TIERNAN....
Bostezo, sintiendo el cálido aroma a café recién hecho mientras arqueo la espalda contra la cama y me estiro para terminar de despertar.
Diablos. Dormí fatal.
Estiro un brazo hacia la mesa de noche para tomar mi teléfono y ver la hora, pero no lo encuentro, con mi mano cayendo sobre la nada misma.
¿Qué?
Y es entonces que me fijo. La aspereza de las sábanas nuevas. Los chirridos de la cama bajo mi cuerpo. La almohada, que no es la de plumas a la que está acostumbrado mi cuello.
Pestañeo un par de veces y abro los ojos del todo, viendo la tenue luz mañanera que entra por las puertas dobles de vidrio e ilumina el techo de mi habitación.
O, en realidad, una habitación que no es mía. Me incorporo, apoyándome sobre mis codos, con la cabeza embotada y los párpados apenas capaces de mantenerse abiertos mientras vuelvo a bostezar.
Y lo recuerdo todo de repente. Lo que pasó. Dónde estoy. Cómo hui, porque fui impulsiva y no estaba pensando. La incertidumbre que sentí dando vueltas en mi estómago, porque nada es familiar.
Y el hecho de que no me agrada esto, haber olvidado que no me gustan los cambios.
La manera en la que me miró ayer por la noche. Agudizo los oídos, oyendo las ramas de los árboles crujir, meciéndose con la brisa que hay fuera, y a esa misma brisa pasando por la chimenea al soplar.
Nada de voces distantes provenientes de la oficina de mi padre o sonidos de las seis pantallas planas que suele tener encendidas mientras se prepara para su día. Nada de séquitos de estilistas y asistentes subiendo y bajando frenéticamente las escaleras, preparando a mi madre para el suyo, porque nunca sale de casa a no ser que vaya perfectamente maquillada y peinada.
Nada de teléfonos sonando o paisajistas con sus podadoras.
Por un momento, extraño mi hogar. Sin que las invite, siento las imágenes dar vueltas por mi cabeza. De ellos acostados sobre bloques de metal frío en este momento. Metidos en compartimientos helados. La piel de mi padre azul, y el cabello de mi madre húmedo y su rostro carente de maquillaje. Todo lo que solían ser (todo por lo que los reconocía el mundo), ahora ausente.
Me quedo allí, helada y esperando a que comiencen a arderme los ojos. A que lleguen las lágrimas. El nudo en mi garganta.
Quiero que lleguen.
Estoy deseando que lleguen. Pero no lo hacen. Y eso me preocupa más que la muerte de mis padres. Existe un nombre para las personas que no sienten remordimiento. Personas que no empatizan. Personas que demuestran actitudes antisociales.
Pero no soy una sociópata. Quiero decir, lloré durante la batalla de Invernalia en Juego de Tronos. ¿Pero no lloro, ni una vez, cuando mis padres mueren?
Al menos ni yo, ni mi manera de lidiar con sus muertes, van a interesarle a nadie en esta ciudad. La única persona en casa que lo entendería sería Mirai.
Y entonces parpadeo, cayendo en la cuenta.
—Mirai…
Diablos. Me quito las sábanas de encima y bajo de la cama, dirigiéndome hacia la cómoda en donde está cargando mi teléfono. Lo tomo, lo enciendo, y veo la lista de notificaciones sin leer, la mayoría llamadas del asistente de mi madre.
Ignorando los mensajes de voz, marco el número de Mirai, fijándome que son menos de las seis en la Costa Oeste cuando ya tengo el teléfono en la oreja.
Responde casi inmediatamente.
—Mirai —digo, antes de que pueda decir una palabra.
—Tiernan, gracias a Dios.
La oigo respirar agitadamente, como si hubiera corrido hasta el teléfono o acabara de despertar.
—Lo siento, tenía el móvil en silencio —explico.
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
Siento un escalofrío alzarse por mis brazos, así que abro mi maleta y tomo un suéter, haciendo malabarismos con el teléfono mientras intento ponérmelo por la cabeza.
—Entonces… ¿vas a quedarte? —pregunta después de una pausa—. Sabes que no tienes que hacerlo. Si no estás cómoda en la casa o te sientes rara…
—Estoy bien —le digo—. La casa es bonita, y él es…—Dejo la frase a medias, intentando buscar la palabra correcta. ¿Qué es?—. Hospitalario.
