Gia Von Stein Mis ojos recorrían las líneas de los coeficientes de seguridad del Proyecto Horizon por tercera vez, pero las cifras ya no cobraban sentido en mi mente. Me había quedado sola en el despacho, absorta en una marea de pensamientos, intentando concentrarme en el trabajo para calmar la agitación que llevaba por dentro desde que recibí aquella llamada del laboratorio corporativo. Era imposible. El papel frente a mí era solo un borrón blanco. De repente, el sonido de la puerta abriéndose me hizo levantar la cabeza de golpe. Eran exactamente las cuatro de la tarde. Max entró con esa elegancia natural que lo caracterizaba, una mezcla de autoridad absoluta y esa reserva que me desafiaba a romper. Se detuvo a unos pasos de mi escritorio, abrochándose el botón central de su saco os

