Estaba muy nerviosa. Me había puesto un sastre rojo, la falda muy cortita, zapatos negros cerrados, pantimedias, me hice ondas con mi pelo y me puse mis lentes redondos grandes. También llevé mi maletín James Bond. Mi blusa era crema, con un moño y se notaba el sostén, algo sugestivo. Antes de salir de la oficina, Yolanda me acomodó bien el saco, le sacó las pelusitas y me dijo que estuviera tranquila. -Muéstrate sobria, resoluta, no tartamudees. Ese juez es bien espeso-, me recomendó. Me acomodó bien mis pelos y me hizo un cerquillo en la frente. -Debes verte sexy, arrolladora, una mujer resoluta-, dijo finalmente. La noche anterior pude, al fin, hablar con la hija de Figueroa. Vivía en Espinar, una ciudad de Cusco. -Hola Judith, soy la abogada de tu padre-, me anuncié solemne. A ella