—Hospitalario —repite, con clara desconfianza. Me aclaro la garganta.
—¿Y qué tal el mundo allí? —pregunto, cambiando de tema—. ¿Algo que me necesite?
—Solamente preocúpate por ti —dice, y no se me escapa la manera en que evita la pregunta—. No volveré a molestarte. Llámame si quieres (y quiero que lo hagas), pero voy a atenerme a mensajes para ver cómo estás de vez en cuando. Solo quiero que te olvides de todo lo que sucede aquí durante un tiempo, ¿está bien? Me estoy encargando de ello.
Echo un vistazo a la habitación en la que dormí, aliviada de tenerla para mí sola, porque al menos tengo un lugar que es mío y al que ir cuando necesite estar sola.
Pero la idea de salir de esta habitación y enfrentarme a gente nueva hace que me dé un vuelco el estómago, y…
Solamente sácame un billete para volver a casa, Mirai. Eso es lo que quiero decirle.
Pero no lo hago.
Jake parece estar dispuesto a dejarme ser y no presionarme mucho, pero Noah es amistoso. Demasiado amistoso.
Y aún no he conocido a Kaleb, así que esa es otra persona más con la que tendré que relacionarme.
Me dirijo hacia las puertas dobles en busca de algo de aire.
Lo que la gente piense o diga de mí y de mi ausencia (y lo que piensan o dicen de mis padres) en casa debería ser la última de mis preocupaciones, pero no puedo evitar pensar en ello. Me da la sensación de que estar lejos de casa es lo último que debería estar haciendo en este momento. Especialmente cuando el lugar en el que me encuentro está en medio de la nada, estoy con un tipo al que mi padre odiaba y el terreno huele a mierda de caballo y cadáveres de ciervos en descomposición.
Sostengo el teléfono entre mi oreja y mi hombro mientras abro las puertas.
—Debería estar allí para…
Pero no termino la frase, porque las puertas se abren y veo el paisaje frente a mí.
Abro la boca. De repente, mido un centímetro.
—Deberías hacer lo que sea que tengas que hacer —responde Mirai.
Pero apenas oigo lo que dice. Observo la vista, avanzando hacia la extensa plataforma de madera mientras me fijo en todo lo que hay frente a mí y que no había visto la noche anterior.
Siento mi corazón latir contra mi pecho.
Entonces esa es “la cima”. No se me había ocurrido que el pueblo se llamara así por alguna razón.
En la distancia, formando una vista perfecta entre los árboles a los que da mi balcón, hay una montaña, con la cima de granito gris e imponente, bordeada por pinos verdes y coronada por nubes blancas que convierten la escena en algo tan bello que me siento dejar de respirar por un momento.
Santo Dios.
Está allí como si nada. Una catedral frente al cielo azul y, antes de que pueda evitarlo, alzo la mano, intentando tocarla como si quisiera rodearla con un puño, pero lo único que siento es la briza de la mañana entre mis dedos.
Inhalo, con el aroma a tierra y roca abriéndose paso hacia mi nariz incluso desde aquí, con el recuerdo del olor a animal muerto de ayer por la noche ya olvidado. El aroma del agua cuelga en el aire, fresco pero mohoso donde se encuentra con la tierra y la roca, y vuelvo a inhalar, cerrando los ojos.
Se me pone la piel de gallina.
Tengo que irme de inmediato. No quiero acostumbrarme a aquel olor porque, antes de que pase mucho tiempo, va a dejar de sentirse especial.
—Si quieres estar aquí para el funeral, entonces ven —sigue Mirai, como si aún me importara lo que estamos discutiendo—. Y, si no quieres, no creas que alguien va a cuestionar a la única hija de Hannes y Amelia de Haas si está demasiado angustiada por la repentina muerte de sus dos padres para asistir al funeral.
Abro los ojos, con una parte de mí deseando sonreír y la otra decepcionada, porque sé que no me iré. No hoy, al menos. Alzo la vista y observo la cumbre, sin deseo alguno de dejar de mirarla todavía. Trago saliva, acordándome de Mirai.
—Gracias —le digo—. Me tomaré un par de días para pensar qué hacer.
El funeral no es hasta dentro de cuatro o cinco días, al menos. Hay gente de todas partes del mundo que tiene que viajar hasta California, así como muchos preparativos de los que encargarse. Tengo tiempo.
—Te quiero, Tiernan —dice.
Hago una pausa. Es la única persona que me dice eso. Siento cómo comienzan a regresar a mí todos los recuerdos, pero esta vez me fijo en cosas que antes se me hacían pasado.
Todas las veces que Mirai, y no mi madre o mi padre, me había llamado mientras estaba en la escuela para ver si necesitaba algo.Todos los regalos bajo el árbol que sé que ella, y no mis padres, me compró, y las cartas de cumpleaños que firmó en su lugar. Todas las películas para mayores de trece a las que me ayudó a entrar porque mis padres no lo hacían, y todos los libros de viaje que solía dejar en mi bolso porque sabía que eran mis favoritos.
El primer par de aretes colgantes que había tenido habían sido un regalo suyo.
Y lo único que puedo hacer es asentirle al teléfono, maldición, porque es lo que siempre hago.
—Respira, ¿sí? —añade.
—Adiós.
Cuelgo, sintiendo agujas en la garganta, y sigo observando la bellísima vista con mi cabello ondeando al viento; el salvaje aroma en el aire casi una droga. Embriagador.
Un pájaro carpintero pica un árbol en la distancia y el viento sopla entre los álamos y los pinos, con el suelo del bosque volviéndose cada vez más oscuro a medida que se extienden los árboles hasta que ya no puedo ver nada.
¿Realizan excursiones por allí? ¿Jake, Noah, y Kaleb? ¿Se atreven a internarse en el bosque? ¿Se toman tiempo para explorar?
Una motosierra interrumpe el silencio, rugiendo con fuerza, y pestañeo, con el hechizo hecho pedazos. Dándome la vuelta, dejo caer el teléfono sobre la cama y me acerco a una de mis maletas, tomando de ella mi bolsa de artículos de aseo personal. Dirigiéndome a la puerta, sostengo el pomo, girándolo despacio.
Suelta un chirrido, y aprieto los dientes ante el ruido. A mis padres no les gustaba que hubiera ruido por las mañanas.
Saliendo al tenue pasillo, el suelo de madera oscura y los revestimientos iluminados solamente por el brillo de dos apliques de pared y un candelabro rústico, paso de puntillas junto a la habitación que Jake me dijo que era la suya anoche hasta llegar a la siguiente puerta, estirando un brazo para agarrar el pomo.
Pero, antes de que pueda hacerlo, la puerta se abre de repente, con la luz bañando el pasillo, y veo allí de pie a una mujer joven y casi desnuda.
Su cabello revuelto de color castaño rojizo abraza su rostro y cae justo sobre sus pechos desnudos.
Jesús… Alejo la cabeza. ¿Qué diablos? ¿Es la esposa de mi tío? No dijo nada sobre estar casado, pero tampoco dijo que no lo estuviera.
Le echo otra mirada, viéndola sonreír y cruzar los brazos frente a su pecho.
—Disculpa —dice.
Está en forma, tiene el estómago plano y piel suave, y ningún anillo en su dedo; así que no puede ser su esposa. Y definitivamente no es la madre de los muchachos. No tengo idea cuántos años tiene Kaleb, pero Jake dijo que Noah era el menor, y esta mujer no es lo suficientemente mayoe para tener hijos adultos.
Parece ser apenas un poco mayor que yo, de hecho. ¿Novia de alguno de los chicos, tal vez?
Se queda allí parada un momento, y mi sorpresa comienza a transformarse en ira. ¿Va a moverse, o algo? Necesito pasar.
—La diferencia entre la pizza y tu opinión es que pedí la pizza — recita.
Alzo la cabeza para mirarla, pero sus ojos están puestos en mi suéter. Bajo los míos, cayendo en la cuenta de que acaba de recitar lo que dice.
Suelta una risita ante las palabras y pasa a mi lado, saliendo del baño. Entro rápidamente y estoy a punto de cerrar la puerta, pero al último segundo me lo pienso mejor y me asomo para poder ver el pasillo. Pero, lamentablemente, lo único que oigo es una puerta cerrarse. Desaparece antes de que pueda ver en qué habitación ha entrado.
Cerrando la puerta, me ocupo de lavarme la cara, los dientes, y quitarme el lazo que uso para apartarme el cabello de la cara todas las noches. Hace años mi madre comenzó a hacer eso porque le habían dicho que era preferible a usar bandas elásticas.
Así que comencé a hacerlo yo también, por alguna razón.
Después de cepillarme el cabello, abro la puerta tan silenciosamente como abrí la de mi cuarto y echo un vistazo cuidadoso al pasillo, en caso de que haya más extraños desnudos dando vueltas por allí. Supongo que es bueno saber que no estoy evitando que sigan con sus vidas.
Al no ver a nadie, salgo disparada hacia mi habitación, sintiendo el aroma a café que me despertó subiendo desde el piso de abajo. Hago la cama, me pongo un par de vaqueros y un top de manga larga y comienzo a desempacar, pero me detengo antes de sacar una pila de camisetas.
Es posible que no me quede. Vuelvo a guardar las camisetas y cierro la maleta, decidiendo esperar.
Me quedo plantada en medio de la habitación otros ocho segundos pero, por más que quiera posponerlo, no se me ocurre nada que hacer aquí para atrasar el momento de ver a los demás. Saliendo de la habitación, suelto una exhalación y cierro la puerta detrás de mí, sin detenerme antes de lanzarme de cabeza y bajar las escaleras para terminar con esto.
Pero cuando entro en la sala de estar y miro a mi alrededor mis hombros se relajan un poco. No hay nadie allí. Un par de lámparas iluminan el espacioso lugar y giro la cabeza hacia la izquierda, mirando la cocina tenuemente iluminada por unas pocas luces colgando sobre la mesa del centro, también vacía. Aunque sí me encuentro con el punto de luz rojo brillante de la cafetera, por lo que me dirijo hacia allí descalza, manteniéndome alerta en caso de que aparezca alguno de los muchachos.
Encuentro una taza en el escurridor, y me sirvo un poco.
—Buenos días.
Doy un salto, casi soltando la taza, con el café casi desbordándose.
Unas pocas gotas ardientes aterrizan sobre mi pulgar, y siseo.
Echo una mirada sobre mi hombro, viendo a Jake entrar con pasos largos a la cocina y abrir el refrigerador.
—Buenos días —murmuro, secando el líquido caliente de mi piel.
—¿Cómo dormiste? —pregunta.
Vuelvo a mirarlo, viendo cómo saca algo para beber con el sudor brillando en sus brazos, cuello, y espalda, y su camiseta colgando de su bolsillo trasero. Son apenas las siete. ¿A qué hora se despiertan?
—Bien —mascullo, tomando una servilleta y limpiando el café de la encimera. De hecho, dormí fatal, pero decirle eso solamente dará lugar a más preguntas, así que es más sencillo mentir.
—Me alegro —responde.
Pero simplemente se queda allí parado, y puedo sentir sus ojos sobre mí.
Tomo otra servilleta y limpio un poco más la encimera de madera.
—¿Hacía calor? —presiona.
¿Eh? Lo miro con curiosidad.
—¿Tu habitación, ayer? —dice, explicándose—. ¿Hacía calor?
Su cabello claro, húmedo de sudor, se adhiere a su frente y sienes mientras me mira, y asiento, volviendo a darme la vuelta.
Pero no se va.
Se limita a quedarse allí y me dan ganas de suspirar, porque esta es la parte en que, normalmente, la gente espera que haga un esfuerzo por seguir con la conversación.
La cocina parece achicarse y el silencio se vuelve cada vez más aturdidor, excepto por el pájaro que pía en la distancia. Busco en mi cabeza algo que decir, con los incómodos segundos alargándose más y más y haciendo que me apetezca huir.
Pero entonces, repentinamente, se mueve, y yo me enderezo, alerta cuando su pecho casi entra en contacto con mi brazo. Estoy a punto de alejarme, pero en ese mismo momento estira una mano más allá de mi cuerpo y lo veo apagar la cafetera.
—Lo estaba manteniendo caliente para ti —dice, con su respiración rozando mi coronilla.
