TIERNAN...
Después de ponerme unos zapatos, tomo mi teléfono para guardarlo en mi bolsillo trasero, pero termino pensándolo mejor.
Bajo la vista hacia él, dudando un momento antes de apagarlo y conectarlo al cargador.
Cerrando la puerta detrás de mí, salgo de la habitación y me dirijo hacia las escaleras, agudizando brevemente los oídos en dirección a la habitación del hijo (el que conocí ayer, al menos), preguntándome si ya se habrá despertado.
Pero no oigo nada.
Saliendo de la casa, me freno al llegar al porche, observando la luz del día y desviando la vista para ver la punta de la cima entre los árboles desde este punto bajo.
Respiro hondo, cerrando los ojos un momento, incapaz de hartarme del aroma a madera y pino. Siento cómo se me pone la piel de gallina ante el aire fresco de la mañana, pero no me molesta. La casa está rodeada de árboles, y observo los gruesos troncos y el bosque a lo lejos, el suelo oscuro bajo las copas de los árboles. De repente me apetece mucho caminar. Apuesto a que puedes recorrer aquel bosque durante horas sin ver u oír a nadie.
La plataforma de madera que hay fuera es enorme, casi tan grande como el interior de la casa, con un saliente dándole sombra a la mitad del espacio y mecedoras de madera y hamacas adornando el lugar. Hay un par de camionetas al frente y luego el terreno desciende hacia un vasto bosque, con el pueblo visible en la distancia.
O al menos eso creo que es. El camino empedrado que llega hasta la propiedad viene de esa dirección. No he visto la parte trasera de la casa aún, pero imagino que no haría más que internarte aún más en el bosque.
Mirando hacia la derecha, veo a Jake caminar por la entrada y detenerse frente a las escaleras. Ha vuelto a ponerse su camiseta.
—¿Sabes montar? —pregunta.
¿A caballo, o…?
Asiento, suponiendo que a eso se refiere.
—¿Sabes disparar?
Sacudo la cabeza.
—¿Sabes responder con algo que no sean asentimientos y oraciones de una palabra?
Lo observo. Estoy acostumbrada a esa pregunta.
Cuando no respondo, simplemente suelta una risa, sacude la cabeza, y hace una seña para que lo siga.
Bajo de la plataforma y me paseo por el pequeño y no demasiado verde patio, lleno de barro y charcos esporádicos. El rocío que cubre la hierba, demasiado alta, moja los bordes de mis pantalones y la parte superior de mis pies, expuestos en mis bailarinas turquesas, mientras lo sigo hasta el granero. La madera marrón está agrietada y comenzando a pudrirse cerca de la base, y alzo la vista, viendo la puerta de heno abierta cerca del techo del granero, pero las puertas principales abajo cerradas. Antes de que lleguemos a la entrada, Jake se desvía a la izquierda y abre la puerta de una estructura más baja pegada al granero, y lo sigo, franqueando la entrada e inmediatamente sintiendo el familiar olor a animales. Es un establo.
Se dirige hacia la tercera casilla y yo me quedo un poco más atrás cuando la abre, dejando salir a una yegua marrón con algunas marcas de pintura en el hocico y en las piernas, de las rodillas a las pezuñas. Ya tiene una silla sobre la espalda y bajo la vista hacia mis zapatos bajos, bañados de barro alrededor de la suela. Tengo zapatillas en mi habitación, pero si me quedo voy a tener que comprar algunas botas de trabajo en el pueblo.
Y pronto.
Tomando las riendas, Jake guía al caballo fuera del establo, y yo los sigo, viendo a Noah acercarse a nosotros y lanzar un par de palas en una pila al lado del granero.
—Ay, Dios, ¿estás bien? —suelta, mirándome con preocupación—. ¿Hubo un ataque de un animal y no me enteré?
¿Qué?
Y entonces lo veo bajar su desconcertada mirada y la sigo, viendo las roturas intencionales de mis vaqueros ajustados de diseño, que el asistente de compras personal de mi familia puso en mi armario hace unas semanas. Partes de mis muslos asoman del material oscuro, y Jake suelta una risa por lo bajo mientras alzo la vista para ver una sonrisa ladina en el rostro petulante de Noah.
Tenso la mandíbula y desvío la vista.
Me está provocando. Y no estoy de humor.
Por supuesto, no he estado de humor en años, así que supongo que esto es simplemente quien soy.
