Ariana bajó la voz.
—No es necesario, puedo caminar por mi cuenta. ¡Bájame ahora mismo!
Sintió varias miradas posarse sobre ella.
Olvídalo. Este idiota no entraba en razón. Al final, bajó la cabeza y dejó que la llevara hasta el comedor.
Damian la acomodó con cuidado en la silla y luego le pasó una toalla humedecida con agua tibia.
Después de limpiarse las manos, Ariana comenzó a comer. Había costillas de cerdo, cerdo a la brasa, bacalao, albóndigas y mucho más.
Mientras Damian apenas tomaba un plato de sopa, Ariana ya estaba medio llena.
Una esposa promedio comería despacio y con delicadeza. Incluso algunas evitarían la carne por miedo a engordar y dejar de agradar a sus maridos.
Pero a Ariana le encantaba la carne. Aun así, solo pesaba 50 kilos, lo cual era bastante poco para su estatura de 1.63 m.
Damian colocó brócoli y lechuga en su plato.
—Debes comer carne y verduras para tener una dieta equilibrada.
Ariana hizo un puchero.
—No me los comeré. No soy un conejo.
Sabía que debía comer verduras, pero no le gustaban; prefería las frutas. Además, sus chequeos médicos siempre habían salido bien.
Damian esbozó una sonrisa peligrosa.
—¿De verdad no vas a comer? Tengo muchas formas de…
—¡Está bien, comeré!
Ariana se metió el brócoli en la boca antes de que él terminara la frase. Vivir con él significaba ceder en ciertas cosas, sobre todo cuando se ponía autoritario. Discutir con él era su último recurso.
Después, Damian le sirvió otro plato de sopa de pescado.
Ariana se lo bebió a la fuerza mientras rezaba en silencio para que ese hombre estuviera ocupado la mayor parte del tiempo y no tener que comer con él.
_____
Tres días después, su pierna se había recuperado por completo. Las ramas se mecían con el viento otoñal y el clima comenzaba a refrescar.
Elena apareció poco después de que Ariana terminara de desayunar.
Ignoró por completo a Damian, como si fuera invisible, y se dirigió directamente a Ariana, tomándola de la mano.
—Cariño, vamos de compras.
—Claro, yo también quería comprar algunas cosas —respondió Ariana.
Había pasado los últimos días encerrada en casa. Damian casi la había vuelto loca. Su única forma de liberar el estrés era salir de compras.
Planeaba darse algunos gustos y comprar cosas caras que deseaba, no solo lo que necesitaba.
______
Cuando Ariana bajó las escaleras después de cambiarse en su habitación, se dio cuenta de que Damian aún no se había ido a trabajar.
Él le extendió una tarjeta negra.
—Ahora que eres mi esposa y la nuera de la familia Blackwood, deberías comprarte ropa y joyas caras. No quiero que me avergüences cuando salgamos juntos.
Aquella mujer ni siquiera tenía mucha ropa en casa, y mucho menos prendas de lujo. Se limitaba a usar los mismos tres conjuntos una y otra vez.
Ariana lo miró con desdén.
—Lo que compre depende de mi estado de ánimo. No tiene nada que ver contigo ni con tu familia. El día de nuestra boda me fuiste infiel y no te preocupó avergonzarme.
—Así que no tienes derecho a decir que yo te avergüenzo.
Dicho eso, se marchó junto a Elena.
Damian apretó los dientes y gritó:
—¡La tarjeta!
Ariana agitó la mano sin volverse.
—No necesito tu dinero. ¡Adiós!
Ambas condujeron hasta el centro comercial más lujoso de Haverton. Ariana pasó un brazo por los hombros de Elena y dijo:
—Compra lo que quieras. Hoy invito yo.
Elena la miró con incredulidad.
—Te lastimaste el tobillo, no la cabeza, ¿verdad? Aquí todo cuesta al menos diez mil dólares.
Normalmente, su padre le daba una buena cantidad como mesada, pero nunca había ido de compras a un lugar así. Le parecía demasiado extravagante.
—¿Y qué si cuesta más de diez mil? Puedes comprar cinco cosas si quieres.
Antes, Ariana ocultaba su identidad y gastaba con discreción. Pero ahora era diferente. Después de casarse con Damian, todos asumirían que usaba el dinero de su esposo. A nadie le importaría cuánto dinero tuviera realmente.
