Maximilian Von Stein El rugido de la ciudad se sentía lejano desde la altura de mi oficina, pero dentro de estas paredes de cristal, el ritmo no era menos frenético. Sobre mi escritorio, entre los informes de auditoría y los restos del caos que Gia y yo habíamos provocado horas antes, descansaba un sobre de papel crema, grueso y texturizado, con el sello en relieve de la Fundación Alvear. Era una invitación formal para la gala benéfica anual, un evento que reunía a lo más selecto del mundo empresarial y filantrópico. Normalmente, estas galas me producían un tedio insoportable. Eran desfiles de hipocresía donde las donaciones servían para lavar conciencias y los brindis ocultaban puñaladas por la espalda. Pero esta vez era diferente. La invitación estaba dirigida a la presidencia de la