Acomodo mi cabello tras mis orejas, y Noah eventualmente se va, con los labios apretados, intentando contener la risa.
—Tiernan —me llama Jake.
Me dirijo hacia donde está mi tío, de pie al otro lado del caballo, y lo sigo cuando alza el estribo en mi dirección. Estirándome un poco hacia arriba, tomo las riendas con una mano y me sostengo sobre la silla con la otra, deslizando mi pie izquierdo dentro del estribo. Impulsándome hacia arriba, paso una pierna hacia el otro lado hasta estar sentada sobre el caballo, y acomodo mi otro pie dentro del estribo derecho. Es perfecto para mí. No necesito que ajuste nada. No le he preguntado aun qué haremos o adónde iremos porque sé que, al final, no importa. No voy a discutir.
Echo una mirada a mi alrededor, buscando su caballo, pero entonces, de repente, Jake se está impulsando hacia arriba y dejándose caer sobre el caballo detrás de mí.
¿Qué está haciendo?
—Dije que sé montar —le digo.
A pesar de eso, estira los brazos frente a mí y toma las riendas, obligándome a soltarlas. Sostengo el cuerno de la silla de montar con ambas manos, intentando ocupar el menor lugar posible, porque está muy cerca, y estoy prácticamente en su regazo.
Mi corazón comienza a latir con un poco más de fuerza mientras siento la irritación comenzando a abrirse paso bajo mi piel.
—No necesito ayuda —le digo.
Jake se limita a chasquear la lengua e incita al caballo a moverse, provocando que comencemos a alejarnos del granero. Rodeamos la cerca de madera y galopamos hacia el bosque. El caballo comienza a ascender la colina empinada, dejándonos bajo la sombra de los árboles, y sostengo el cuerno con más fuerza para evitar caer hacia atrás.
Pero, por más que lo intente, aun siento su cuerpo detrás del mío. El día comienza a oscurecerse a medida que los árboles cubren más y más la luz del sol, y el aire se vuelve más frío, pero siento algo agradable retorciéndose dentro de mí ante la sensación del animal meciéndose bajo mi cuerpo. Sus músculos moviéndose contra mis piernas mientras nos hace ascender por la colina. Mi pulso se acelera un poco, pero no es una sensación desagradable. Es hasta refrescante, de hecho. Jake es una presencia sólida detrás de mí, y me siento segura. De momento.
—¿Estás incómoda? —pregunta.
Su voz vibra contra mi espalda.
Pero no respondo.
—¿Estás incómoda? —repite, presionándome.
Aun así me mantengo callada. ¿Qué importa, de cualquier manera? Se impuso allí a pesar de mis protestas. ¿Importaría si estuviera incómoda con él sobre el caballo?
No le importa. Solamente quiere sacarme una respuesta.
Siento su suspiro contra mi oreja.
—Sí, tu padre también me hacía enojar sin decir mucho.
Pero no puedo oírlo. Sus piernas descansan contra cada centímetro de las mías mientras estoy allí sentada, entre sus muslos.
Cálida. Protegida.
¿Estás incómoda?
No lo sé, pero soy consciente de que probablemente debería estarlo. Esto es raro. No deberíamos estar así sentados.
Continuamos ascendiendo la colina, con las rocas y la tierra alzándose bajo el caballo, y miro a mi alrededor, viendo la casa detrás de nosotros, más abajo. El terreno se nivela y Jake hace que el caballo avance un poco más rápido mientras yo me relajo en su agarre, con ambos balanceándonos sobre la silla de montar.
Oigo a Jake soltar aire un par de veces, como si tuviera algo en la cara, y luego siento a sus dedos entrar en contacto con mi cuello. Me tenso, el contacto haciéndome estremecer.
—Hazme un favor, ¿sí? —dice, mientras suelta mi cabello sobre mi hombro derecho—. Mantén tu cabello atado tanto como puedas. Tenemos muchas máquinas en las que puede engancharse.
Me encargo de ello, alisando mi cabello sobre mi hombro y quitándoselo de la cara.
Nos detenemos en la cima de la colina.
—La torre de agua, el granero, el taller… —dice, señalando mientras miramos su propiedad desde allí arriba—. También hay un invernadero sobre esa colina.
