1- Nuevos vecinos
ANDREA
Recuerdo la primera vez que vi a Seth Dixon. Yo tenía diez años y estaba sentada en mi porche esperando ansiosamente la llegada de nuestros nuevos vecinos. En el pequeño pueblo de Country Side sucedía muy poco, por lo que la llegada de una nueva familia era una gran noticia, al menos a mis ojos.
Recuerdo contener la respiración mientras veía al niño de cabello desordenado, de aproximadamente mi edad, salir de un Mustang rojo estacionado en la calle. El miró hacia su nueva casa antes de que se inclinara dentro del auto y sacara una bolsa, colocándola sobre su hombro mientras seguía a su madre al interior.
Siendo una niña curiosa de diez años, decidí obtener una mejor vista. Saltando del porche, agarré mi bicicleta que estaba apoyada contra un árbol en nuestro patio delantero y la empuje hacia la calle. Subiendo, di vueltas en círculos entre su casa y la mía durante unos buenos veinte minutos, esperando a que saliera de nuevo.
Después de un tiempo, la novedad desapareció y cabalgué hasta el final del callejón donde vivía mi mejor amiga Elie. Ella era la única otra chica de mi edad en el vecindario y aunque juramos que seriamos mejores amigas para siempre, más tarde me enteraría que nuestra amistad fue simplemente producto de las circunstancias.
Vivíamos cerca la una de la otra, pero estábamos a mundos de distancia. Yo era la niña pobre y regordeta con tres hermanos que lucía prendas usadas en su mayoría infantiles porque mi mamá no podía permitirse el lujo de comprarme ropa nueva. Ella, por otro lado, vestía la última moda, vivía en una casa nueva que construyeron sus padres y era mucho más bonita que yo, o al menos así me sentí siempre.
Por suerte para mi ese día ella no estaba en casa. Porque si lo hubiera estado, no habría regresado en bicicleta por ese callejón para encontrar a Seth dando vueltas con su bicicleta en el centro de la carretera de la misma manera que yo había estado momentos antes.
Cuando me vio venir, se detuvo, pero permaneció firmemente plantado en su bicicleta. Me detuve justo a su lado y recuerdo la conversación como si hubiera sido ayer.
—¿Eres el chico nuevo? — Mis primeras y épicas palabras.
—¿Eres la vecina? — Bromeó, inclinando la cabeza hacia un lado con una sonrisa juguetona. Creo que fue allí donde me enamore de él, en ese momento, sus ojos claros, hoyuelos profundos y cabello castaño desordenado me conquistaron en cuestión de segundos. Por supuesto, pasarían años antes de que me diera cuenta de cuanto pesaba ese momento en mi corazón.
—Andrea— Extendí mi mano sin dudarlo. Estaba lejos de la timidez. En todo caso, probablemente era un poco desagradable.
—Seth— Me estrechó la mano, su sonrisa todavía firme en su lugar.
—¿Quieres pasear un rato? — pregunté, colocando mi pie derecho en el pedal mientras equilibraba la bicicleta con el izquierdo.
—Claro— Se encogió de hombros e imitó mis acciones, poniendo un pie en el pedal y equilibrándose con el otro. Dicho esto, nos alejamos y comenzamos a caminar por el vecindario uno al lado del otro.
Country Side era la definición de una ciudad pequeña. Cuatro callejones que se cruzaban conectaban el único barrio real de la ciudad. Algunas de las casas que bordeaban las calles eran viejas y se estaban cayendo a pedazos, como en la que yo vivía. Otras, como la de Elie y Seth eran mucho más grandes y bonitas. El resto de las viviendas del pueblo eran casas de campo y estaban mas alejadas. Country Side solo tenía una tienda de la esquina, un bar restaurante familiar, una iglesia y una oficina de correos, lo que dejaba muy poco que hacer para los niños de nuestra edad.
Pasaba mis días yendo a la escuela, que estaba ubicada a veinte minutos del pueblo; andar en bicicleta, caminar por las vías del tren que atravesaban la ciudad y cazar cangrejos y renacuajos en el arroyo que corría detrás de la casa de mi amigo Anthony.
Le conté a Seth todo esto mientras viajábamos, señalando algunas de las casas de mis amigos a lo largo del camino. Aunque al principio estaba un poco retrasado, Seth le tomó alrededor de media hora antes de que comenzara a hablarme como si nos conociéramos de toda la vida.
Me dijo que su familia se mudaba mucho. En los últimos cuatro años había vivido en cuatro pueblos diferentes, todos en Illinois. Como alguien que había vivido en el mismo lugar toda su vida, en cierto modo lo envidiaba. Me habló de una hermana mayor a la que nunca vio, de un padrastro que no parecía gustarle mucho y que le encantaba ver futbol; algo que teníamos en común, aunque apoyamos a equipos diferentes. El a los Raiders y yo a los Bears. No era la misma división por lo que nunca hubo demasiada competencia entre nosotros.
Al final de ese día habíamos aprendido el uno del otro y mientras el tiraba de su bicicleta en su camino de entrada y me miró con esa sonrisa llena de hoyuelos plasmada en su rostro, supe que seriamos amigos para siempre. Y lo fuimos, al menos en lo que respecta a las amistades infantiles.
Después del primer día, éramos inseparables. No le preste atención al hecho de que yo no usaba el tipo de ropa que usaban todos los chicos geniales de la escuela, incluido el. No se burló de mi por ser un poco gordita ni una vez me hizo sentir mal por ser pobre. Me abrazó, me hizo sentir deseada por primera vez en mi vida.
