C4

2476 Palabras
La cabeza me daba vueltas y me costaba tanto abrir los ojos que sentía como si estuvieran pegados con pegamento. Mi móvil comenzó a vibrar y me arrastré hacia él para cogerlo. No sé cuán buena idea había sido embriagarme anoche. Hoy debía partir y me encontraba en un estado deplorable. El dolor de cabeza no daba tregua y no me podía salir de la cama. Sólo recordaba que los cuatro habíamos bebido como si no hubiese un mañana y que un taxi nos había tenido que traer hasta la central. ¿Cómo logramos Anya y yo llegar a nuestra habitación? Pues, ni puta idea. Tan pronto logré abrir mis ojos, tenía varios mensajes de mi padre. "Llámame cuando puedas" recibido a las 5.32 a.m. "Necesito hablar contigo. Es urgente" recibido a las 6.46 a.m. "No respondas a mis mensajes" recibido a las 7.03 a.m. "Nos vemos en la cafetería 'Mon Chéri' a las 11 a.m. Procura no contárselo a nadie y que nadie te siga" recibido a las 8.53 a.m. ¿Qué estaba sucediendo? Miré la hora en mi reloj y eran las 10.30 a.m. Diablos, debía apresurarme. Me salí de mi cama y sentía como si acabaran de darme un martillazo en la cabeza. Aún con aquel incesante dolor punzante, me dignaba a lucir como una persona decente y no como alguien a quien acababan de romperle el corazón ayer mismo. Si llegaba a cruzarme a Jayce en los pasillos, no quería que viera el daño que su estupidez me había provocado. —¿Todo en orden? —Anya se incorporó somnolienta, clavando su vista sobre mí — Creí que hoy no trabajabas. Cogí un jean azul oscuro, unas botas negras, playera blanca y una chaqueta de cuero también negra. —Debo hacer algunos mandados antes de la misión —mentí y asintió, volviendo a dejar caer su cabeza sobre el cojín. No me agradaba mentirle a mi mejor amiga, pero rara vez mi padre me pedía que lo hiciera. Él se estaba comportando algo extraño y eso me hacía estar en alerta. Cubrí mis ojeras con algo de maquillaje y le di algo de vida a mi rostro. Tomé una aspirina para el dolor de cabeza y cogí las llaves de mi coche. La ansiedad llegaba a mí como un balde de agua fría. Mi padre no solía comportarse así... ¿Y si acaso todo esto era una trampa y no era realmente mi padre quien me había citado? No empieces, Val. Aparté aquellas preguntas de mi cabeza y me enfoqué en la ruta. No vaya a ser que acabe en un accidente de tráfico por mi constante y absurdo cuestionamiento. Estacioné el coche cerca de la zona y, solo por si acaso, guardé la pistola en mi bolso. No la expondría públicamente de no ser netamente necesario, pero debía tener algo para defenderme en caso de que hubiera algún problema del cual no estaba al tanto. Caminé hacia la cafetería, observando para todos lados como si tuviera seis ojos en lugar de dos, y detuve mi paso en la cuadra de enfrente. Mi padre se encontraba sentado cerca del gran ventanal, por lo cual podía verlo a la perfección. Nada parecía sospechoso a mi alrededor pero debía observar su conducta. Su pierna derecha se movía frenéticamente y bebía de su café como si se tratara del oxígeno que necesitaba para respirar. Rufus Jensen estaba nervioso y ansioso. Ese no era una conducta típica suya en lo absoluto. Mi padre estaba metido en algo extraño o lo estaban amenazando. Sacudí mi cabeza. Mejor que me lo contara él y no hacerme ideas erróneas, que para algo me había citado aquí. Alzó su cabeza y nuestras miradas se encontraron. ¿Qué ocultas, papá? Me dio una dulce sonrisa y miré a ambos lados de la calle antes de cruzar. Rápidamente, divisé una suave nube gris sobre la cafetería y detuve mi paso. Metí la mano en mi bolso para coger el arma y mi padre se volteó. Acto seguido, la cafetería explotó y una onda expansiva me arrojó abatida contra la pared que se encontraba detrás de mí. * El dolor de cabeza que tenía esta mañana era una caricia en comparación a lo que estaba sintiendo ahora. La misma se me partía en mil pedazos y los recuerdos regresaron a mí como un golpe de realidad. Mi padre... No sé si lo había soñado, si realmente había sucedido y me había desmayado, o estaba en el cielo -podría ser el infierno, pero intentaba ser algo optimista. Los ojos me pesaban y aún no había sido capaz de abrirlos. Si todo esto había sido una pesadilla, había sido una putada muy real. Me moví en mi lugar y recibí una puntada en el muslo derecho. Hubiese chillado del dolor, pero sus ojos azules se aparecieron entre mis recuerdos y mi respiración comenzó a agitarse. No, esto