Sigo su mirada hacia donde la casa se encuentra entre los árboles, debajo de nosotros, teniendo una vista bastante decente de toda la hacienda. La casa está situada felizmente en el centro, con su parte trasera de cara a nosotros, con un garaje unido a ella a su izquierda (o el taller, al que supongo que se refería), y luego el granero al otro lado. A la derecha hay una torre de agua. La colina rocosa sobre la que nos encontramos está detrás de la casa, e imagino que hay un tanque de propano y un generador en algún lugar de la propiedad.
Las hojas danzan en la briza de la mañana, y algo aletea a mi derecha mientras un sonido constante y suave suena en la distancia. ¿Agua, tal vez?
Jake nos aleja del borde y seguimos avanzando, alejándonos aún más de la casa e internándonos más en el bosque, y cuando bajo la mirada veo sus dedos rodeando cada una de las correas de las riendas, casi apoyando las manos sobre mis muslos. Sus brazos rodean mi cuerpo y, a pesar de que la mañana es fresca, no siento el frío.
—No puedes subir con una camioneta, pero los caballos y los cuatriciclos funcionan bien —me dice—. Haz que Noah te enseñe a conducir uno de esos antes de usarlos, ¿está bien?
Asiento. Fui a un campamento de deportes extremos un verano, pero imagino que aun así querrá que su hijo me enseñe antes.
Seguimos avanzando y, a pesar de que tengo un poco de hambre luego de no haber comido por tanto tiempo, y me apetece mucho otro café, porque siento los párpados pesados ante el relajante vaivén de montar a caballo, no digo nada al respecto. No estoy pensando en nada en absoluto mientras estoy aquí, y es agradable.
Cierro los ojos.
Pero después de un momento el sonido de agua corriendo se vuelve más fuerte y el caballo se detiene. Abro los ojos, viendo que estamos al borde de un acantilado. Echo un vistazo a lo lejos.
La cima.
Mi corazón golpea contra mi pecho, y se me corta la respiración un momento mientras observo la vista, totalmente despejada.
Dios mío.
Un valle estrecho corre por debajo de nosotros, entre dos montañas, con una larga cascada cayendo sobre una de ellas hasta llegar al río. Entre las dos montañas, en la distancia, se encuentra la cumbre. Roca gris oscura, rodeada de verde. Es hermoso. —¿Te gusta?
—pregunta Jake.
Asiento.
—¿Te gusta? —vuelve a preguntar, con un tono severo, y sé que quiere que hable.
Me limito a seguir mirando hacia delante, apenas siendo capaz de susurrar.
—Me encanta.
—Puedes venir tanto como quieras, ahora que sabes cómo.
—Lo siento moverse detrás de mí, y la silla lo hace con él—. Pero debes tener protección cuando salgas de la casa, ¿está bien?
Asiento nuevamente, apenas oyéndolo mientras observo la vista.
Pero me toma de la barbilla y gira mi cabeza para que lo mire.
—Es muy importante que lo hagas —insiste—. ¿Comprendes? Esto no es LA. Ni siquiera es Denver. Tenemos osos negros, pumas, coyotes, alguna que otra serpiente de cascabel… Tienes que mantener los ojos abiertos. Ahora estás en su territorio.
Me suelto de su agarre y vuelvo a mirar hacia adelante, pero entonces lo veo sacar algo de detrás de mí y desvío nuevamente la vista de la cima para ver que está sosteniendo una pistola.
O un rifle.
Abriendo la recámara, me muestra las balas, largas y afiladas, y luego tira del seguro, poniendo dentro una bala y asegurándose de que lo esté mirando mientras lo hace.
—¿Ves el puente de cuerda roto que cuelga ahí?
Echo un vistazo sobre el río, viendo los restos de un puente de cuerda y madera colgando de la pared de roca.
Dios. Mi corazón da un salto, estudiando la larga caída. ¿Funcionó ese puente en algún momento?
Pone el rifle en mis manos.
—Apúntale a eso.
Sostengo el arma de fuego, con el cañón de acero rodeado por un revestimiento de madera oscura, y me siento ligeramente agradecida. Al menos no quiere hablar.
¿Le disparó a ese ciervo con esto?
Suelto una exhalación.
No creo. Es un hombre de montaña, seguramente tiene todo un gabinete lleno de estas.
Después de vacilar un momento, finalmente alzo el rifle, posicionando la culata sobre mi hombro y rodeando el seguro con la mano, con el dedo en el gatillo. Cierro mi ojo izquierdo, mirando la boca del arma.