Siendo una de cuatro hijos con una madre que trabajaba dieciséis horas al día y casi nunca estaba en casa, había luchado durante mucho tiempo por encontrar a donde pertenecía. Sabía que lo hacía por nosotros, pero para una niña de diez años, todo lo que quería era un poco de su tiempo. Para empezar, ella no era una persona demasiado afectuosa, así que cuando le sumabas sus largas horas y su necesidad de dormir, a veces sentía como si no tuviera una madre en absoluto.
Seth, por otro lado, me dió un sentido de propósito, un sentido de pertenencia. Lo amaba como si fuera de mi familia hasta que ese amor comenzó a transformarse en algo un poco más complicado.
Es curioso lo corto que resulta ser el para siempre. Porque como todos los niños, empezamos a crecer. Todavía éramos muy cercanos y durante la secundaria, veíamos partidos de futbol los domingos y caminábamos por las vías del tren para quejarnos de como todo apestaba. Porque, quiero decir, éramos adolescentes en ese momento y realmente apestaba.
Fue entonces cuando las cosas realmente empezaron a cambiar para mí. Siempre había pensado que Seth era lindo, pero cuanto mayor se hacía mas, ya no era solo lindo, era hermoso. Todavía lucía el mismo cabello desordenado y sus ojos claros todavía brillaban cuando no tramaba nada bueno, pero había crecido, sus hoyuelos ya no ocupaban todo su rostro y su cuerpo estaba cambiando. Su cuerpo que alguna vez fue delgado había comenzado a llenarse, y juro que creció casi un pie entero el verano anterior a nuestro primer año.
Entonces supe que estaba enamorada de él, pero también supe que nunca tendría el valor de decírselo. Era popular, guapo y siempre tenía chicas en su casillero. Yo era la niña que vestía ropa vieja y andrajosa y hacia lo mejor que podía para desaparecer entre la multitud. No había nada especial en mí. Pero él era especial. Sabía que él nunca me amaría como yo lo amaba.
No fue hasta la mitad de nuestro primer año de secundaria que las cosas entre nosotros realmente comenzaron a cambiar. Sucedió un día durante las vacaciones de invierno. Seth, Elie, Anthony y yo caminábamos hasta la propiedad de los Miller. Tenían una colina enorme que era el mejor lugar para andar en trineo cuando nevaba mucho. La señora Miller siempre hacia chocolate caliente. Ella y el señor Miller nunca tuvieron hijos, aunque sospechaba que ellos querían tenerlos, pero por alguna razón nunca lo hicieron. Dieron la bienvenida a todos los niños del vecindario y la mayoría de los días se sentaban en su porche trasero y nos veían andar en trineo. Algunos de mis recuerdos más preciados de la infancia los pase en esa colina.
Había unos quince niños que había aparecido. Además de mis tres amigos que habían venido conmigo, también terminaron mis dos hermanos menores y algunos de sus amigos.
Tobie era mi hermano mayor. Era un estudiante de último año y demasiado genial para pasar el rato con nosotros. Daniel era dos años menor que yo y probablemente el niño más dulce que jamás hayas conocido. Y luego estaba Thomas, dos años por debajo de Daniel, era el más joven y el más grande creador de problemas de nosotros cuatro, sin miedo a nada.
Debido a esto, pase más tiempo vigilándolo que paseando en trineo con mis amigos. Después de todo, el solo tenía once años y era muy propenso a lesionarse dado que no le tenía miedo a nada.
Los niños finalmente regresaron a casa un par de horas más tarde y pude reunirme con mis amigos que estaban sentados en sus trineos al final de la colina hablando. Y fue entonces cuando lo vi: el brazo de Seth estirado detrás del mientras se recostaba en su trineo de madera, la mano de Elie metida dentro de la suya. Caminé cuesta abajo por la ladera de la colina, sin querer deslizarme hacia abajo y llamar la atención. Cuando más me acercaba más fuerte era mi pisotón retorcido. Definitivamente estaban tomados de la mano.
Evité deliberadamente hacer contacto visual con Seth cuando llegué al grupo, pero no me perdí la forma en que retiró su mano en el momento en que me vio. Entonces, mis dos mejores amigos no solo estaban saliendo, sino que se esforzaban por mantenerlo en secreto para mí. O al menos Seth lo hacía.
La traición que sentí se anudo muy dentro de mí y por primera vez en mi vida entendí lo que significaban los verdaderos celos. Odie a Elie en ese momento. Odiaba su abrigo de diseñador y su elegante conjunto de sombrero y guantes. Odiaba la ligera curva en su diente frontal que apenas se notaba, y la forma en que su boca se elevaba hacia un lado cuando sonreía. Mentalmente empecé a destrozarla porque nadie era lo suficientemente buena para mi Seth, especialmente ella.
Dando alguna tonta excusa para irme, no podía recordar un momento en el que deseara tanto escapar de un situación. subí esa colina como si alguien hubiera encendido fuego debajo de mí, sin mirar hacia atrás ni una sola vez mientras hacia el viaje de dos millas a casa sola. Las lágrimas brotaron de mis ojos y se enfriaron en mi rostro, pero no hice ningún intento por limpiarlas. Era tanto mi coraje, mi dolor que no me importaba que se me congelara la cara.