Maximilian Von Stein El motor del sedán se apagó, sumergiendo el habitáculo en un silencio sepulcral que contrastaba violentamente con el zumbido constante que llevaba dentro de la cabeza desde que salimos de la clínica. El chófer se apresuró a bajarse para abrirnos la puerta, y bajamos en silencio, rodeados por la quietud imponente de la entrada de la mansión. Gia caminaba a mi lado, con esa elegancia natural que parecía no abandonarla nunca, pero notaba en la ligereza de sus pasos el cansancio acumulado de una jornada que lo había cambiado absolutamente todo. Al cruzar el umbral del vestíbulo principal, se detuvo un instante y me miró con esos ojos que ahora me parecían el centro de mi gravedad. —Voy a tomar un baño, Max —dijo, su voz suave, arrastrando una nota de agotamiento físi

