—Samantha. Di un paso atrás para alejarme de Catalina de un modo que sugería que me había dado una bofetada en toda la cara. Casi de inmediato las palmas de mis manos empezaron a sudar y una sensación de pavor se apoderó de mi cuerpo. Tranquilízate. —Puede que hayas cambiado de aspecto y que tu cara haya cambiado, pero tus ojos...—, se mofó Catalina con voz áspera. —No puedes fingirlos—, dijo mirándome fijamente y yo ladeé ligeramente la cabeza. —Perdona, ¿quién?— pregunté mirándola inocentemente mientras ponía una expresión sarcástica y exageradamente confusa en mi cara. Era evidente que estaba fingiendo. Ella lo sabía. Yo lo sabía. Joder, el conserje que fregaba las baldosas lo sabía. —No te hagas la tonta conmigo. Has cambiado. Prácticamente puedo olerlo—, dijo con una mueca

