Capítulo 5: Una promesa entre sombras

1086 Palabras
Cuando llegué a casa, el peso del día me golpeó de golpe. Las risas de Pete, sus burlas en el instituto, sus bromas sobre los sándwiches... todo eso, de alguna forma, había conseguido distraerme. Pero ahora, en el silencio de las paredes que habían pertenecido a mis padres, la realidad cayó sobre mí como una lápida. Me dejé caer en el sofá, abrazando mis rodillas. Por fin, las lágrimas salieron. No sabía si lloraba por ellos, por mí o por esa extraña sensación de vacío que sentía desde que había visto a Pete por primera vez. Sentí su presencia antes de verlo. —Lin... —susurró su voz, tan cerca que me sobresalté. —¿Por qué eres bueno conmigo? —pregunté de pronto, sin mirarlo. No lo entendía. Era un fantasma. Una sombra. Un recuerdo roto. Y, aun así, me trataba con más cuidado que mucha gente viva. Pete guardó silencio un momento. Luego se sentó junto a mí, aunque no sentí su peso en el sillón. —Porque entiendo la soledad mejor que nadie. Su voz fue un golpe directo a mi corazón. En ese instante, escuchamos la puerta abrirse. Me limpié las lágrimas a toda prisa. Pete se desvaneció sin una palabra más. —¡Cariño! ¡Lin! —la voz de Scarlett llegó primero. En segundos, estaba frente a mí, con Joe pisándole los talones. Scarlett me abrazó con fuerza, sin decir nada al principio. Joe, aunque más reservado, me acarició el cabello con torpeza pero con ternura. —Estamos aquí, pequeña. No tienes que fingir ser fuerte —murmuró Scarlett, mientras me mecía en sus brazos. Por primera vez desde el accidente, me permití ser frágil. Lloré contra su hombro, dejando que el peso del mundo lo llevaran ellos por unos minutos. Cuando por fin me calmé, Scarlett me obligó a beber un poco de agua. Joe se sentó a mi lado, sin preguntar nada. Me sentí agradecida por eso. —Si necesitas hablar... —empezó Scarlett. —Lo sé —la interrumpí. No podía explicarles lo que realmente pasaba. Ni siquiera sabía si yo misma lo entendía. Scarlett y Joe intercambiaron una mirada. Algo en sus ojos decía que estaban preocupados, pero parecían atribuir mi comportamiento extraño al duelo. Me dejaron sola un rato después, respetando mi silencio. Cuando se alejaron, Pete reapareció. —Estás rodeada de buena gente —dijo en voz baja. Me limpié las mejillas y lo miré directamente. —En realidad... no te acuerdas de nada. De nada de nada, ¿verdad? Pete me sostuvo la mirada unos segundos. Luego, simplemente asintió con la cabeza. —Solo tu nombre. Y que estoy... así. Mi corazón se encogió. Había algo tan roto en él, algo tan vacío, que el miedo se mezcló con la compasión. Sin pensarlo demasiado, extendí mi mano. —Prometo ayudarte. A descubrir quién eres. Qué te pasó. Te lo juro. Pete me miró confundido. Entonces recordé algo de la infancia. Levanté el meñique. —Es un pacto humano. Pacto de meñique. Nunca se rompe. —¿Un... pacto? —preguntó Pete, ladeando la cabeza. —Exacto. Cuando quieres prometer algo de verdad, entrelazas tu dedo meñique con el de la otra persona y sellas la promesa. Es sagrado. Tras un segundo de duda, Pete imitó el gesto. Su dedo, aunque no sentí su contacto real, rodeó el mío. Algo invisible, pero real, se selló entre nosotros en ese momento. Sus ojos celestes me miraban con una mezcla de curiosidad y algo más profundo, como si por fin sintiera pertenecer a algo. Entonces, con los dedos meñiques entrelazados, comenzamos a agitar nuestras manos arriba y abajo suavemente mientras recitábamos juntos el conjuro: —“Esta es la promesa del dedo chiquito, Aquel que mienta le caerán mil agujas encima, Y se le corte el dedo.” Pete repitió las palabras con más convicción de la que habría esperado. Cuando terminamos, sus labios esbozaron una sonrisa leve, más humana que fantasmal. Por un instante, no parecía un espíritu errante. Parecía solo... un chico perdido. Pero ese instante no duró. El aire cambió. La temperatura bajó abruptamente. Las ventanas vibraron sin razón aparente. Pete se puso de pie de un salto. Su figura se tensó como un animal listo para atacar. —Algo viene. —¿Otra sombra? —pregunté, temblando. El ambiente se volvió pesado, sofocante. Una presión invisible me cerraba el pecho. El silencio era tan espeso que sentía el zumbido en mis oídos como si el aire estuviera electrificado. Sentí un escalofrío recorrerme la columna antes de que algo explotara. Una ventana explotó. Los fragmentos de vidrio flotaron en el aire en lugar de caer. Las luces parpadearon. Sentí un zumbido agudo en mis oídos mientras los objetos de la sala comenzaban a elevarse lentamente, girando como atrapados en un remolino invisible. Y entonces lo vi. Una figura oscura, mucho más densa que la sombra anterior. No caminaba. Flotaba, como humo congelado en forma de criatura. Sus "ojos" eran vacíos blancos. —Atrás de mí, Lin —ordenó Pete, con una voz que nunca le había escuchado. Yo, paralizada, apenas podía respirar. —¡Atrás! Pete se interpuso entre la criatura y yo. La sombra chilló, un sonido agudo que dolía físicamente. Los fragmentos de vidrio giraron como cuchillas alrededor de la sala, aún suspendidos en el aire. Pete levantó una mano. Su cuerpo parpadeó, como si fuera luz luchando contra oscuridad. —¡Lin, no mires! ¡Cierra los ojos! Obedecí. Solo escuché el sonido del viento, de objetos golpeando paredes, y ese chillido que parecía perforar el alma. Sentí el suelo temblar bajo mis pies. Cuando todo se detuvo, abrí los ojos. Pete estaba arrodillado. Se veía agotado. La sombra había desaparecido. La sala estaba destrozada. Las ventanas rotas. Libros y muebles por el suelo. Scarlett y Joe llegaron corriendo desde la cocina. Sus rostros eran el reflejo del pánico. —¡Lin! ¡Dios mío! ¿Qué pasó? —gritó Scarlett, abrazándome. Joe recorría la sala con la mirada, intentando encontrar una explicación. Pero no había ninguna que tuviera sentido. —No lo sé... —mentí, sintiendo que mi cuerpo temblaba. Scarlett y Joe intercambiaron una mirada silenciosa. Pensaron que estaba rota. Que todo era una consecuencia del duelo. Y yo los dejé creerlo. Mientras me abrazaban, sentí la mirada invisible de Pete desde el rincón. Su figura temblorosa, apenas sostenida, seguía allí. Sabía que no había terminado. Apenas empezaba. Y yo había prometido ayudarlo. Aunque me costara la vida.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR