amistad sí había sido genuina. —Supongo que fue un obsequio de alguien especial. —Asentí. —Me lo regaló mi mejor amiga antes de que me sec... —ya no sabía si "s********r" era la palabra indicada — antes de que me trajeran aquí. —Thea bajó su mirada. —Sé cómo es sentirse sola —emitió —. Ya no, afortunadamente, pero comprendo cómo te sientes ahora mismo —una gran sonrisa se dibujó en su rostro —. Incluso tengo un novio muy apuesto —comentó aquello como si una pequeña niña estuviera hablando sobre tener la mejor muñeca del mundo y no pude evitar reír. —¿Él está aquí? —Asintió y seguí su mirada por encima de su hombro. A lo lejos divisé a un moreno muy atractivo y regresó su vista hacia mí. —Su nombre es Luca —sus ojos brillaron al nombrarlo. j***r, me preguntaba si los míos alguna vez lo habían hecho al hablar de Jayce —. Puedo presentártelo y a mis amigos en la cena, si quieres. Si tenía la guardia en alto, no tenía problema alguno en conocer a nuevas personas. Eso también me evitaría pasar más tiempo con Cailan y su elevada autoestima. —Creo que primero deberías preguntarles a ellos —le sugerí —. Todos me ven como la intrusa problemática y peligrosa que les roba la comida que les pertenece. —Ella rió. —Antes de todo eso, saben perfectamente tu nombre y apellido. Más bien sería: "Val Jensen y su enigmática aparición en la corporación JBG. ¿Vendrá en busca de sangre?" —bromeó y aquello último me impactó. ¿Desde cuándo me había interesado ver correr sangre? ¿Desde cuándo me interesaba ver rodar la cabeza de todos los que pertenecían a JBG? Desde el comienzo, Irene jamás nos había permitido empatizar con absolutamente nada ni nadie. De los que eran nuestros enemigos, no sabíamos más que cómo lucían y sólo nos enviaban a aniquilarlos uno por uno. Yo jamás hubiese tratado a un rehén de la forma en la que algunas personas me trataban a mí aquí. ¿Desde cuándo obedecía a matar a alguien sin que me dieran una razón lógica para hacerlo? ¿Desde cuándo me había vuelto tan despiadada? Desde que regía bajo las órdenes de Irene
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR