Gia Vallenari El aire en el despacho de Maximilian se había vuelto denso, cargado de una electricidad que hacía que el vello de mis brazos se erizara. La confesión sobre la traición de los Vallenari y mi entrega absoluta a su causa habían cambiado algo en la atmósfera. Ya no era solo el mentor y la alumna, ni el captor y la cautiva. Éramos dos conspiradores sellando un pacto de sangre con el lenguaje más antiguo del mundo. Maximilian me bajó del escritorio con una lentitud que me hizo temblar. Mis pies tocaron el suelo, pero mis rodillas se sentían como gelatina. Él no dijo nada; simplemente me tomó de la mano y me guio hacia el centro de la estancia, donde una enorme alfombra persa de hilos de seda y colores profundos cubría el suelo de madera oscura. El silencio era tan absoluto que