—Bien —me dice—. Ahora, calma tu respiración. La bala ya está compartimentada, así que simplemente concéntrate en la mira, alinea el disparo…
Aprieto el gatillo, con la bala saliendo disparada del cañón, resonando en el aire, y un pum se oye contra la roca de piedra del lado contrario, alzando polvo y cortando uno de los tablones del puente por la mitad. Ambas partes caen y quedan colgando de sus respectivas cuerdas contra el acantilado.
Una briza hace ondear un poco mi cabello y bajo el rifle, abriendo ambos ojos mientras el estruendo del disparo desaparece en la distancia y el sonido pacífico de la cascada vuelve a llenar el aire.
Jake sigue sentado detrás de mí, muy quieto, y le devuelvo el arma para regresar mi atención a la cumbre, viendo cómo alguna especie de pájaro grande pasa por al lado de mi línea de visión.
Se aclara la garganta.
—Bueno… Iba a sugerirles a los chicos que vaciaran un par de botellas de cerveza para que las usaras hoy por la noche, pero… parece que no necesitas práctica. Pensé que habías dicho que no sabías disparar.
—No sé disparar a animales —le digo—. Pensé que era eso lo que preguntabas.
La cima es enorme. Pero está muy cerca. Es un sentimiento extraño, que algo tan grande te recuerde que eres pequeñísimo, pero también que eres parte de un mundo lleno de cosas magníficas. Es algo increíble de ver, y de reaprender, todos los días.
Jake desmonta y me relajo sobre la silla, aún cálida por su cuerpo.
—Voy a revisar algunas trampas, así que volveré caminando —dice.
Bajo la vista, encontrándome con su mirada mientras tomo las riendas.
—Comienza a preparar el desayuno cuando llegues a la casa —me dice—. Luego de desensillar al caballo, por supuesto.
Entrecierro los ojos sin pensarlo. ¿Cocinar?
No tengo ningún problema con ayudar, ¿pero por qué eso?
Desvío la vista.
—Echaré una mano, pero no voy a quedarme en la cocina. —No estoy segura de si mi problema es con cocinar en sí, o con que sea eso lo que quiere que haga.
Poner a la chica en la cocina, porque por supuesto que no sabe montar a caballo o disparar, ¿cierto?
—¿Sabes cómo ocuparte de los cultivos, entonces? —pregunta.
Enderezo la espalda, sabiendo adónde quiere llegar.
—¿Desmalezar, regar, fertilizar? —prosigue—. ¿Airear la tierra? ¿Plantar? ¿Sabes cómo preparar las cosas para almacenar los cultivos para alimentar a los caballos y el ganado en invierno?
Sigo sin mirarlo.
—¿Ordeñar vacas? —continúa, divertido—. ¿Entrenar caballos? ¿Usar una motosierra? ¿Despellejar un ciervo?
Sí, está bien.
—¿Enlatar frutas y vegetales? ¿Conducir un tractor? ¿Construir una motocicleta desde cero?
Tenso la mandíbula, pero no respondo.
—Entonces tendrás que preparar el desayuno —trina—. Todos hacemos nuestra parte, Tiernan. Si quieres comer.
Haré mi parte y un poco más, pero podría preguntar en vez de dar órdenes.
Giro la cabeza hacia él de nuevo.
—No eres mi padre, ¿lo sabes? Vine aquí por decisión propia, y puedo irme cuando quiera.
Pero en vez de alejarse o ignorarme, veo una chispa de malicia brillarle en los ojos, y sonríe.
—Tal vez —se mofa—. O tal vez decida que un tiempo aquí te serviría y que no puedes irte después de todo.
El corazón comienza a latirme con más fuerza.
—Al menos hasta que te vea reír —añade—. O gritar o llorar o discutir o bromear, y todo eso usando más que asentimientos y respuestas de una palabra.
Lo observo, y siento mis ojos arder de rabia.
Alza una ceja.
—Tal vez decida honrar los deseos de tus padres y hacer que te quedes aquí hasta que seas mayor de edad.
—Seré “mayor de edad” dentro de diez semanas.
—Estaremos atrapados por la nieve en ocho. —Y entonces suelta una risa, alejándose de mí.
Siento el fantasma de un gruñido en mis labios.
—Deja que se queme el tocino, Tiernan —instruye mientras se va—. Así nos gusta.