Gia Vallenari El rastro de Maximilian todavía quemaba en mi piel. Me duché de nuevo, no porque quisiera borrar su olor —que parecía haberse filtrado hasta mis poros—, sino porque necesitaba que el agua fría calmara el latido constante y doloroso de mis glúteos. Al mirarme en el espejo del baño, vi las marcas: un mapa rojizo y vibrante que recordaba cada azote, cada golpe de autoridad que él había descargado sobre mí. Era un secreto abrasador bajo mi piel, una marca de propiedad que nadie más vería, pero que yo sentiría en cada movimiento. Me vestí con una lencería diferente, esta vez de seda negra, fina como una telaraña, y me deslicé dentro del vestido verde claro. El roce de la seda contra mi piel castigada me hizo soltar un jadeo. Cada vez que la tela se movía, el ardor regresaba, r

