Pete no se movía.
Apenas mantenía su forma humana, como si fuera humo a punto de disiparse. Estaba agachado, con la cabeza baja, temblando. La luz que solía brillar en sus ojos celestes era apenas un reflejo apagado.
—Pete...
Di un paso hacia él. Me aterraba. No sabía qué hacer. Era un espectro, un fantasma, algo que no comprendía. Pero también... era él. Y algo dentro de mí se negaba a dejarlo así.
—Pete, por favor... mírame.
Levantó el rostro lentamente. Ver sus ojos apagados me partió el alma.
—No... no puedo quedarme —susurró—. Me estoy desvaneciendo.
Negué con fuerza, ignorando mis propios temblores. Me arrodillé frente a él.
—No. Tienes que quedarte. No puedes dejarme. Por favor, no ahora.
Sus labios se movieron, queriendo decir algo, pero no tuvo fuerzas. Era como si algo invisible lo arrastrara. Su silueta temblaba, desdibujándose como humo en el viento.
No supe qué hacer. No había libro, regla ni manual para aquello. Entonces, lo hice.
Extendí mi mano hacia él.
—Tómala. Pete... tómala.
No creía que pudiera hacerlo. Pero, poco a poco, vi cómo levantaba su mano temblorosa. Su piel era translúcida, casi irreal. Sin embargo, cuando nuestros dedos se rozaron, sentí algo. Un cosquilleo. Un leve calor.
Él también lo sintió. Sus ojos se abrieron más. El temblor de su figura se ralentizó.
—¿Lo sientes? —pregunté en un susurro.
Asintió. Su voz era apenas un eco.
—Es... cálido.
—No te vayas. Por favor. Quédate conmigo.
Nuestros dedos se entrelazaron torpemente. No era un contacto perfecto. Parte de su mano seguía siendo niebla. Pero algo había. Algo real. Y ese algo comenzó a devolverle forma.
Vi cómo su figura se estabilizaba poco a poco. El contorno de sus brazos. La claridad de su rostro. Sus ojos celestes volvieron a brillar, aunque tímidamente. El viento invisible que parecía arrastrarlo disminuyó. Lo retuve. Lo traje de vuelta.
Él me miraba, incrédulo.
—¿Cómo... cómo lo haces?
Negué, sintiendo lágrimas resbalar por mis mejillas.
—No lo sé. Solo... no te vayas.
El silencio nos envolvió. La conexión entre nuestras manos era la única cosa real en ese momento. Sentí que, si lo soltaba, desaparecería. Y no podía permitirlo.
Mis dedos comenzaron a temblar por el esfuerzo. No era solo un acto físico. Sentía que con cada segundo le entregaba parte de mí. De mis fuerzas. De mi vida. Pero no me importaba. Era Pete. Y no iba a dejarlo desaparecer.
Finalmente, Pete habló. Su voz seguía siendo débil, pero más firme que antes.
—Lin... me estoy rompiendo por dentro. Lo siento. Es como si algo me estuviera arrancando.
—No te dejaré solo. Te lo prometí. —Apreté su mano espectral con todas mis fuerzas humanas. Fue como cerrar el puño en torno a una brisa... pero el cosquilleo no se fue.
Pete cerró los ojos. Su respiración inexistente parecía acompasada con la mía. La calma volvió lentamente a la sala destrozada. Los muebles derribados. El vidrio en el suelo. Nada de eso importaba ahora.
Pasaron minutos así. Yo arrodillada. Él recuperando forma. Nuestra conexión invisible manteniéndolo aquí. Sentí como si algo antiguo, algo olvidado, nos uniera en ese instante.
—Nunca había sentido algo así... —susurró Pete, sin abrir los ojos.
—Yo tampoco.
—Creía que los fantasmas no podían sentir —continuó, apenas audible—. Pero esto... esto me recuerda a cuando era humano.
Esa frase me perforó. Tal vez Pete había olvidado quién era, pero esa sensación, ese contacto, lo anclaba a lo que había perdido.
Finalmente, cuando el amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas rotas, Pete abrió los ojos y su figura se veía estable. No sólida, no viva... pero estable. Con forma.
—Gracias —dijo simplemente.
Solté su mano, temiendo que empeorara, pero Pete no se desvaneció.
Se sentó en el suelo, exhausto. Lo imite, sentándome frente a él.
—Pete... ¿por qué temes desaparecer?
Él bajó la mirada. Pensó mucho antes de responder.
—Porque siento que, si desaparezco... no habrá nadie que recuerde que existí.
Mi garganta se cerró. Las palabras no salieron. Solo pude hacer algo:
Lo abracé.
No sé si lo sintió. No sé si pudo sentir mis brazos rodeándolo. Pero yo lo necesitaba. Y quizá él también.
Su figura no se deshizo. Permaneció.
—Te prometo que no vas a desaparecer. Mientras yo esté aquí, no.
Pete no dijo nada más. Pero descansó. Sentí que su energía se estabilizaba, como si esa noche hubiese estado al borde del abismo y yo lo hubiera sostenido.
Cuando finalmente me dormí, sentada allí mismo junto a él, su voz fue lo último que escuché:
—Gracias, Lin. Por darme una razón para quedarme.
Y con esa frase, el vínculo entre nosotros se selló sin necesidad de promesas ni conjuros. Era algo más fuerte. Algo que ninguno de los dos entendía. Pero ambos sabíamos que era real.