no podía estar sucediendo... Hice el intento de abrir mis ojos y, por muy difícil que me fuera aún, unas fuertes luces me habían enceguecido. ¿Dónde diablos estoy? Comencé a intentar moverme pero mis manos estaban amarradas a lo que parecía ser el apoya brazos de la silla en la que me encontraba sentada. Volví a intentar abrir los ojos, esta vez con un poco más de suerte, y observé a mi alrededor; parecía encontrarme dentro de una caja. La habitación era pequeña, las paredes estaban pintadas de blanco y las luces eran tan brillantes que por poco me dejaban ciega. Todo esto era más que real. Me habían amarrado los brazos con unas cuerdas y también los tobillos a las patas de la silla. Intentar desatar mis piernas era trabajo duro; mi muslo dolía por lo que fuera que se me había clavado y que me había sido removido. Moví mis manos con desesperación, intentando zafarme de aquel agarre, pero era inútil. Papá... No podía estar muerto. Debía salir de aquí y buscarlo. Comencé a mover mis piernas con fuerza y el apósito blanco que cubría mi herida comenzó a llenarse de sangre. Debía salvarlo, debía hacer algo y no quedarme de brazos cruzados. La silla estaba anclada al suelo, por lo que no podía ponerme de pie y romperla al darla contra la pared. La cuerda en mis muñecas estaba sumamente ajustada como para que me fuera imposible sacar mis manos. Hice el intento de acercar mi rostro a ellas y tirar de ella con mis dientes, pero se encontraba muy lejos. No tenía otra opción más que moverme y esperar que los amarres se aflojaran. Mis ojos comenzaron a humedecerse, rogando para que lo que temía no fuera real. Mi padre no podría haber muerto. Él no podía haber perdido la vida en las manos sucias del enemigo. Continué moviéndome con desesperación hasta que la puerta frente a mí se abrió. Una morena con ojos rasgados fue la primera en aparecer. Sabía exactamente quién era. Irene nunca nos había dicho los nombres de los enemigos para no empatizar, pero sí los conocíamos a la perfección para saber exactamente a quién debíamos asesinar. Ella era la líder de JBG. Se encontraba en sus cuarenta años muy bien llevados y sus ojos le otorgaban una mirada seria e intimidante. Detrás de ella, le siguió aquel secuestrador de ojos azules. Su mirada se clavó sobre mí y sólo quería escupirle el rostro. Su mandíbula se encontraba tensa y mis puños cerrados. A la primera que se me acercara, no sé cómo pero le daría un golpe que desearía no haberme conocido. Estaba segura que había disfrutado quitarme lo que fuera de la pierna y verme sufrir hasta desmayarme. Detrás de él, se adentró una mujer con un carrito que contenía todo tipo de elementos quirúrgicos que sabía que usarían para torturarme. Cerró la puerta detrás de ella y comencé a moverme frenéticamente. ¿Qué m****a podía hacer para defenderme? La cabeza me daba mil vueltas y me encontraba completamente inmóvil. —Valdine Jensen —comenzó a hablar la líder mientras la otra mujer cogía sus elementos de tortura —, soy Gwendolyn Greene, líder del grupo JBG. Cada que me movía, mi herida sangraba más y estaba segura que mis muñecas también comenzarían a hacerlo pronto a causa de la fricción con las cuerdas. No hablaría. El silencio era lo más beneficioso para KEK y eso haría. Si mi padre realmente había sido asesinado, cargaría mi apellido con el mentón en alto y no me convertiría en una traidora para salvar mi t*****o. —Lamentamos mucho tu pérdida —podían estar utilizando la psicología para engañarme. De esa forma, me debilitarían y podrían quitarme información con más facilidad —. Rufus Jensen era un rival decente —era... Me negaba a creerlo. Aquella mujer se acercó a mí con una aguja y volví a moverme furiosa. —¡Maldita mentirosa! —le grité y la mujer de la aguja se apartó de mí. Yo estaba que escupía rabia. ¿Cuál era el motivo de tenerme aquí secuestrada? Ni mis tobillos o mis muñecas se salían de aquel amarre. De no ser porque ellos lo permitan, estaré en este asiento hasta el final de mis días. —No va a funcionar —le murmuró a su líder aquel idiota y fulminé a la mujer restante con la mirada —. Puedo hacer que mi idea funcione. Podemos usarla como cebo y recuperarl... —comenzó a decir y percibí algo de desesperación en su voz. —Ya lo hemos intentado y no funcionará. Además, ese no es el plan original —clavó su mirada sobre él. Ambos hablaban como si no me encontrara aquí y, por más que no comprendiera mucho de lo