- ¿Tienes hambre? - Una extraña tranquilidad me ha invadido al saber que, a pesar de que parecía difícil conseguir que esta mujer se doblegara, tenía un plan. Me siento en la ventana y la miro.
- Un poco. - Me alegra que conteste, por fin, afirmativamente a algo que propongo.
Susana abre la puerta y la chica de antes entra con un carrito de varios pisos llenos de platos, vasos, comida y bebida, que va colocando sobre el mantel que ha extendido en el escritorio. La mesa está puesta y tomo mi silla y la posiciono al lado de Carolina, que ya no se tensa cuando me siente cerca. Ella empieza a comer y mi vista va hacía su boca. Me abro un botellín de cerveza sin y la veo pasar su lengua por sus labios manchados de blanco queso crema. Carolina come con ganas, degustando lo que come. Mi mente va a mi, aún esposa, que apenas come y cuando lo hace es como si la comida le fuera insípida. Tan absorto estoy en mis pensamientos que no me he dado cuenta que Carolina ha dejado un bocado que tenía en la mano para cortarlo con los cubiertos.
- No, por favor. Sigue comiendo tranquila, como hasta ahora. - No puedo evitar sentir deseos de probar esa boca pero extiendo mi mano y tomo del plato el bocado que ha preparado, poniéndole en la boca, que abre de una forma sumisa que me enciende.
Es una comida tortuosa, ver a esta mujer poner alimentos en sus labios, como muerde, mastica o pasa su lengua por los labios para repasar los rastros de comida en ellos. El corazón me late fuerte y noto que la entrepierna está cobrando vida propia. No voy a soportar mucho más. Termino mi cerveza de un trago, me levanto y voy al baño del despacho. Necesito recobrar mi propio control. Mojo mi cabeza y ni nuca, pero no me hace sentir mejor. Al contrarío, imagino a Carolina comiendo langostinos, pepinillos, plátanos. Debo estar enfermo. Vuelvo a mojar mi cara cuando unas voces me saca de mis fantasías feeders.
- Si, pero me ha dicho que no está enfadado, simplemente que vayas a casa.- Henry está hablando con Carolina, no parece que siga enfadado, al menos con ella.
- Vale, ¿me podéis llevar, por favor? - Carolina no se ha dado cuenta que he salido del baño.
- No, no vas a ir con ese psicópata. - Carolina se gira asustada al oír mi voz. Miro a Henry con el ceño fruncido, para que note que me enfada que se meta en mi vida, por muy hijo mayor que sea.
- Father, Jota me ha llamado a mi, quiere pedir perdón a Carolina y quiere que la lleve yo, no quiere volver a verte. ¿Vas a joder un negocio por una cabezonería? - Mi contestación es una mirada asesina.
- ¿Por que crees que te ha llamado a ti? - Miro a mi hijo esperando que entienda lo que digo, pero no dice nada. - Esta bien, lleva a Carolina a casa. - La miro a los ojos, que desvía a cualquier sitio, con lo que me confirma su nerviosismo. - Pero te llevas a dos hombres y que se turnen a vigilar lo que pase en esa casa.
- Pero papa.
- No hay peros. Si quieres, - digo mirando a Carol- puedes decirle a Jota que yo, personalmente te he puesto escolta. Y ahora iros, antes de que me arrepienta de que esto quede así. - Henry, que me conoce bien, coge de la mano a Carol, que se levanta de la silla en la que ha comido y ambos salen de mi despacho. Vuelvo al baño y miro mi imagen en el espejo. ¿Que coño hago? Hacía años que no me sentía tan feliz y excitado como acabo de estarlo hace unos minutos. ¿Y lo voy a perder? No. Salgo del baño y vuelvo a colocar mi silla en el lado correcto del escritorio, saco mi móvil del bolsillo del pantalón y busco en la agenda el teléfono de nuestros abogados.
Hace dos semanas que salí de la mansión que compartía con Mary para hacer negocios con mi hijo Henry. No he vuelto. Pasé un par de días en un hotel y luego hice que mis hombres me llevaran mis pertenencias al pequeño chalet al que vinimos a vivir al mudarnos a España. Mis abogados me recordaron que era la única propiedad que estaba únicamente a mi nombre cuando les pedí comenzar con los trámites para divorciarme, pero al estar casados en otro país, va a tardar más de lo que deseo, cosa que me está jodiendo, pues Mary tardó cuatro días en darse cuenta que no había vuelto a casa. Se de Carolina por los hombres que la custodian, se está haciendo cargo del negocio de Jota, ya que este está en el hospital. Nada más volver a casa ese miserable la pegó, pero mi hijo se había quedado dando ordenes a los hombres y escuchó todo. No sé exactamente que pasó, pero lo puedo imaginar.
Sentado en el patio trasero espero el desayuno. Tengo un hombre de escolta dentro de la casa y una cocinera que se encarga de la casa, es tan pequeña que no necesito más, pero hasta ellos dos me parecen demasiada gente, sobre todo cuando imagino a Carolina en la casa. Esto va a ser duro.