Gia Vallenari El domingo se había arrastrado con una pesadez asfixiante. Pasé las horas merodeando por la mansión como un animal en cautiverio que intenta reconocer las barras de su jaula. Toqué el piano en el gran salón, dejando que las notas melancólicas de Chopin llenaran el vacío que Maximilian había dejado al encerrarse en su despacho. Estuve en la piscina, sintiendo el sol quemar mi piel mientras fingía leer informes financieros que mi mente no lograba procesar. Cada vez que levantaba la vista, sentía su mirada desde algún ventanal de la planta alta; Maximilian no estaba conmigo físicamente, pero su presencia era un peso constante, una sombra posesiva que me vigilaba, que me reclamaba en silencio. Finalmente, la hora llegó. La luz dorada de la tarde empezó a morir, dando paso a l