Elena rara vez veía a Ariana ser tan generosa, así que no pudo evitar preguntarle en voz baja:
—Escuché que tu suegro te dio muchas cosas en su cumpleaños. Dime la verdad, ¿te dio mucho dinero?
Aunque Ariana le había dicho a Damian que no usaría nada de su familia, Elena pensaba que, al menos, sí aprovecharía lo que le había dado su suegro. De lo contrario, no entendía de dónde había salido tanto dinero.
Aparte de su belleza y sus habilidades en artes marciales, no veía en ella nada que explicara semejante riqueza.
Ariana negó con la cabeza.
—No, no me dio dinero. Fueron activos, pero tampoco pienso usarlos.
—Qué raro… entonces, ¿por qué de repente…?
Ariana bajó la voz y sonrió con picardía.
—Te contaré un secreto… Yo también soy asquerosamente rica.
Luego soltó una risa y entró al centro comercial.
Elena se quedó completamente confundida. Su mejor amiga debía estar bromeando… o volviéndose loca.
Para ella, en realidad no importaba de dónde venía el dinero; lo importante era que Ariana estaba bien.
Pero Ariana hablaba en serio. Después de comprar lo que necesitaba, insistió en comprarle varios regalos a Elena. Esta eligió una bolsa y un par de zapatos, que resultaron ser de los artículos más “baratos” del lugar.
Luego, Ariana la llevó a una boutique de vestidos de noche de lujo.
—¿No te gustan los vestidos estilo princesa? Entra y elige uno.
—No, no… —Elena negó de inmediato—. De verdad, los zapatos y el bolso ya son más que suficiente. Estos vestidos cuestan más de cien mil dólares cada uno. No puedo aceptar algo así… No es para alguien como yo.
Su padre ganaba algunos millones al año. Eran acomodados, sí, pero Elena sabía que existía una gran diferencia entre su mundo y el de la verdadera élite. Ese tipo de vestidos solo los veía en revistas.
Ariana la miró con firmeza.
—¿Cómo que no es para ti? Eres mi mejor amiga. Mereces lo mejor del mundo. Vamos, elige uno. Hoy te lo llevas.
Para Ariana, Elena no era solo una amiga… era familia.
Cuando se conocieron, Elena no sabía que Ariana practicaba artes marciales. Aun así, cuando la vio siendo golpeada, no dudó en interponerse y protegerla de un golpe con un palo de madera. Incluso ahora, la cicatriz seguía marcada en su espalda.
Desde ese día, Ariana decidió que, pasara lo que pasara, siempre cuidaría de ella.
Ahora que su abuela ya no estaba, Elena se había convertido en la persona más importante en su vida.
En cuanto a la familia Blackwood… eso aún estaba por verse.
—No es necesario. ¡De verdad no lo necesito! —Elena se negó a que Ariana gastara tanto dinero en ella.
—Tienes que elegir uno. De lo contrario, doy por terminada nuestra amistad.
Ariana fingió enfadarse.
—¡Oye! Está bien, está bien… ¡Elegiré uno, cara amarga!
La dependienta no las recibió con entusiasmo al ver lo sencillas que iban vestidas. Apenas les indicó la entrada por cortesía, sin molestarse en presentarles los vestidos.
Elena recorrió la boutique hasta que sus ojos se detuvieron en un vestido de tul rosa pálido, adornado con pequeños diamantes en el escote y la cintura.
El vestido era simplemente espectacular, como sacado de un sueño.
El estilo de Elena solía ser más sexy y maduro; no encajaba con el aire de princesa. Pero, en el fondo, siempre había soñado con algo así… y le encantó.
—Disculpe, me gustaría probarme ese vestido.
La dependienta le dedicó una sonrisa forzada, claramente dudosa.
—Señorita, este es el diseño más reciente de la tienda. Solo hay uno en todo el país y cuesta trescientos sesenta mil dólares. Si desea probárselo sin intención de compra, tendremos que cobrar una tarifa de prueba de dos mil dólares.
Al escuchar eso, las otras dependientas dirigieron miradas discretas hacia la ropa de Elena… que probablemente no superaba los dos mil dólares en total.