ANDREA. Estoy riendo. Riendo tan fuerte que me duelen los músculos del estómago. Y luego grito de alegría, el viento frío en mi cara casi me deja sin aliento. Y entonces él está allí, como siempre solía estar, ayudándome a bajar del trineo y quitándome la nieve del pelo. Y lo siento. Dios, lo siento tan fuerte. Ese entusiasmo. Esa chispa que siempre ha estado ahí. Es más fuerte aquí, más reconocible. Supongo que tal vez sea por los vínculos que compartimos con este lugar. Los recuerdos que tenemos aquí. Es una parte tan importante de nuestra infancia que no es de extrañar que evoque sentimientos tan fuertes en mí, llevándolos a todos a la superficie de mi piel, que de otro modo seria fría. —¿Quieres ir de nuevo? — pregunta, la expresión de su rostro es suficiente para hacerme perder las