Mi corazón comienza a latir con más fuerza. ¿Manteniéndolo caliente…? Ah, el café. La dejó encendida para mí.
—Tienes las manos bonitas —señala.
Bajo la vista para mirarlas, alrededor de la taza.
—Tu padre también las tenía —añade, y puedo oír la burla en su voz. Frunzo el ceño. ¿Era eso una indirecta?
—Mi padre tenía bonitas manos —repito, tomando un trago de café sin mirarlo—. Así que, ¿los hombres de verdad usan motosierras y camionetas en vez de Mont Blancs y teléfonos? —pregunto.
Alzo la cabeza, mirándolo de cerca, y él entrecierra sus ojos azules.
—Bueno, ahora está muerto —le digo—. Tú ganas.
Baja la barbilla, con su mirada clavada en la mía, y veo cómo se le tensa la mandíbula. Me doy la vuelta y le doy otro sorbo a mi café.
Más allá de cualquier problema que él y mi padre tuvieran, la chica recientemente huérfana es la última persona a la que tendría que estar dirigiendo sus insultos. Los modales son un concepto comprensible en todas partes. Este tipo es un imbécil.
Y, sin embargo, siento a mi estómago entibiarse, y bebo mi café para esconder los nervios.
Puedo sentirlo. Las ganas de hablar.
Después de la tristeza, el enojo era mi constante acompañante cuando era pequeña. Y entonces el enojo desapareció y no quedó nada. Había olvidado lo bien que me sentía. Una distracción de mis demás emociones.
Me agrada que no me agrade.
—Está bien —exclama alguien, y oigo pasos entrando en la cocina—. Me voy.
Echo un vistazo en la dirección de la voz, todavía sintiendo los ojos de Jake sobre mí, y veo cómo la mujer desnuda (ahora vestida) se acerca a Jake con una mochila de cuero marrón colgada de un hombro y le rodea el cuello con un brazo. Se inclina hacia él y él vacila un momento, todavía mirándome, antes de girarse hacia ella y permitirle besarlo.
Es suya, entonces. Observo la piel suave de su rostro, ensombrecida por la gorra que lleva en la cabeza, y su cuerpo musculoso y firme. No está ni cerca de su edad.
Entonces no están tan alejados de la civilización como creí. Hasta que el clima se ponga malo, al menos.
La punta de su lengua se estira e ingresa en la boca de él apenas un segundo antes de recular, y me giro hacia mi café, con una extraña sensación de irritación comenzando a nacer dentro de mi cuerpo. ¿Va a haber mucha gente yendo y viniendo?
—¿Te veo hoy por la noche? —le pregunta la mujer a Jake.
—Quizá.
Hay una pausa, y vuelve a repetirlo.
—Quizá.
Debe haber estado haciendo pucheros.
Le planta otro beso en los labios y se va, y yo suelto una exhalación, ligeramente aliviada de que no me haya presentado a alguien más.
—¿Quieres echarme una mano? —pregunta Jake.
Alzo la vista hacia él, pero olvido lo que estaba a punto de preguntar. Se parece mucho a su hijo.
Más de lo que creí ayer por la noche.
Su cabello rubio, todavía despeinado de cuando despertó. La media sonrisa despreocupada. La brma constante que puedes ver detrás de sus ojos. ¿Cuántos años tiene Jake? Mi padre tenía cuarenta y nueve, y Jake es más joven. Eso es lo único que sé.
Teniendo hijos de al menos veinte, ¿supongo que tiene poco más de cuarenta?
Por supuesto que podría ser más mayor. Parece recibir mucho sol, y se mantiene en forma. Mi padre no tenía sobrepeso, pero tampoco se parecía en nada a este tipo.
Vuelvo a mirar hacia adelante y bebo un sorbo de mi café.
—¿Echarte una mano con qué?
—Ya verás —me dice—. Ponte zapatos.
Se aleja, llamando a Danny y Johnny, y después de un momento los perros lo siguen al taller. Estoy a punto de poner los ojos en blanco. ¿Sus perros se llaman Danny y Johnny? Otra referencia a Karate Kid.
Le doy algunos sorbos más a mi ya frío café, tiro lo que queda y me doy la vuelta, subiendo las escaleras hacia mi habitación.
Historia de PENELOPE DOUGLAS