Capitulo 32

1286 Palabras

Maximilian Von Stein ​El silencio en el despacho era absoluto, roto únicamente por la respiración rítmica y pesada de Gia. Se había quedado dormida sobre mi pecho, rendida por el éxtasis y el agotamiento, sobre la misma alfombra persa donde minutos antes habíamos sellado un pacto que cambiaría el curso de nuestras vidas. La miré por un instante; su cabello oscuro estaba desparramado como una mancha de tinta sobre la seda, y su piel, aún sonrosada por el calor de mi cuerpo y la aspereza de mis manos, brillaba bajo la tenue luz de las lámparas de pie. ​Con cuidado, para no romper el hechizo de su sueño, me levanté. Mis músculos protestaron levemente, un recordatorio físico de la intensidad de nuestro encuentro. La tomé en brazos, sintiendo su peso ligero y su confianza absoluta incluso en

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