que estaban hablando, recordaría muy bien cada una de sus palabras —. Tráelo —exigió firme y aquel rubio se marchó de la sala. La asiática se acercó a mí y me inspeccionó por unos segundos. No quería imaginarme cómo lucía ahora mismo; llevaba conmigo el rompimiento de ayer con Jayce, la borrachera de anoche, la reciente explosión, la duda de la posible muerte de mi padre y el llanto acumulado. Vamos, que debía verme como la m****a misma en persona. Si Broc me viera en este estado, se me estaría burlando en la cara como nunca antes, Yuna le estaría dando golpes en el brazo para que dejara de molestarme y Anya me estaría rodeando con sus brazos. —¿Qué hablaste con tu padre? —Mi mirada estaba llena de ira y mi silencio pagaría por cada uno de los asesinatos que habían cometido —. Valdine, te aseguro que te conviene colaborar con nosotros. —La mujer de la jeringa estaba detrás de la líder, erguida. —Si piensas torturarme, hazlo de una puta vez —bramé furiosa. La morena se apartó de mí y suspiró. —Si quisiéramos torturarte, no estarías en un lugar tan bonito como este —emitió con toda la calma del mundo —. Ella sólo está aquí para limpiar tu herida y suturarla. Sí, por supuesto. Luego de "limpiarla" y "suturarla" despertaría con una bolsa de tela en mi cabeza y arrojarían agua sobre mi rostro. La otra mujer hizo el intento de volver a acercarse a mí pero no permitiría que me pusieran una mano encima. —¡No me toques! —chillé. Tenía el corazón latiendo a mil por hora y me dolía la parte baja de la espalda. Para ser honesta, me sorprendía que ese fuera mi único malestar tras ser echada por lo aires luego de aquella explosión. La mujer volvió a retroceder y observó a la morena. Eso es, no les sería tan fácil conmigo. —Valdine, si no limpiamos tu herida ahora, podría infectarse —me pidió ella y rodé mis ojos. Lo que me decía no era nada nuevo, pero prefería eso a que me durmieran —. Sólo deja que se encargue de eso y... —Mi nombre es Val —le dije. Mi padre era la única persona que me llamaba por mi nombre completo y eso no cambiaría ahora. La morena cogió la hoja que se encontraba en el carro de la torturadora y comenzó a leerla. —Valdine Jensen, hija de los difuntos Carol y Rufus Jensen. —Apreté mis puños con fuerza. Sabía que sólo seguía diciéndolo para provocarme —. Tu nombre de nacimiento es Valdine, por lo que seguiré llamándote así —su tono firme me irritaba. Se comportaba y lucía como la líder que decía ser —. Puedes retirarte —le dijo a la mujer y se marchó. —KEK vendrá por mí en cualquier momento —la seguridad en mi voz se hizo presente —. Ni siquiera les conviene intentar negociar con ellos. La mejor oportunidad que tienen es devolverme sana y salva, al igual que con mi padre. Ella soltó una risa sarcástica —, Hemos intentado negociar pero te prefieren muerta —sus palabras estallaron como un pedazo de vidrio que cae al asfalto desde un décimo piso —. No regresarán por ti —contraatacó. —¿Y cuál es el motivo por el cual sigo viva? —a mí no me podía engañar con facilidad —Si no le sirvo ni a ellos ni a ustedes, ¿por qué no me matas de una puta vez? —pregunté. —Esperamos que entren en razón en las próximas horas —replicó —. Ellos tienen a uno de los nuestros y nosotros tenemos a uno de los suyos —explicó —. Mientras tanto, eres nuestro cebo, Jensen. —Un cebo que no les servirá de mucho si KEK no quiere recuperarme —de haber estado en el lugar de Irene, jamás hubiese abandonado a uno de los míos, de ser cierto que lo había hecho. Por otro lado, comprendía que no podía arriesgar a toda la corporación por rescatar a una sola persona... o dos. Si lo de mi padre era cierto, lo último en lo que pensaría sería en recuperarme —. De ser así, ya me habrán desechado para el día de mañana —confirmé. La puerta se abrió y mi secuestrador volvió a aparecer. Clavó su vista sobre su líder y ella asintió como si ni siquiera requirieran de palabras para comunicarse. Sus ojos ahora se posaron sobre mí y su mirada reflejaba furia. No me sorprendía; KEK tenía a uno de los suyos y yo no les servía para su propósito. Lo que sí me tomó por sorpresa fue la persona que se encontraba adentrándose detrás de él. Me senté erguida en la silla y la bilis se me subió a la garganta. Debí observarlo por unos segundos para confirmar que no se trataba de un fantasma. Mitch Bay estaba más vivo que la última vez que lo había visto
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