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1088 Palabras
El malhumor de Grayson no mejoró con el paso del tiempo, despidió a Lizbeth de forma mezquina y se negó rotundamente a darle una segunda oportunidad, por eso me sentí bastante culpable. Yo era la que había tenido la pésima idea y ella pagaba las consecuencias. Por suerte pude hablar con mi papá y le consiguieron un puesto de trabajo en otra empresa sino jamás me lo habría perdonado. Ahora no le veía tanto sentido a mis acciones, si: había enfadado a mi esposo pero ¿y qué más? El desastre se limpió, las cosas rotas se restauraron y la casa se ordenó. Aunque él parecía seguir molesto por lo sucedido no hacía nada al respecto, dejo que los otros resolvieran el problema y continuó trabajando como un desquiciado... Acrecentando su fortuna mientras yo me secaba como una planta marchita. La mujer exitosa y apasionada que estaba en ruta a convertirme se esfumó como por arte de magia. Grayson me marginaba a ser una aburrida ama de casa, no me lo había dicho pero era algo tácito en su actuar. Extrañaba de sobremanera la vida que tenía antes de casarme, con todo y sus desperfectos. Era libre, era una investigadora estupenda, era hábil y con cientos de destrezas. Ahora era una persona aburrida, mustia, simple y deprimente la verdad es que no quedaba nada de mí. Además cuando echaba un vistazo al pasado, a esta vida y a la otra, no descubría algún gesto que representará amor de parte de Grayson Vallmonth hacía mi. Lo que podía ver era solamente desprecio e indiferencia. Lo único que descubrí fue a una miserable con bajo autoestima arrastrándose por unas cuantas migajas de atención. A una estúpida que confundió afecto con necesidad y que busco amor donde solo había lujuria. Me vi siendo una pobre tonta que jamás había sido amada de verdad en la vida anterior y en una vulgar mujer que ahora no tenía más que sus sueños rotos, tirados sobre el lavaplatos y la escoba. Sobre un cuerpo cuyo único destino parecía ser preñarse una y otra vez hasta reventar. Sin éxito, sin pena ni gloria, solo siguiendo los roles de género de siempre. Una de las sirvientas me buscó cuando estaba refugiandome en la biblioteca, me miró mal al descubrir mi aspecto desaliñado y perezoso pero se abstuvo de comentar algo. —El señor Vallmonth dice que si le ofrece una disculpa podría analizar el re-contratar a Liz... Además de que usted podría obtener grandes beneficios. —No—contesté secamente, mirándola con toda la ira que tenía contenida por aquel encierro involuntario. —Sería bueno que lo analizará señorita, sabe que el señor Vallmonth es sumamente poderoso por más que luche no podrá ganarle; no existe posibilidad alguna. —No ganaré pero lo haré sufrir—respondí entre dientes—dígale que si quiere librarse de este suplicio se divorcie de mí que no existe ninguna otra opción. —Si se niega él dice que... Ya sabe que un amigo de su padre contrató a la señorita Lizbeth, puede hacer que la despidan en breve. —Adelante—respondí—esa tipa siempre me cayó mal—sonreí con malicia, en realidad ella me agradaba pero debía jugar mis cartas—solo hice un último intento por lastima, es una pobre pueblerina sin aspiraciones más que encontrar un hombre rico y embarazarse. —¿Eso piensa de ella?—exclamó sorprendida—creí que era su amiga. —No, mi única amiga es mi madre—respondí mirándola aun con furia—digale a Gray-Gray que no me voy a disculpar y que haga lo que le ronque. La señora salió pálida, temblorosa y con los ojos desvirulados. Me dio un poco de pesar pues sabía que llevarle esa contestación a aquel hombre tan insufrible no sería nada fácil pero, bueno, así eran las cosas. No volví a saber nada más de él durante unos días, lo cual me alivió, cada vez que Grayson andaba rondandome me sentía enferma de la cabeza. Era una persona con una vibra muy densa, de solo tenerlo cerca me dolía el estómago por los nervios, nisiquiera me daba hambre. Así que lo prefería lejos y que mi apetito se mantuviera como de costumbre. Por dicha durante unos días todo estuvo en paz pero la felicidad no dura para siempre, pues recibí un mensaje suyo que me citaba a desayunar con él, con lo cual había arruinado mi primera comida del día. Llegué justo a las 8am tal y como lo indicó, el ya estaba comiendo y tomando café. Le sonreí con una cara que más parecía una mueca de espanto que otra cosa. —Siéntate, por favor—indicó. Obedecí por inercia. —¿Qué quieres?—lo encaré, noté que las mujeres del servicio doméstico que estaban ahí cerca me miraban mal. —Bueno, ¿recuerdas que me dijiste que tu no quieres embarazarte? —Si, claro—fruncí el entrecejo asustada ante la idea que aquel raro se trajera entre manos. —Bueno, como Lizbeth volvió a perder el empleo—sonrió con malicia, mi corazón comenzó a latir desbocado—le ofrecí que fuera nuestro vientre de alquiler, será todo mediante fecundación in-vitro para que no te preocupes. Tu solamente deberas donar los óvulos y los médicos se encargarán del resto—lo miré con odio. —Ni loca—reí—que se embarace ella con sus propios óvulos, no pienso ser participe de esta locura. —Mucha gente de la élite hace esto: utilizar un vientre de alquiler para evitar los daños que el embarazo produce en el cuerpo, no es nada raro ni serás pionera de una práctica extraña. —Para mí no es correcto que una mujer lleve la carga del embarazo solo porque a un riquillo se le ocurre que quiere tener descendencia, con todas las implicaciones que tiene. Nuestro cuerpo no es mercancía, no es territorio político ni un cuarto en renta. Si quieres preñarla bien pero yo no voy a ser parte de esto, va en contra de mis ideales. No quiero ser madre contigo—solté finalmente—porque no te amo. —No todo es amor, esto es conveniencia para ambos. —Pues no funciona para mí. Cuando leí que nuestros rostros son la señal de dos personas que se amaron entendí que la única manera en que yo tenga un bebé es que su rostro sea el testimonio de un amor, no de un acto de necesidad.
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