SÉ QUIEN ERES

1945 Palabras
—¿Qué te hizo Rowan?— preguntó de repente Quinton mientras me miraba interrogante. Desvié la mirada y me retorcí en el asiento. Aún no estaba preparada para ponerme en plan colega con ellos dos. —Prefiero no decirlo—, dije mientras me acercaba a las ventanas de cristal y miraba la ajetreada ciudad. Varios coches pasaban mientras yo los miraba. El despacho de Alexander tenía unas vistas preciosas y sentí una punzada de celos. —¡Oh, vamos! ¿No vamos a derribarlo juntos? Cuéntanoslo—, insistió Quinton y yo les di la espalda. —Quinton—, dijo Alexander con firmeza en la voz, logrando silenciar a Quinton. —Olvida que te lo he preguntado—, dijo Quinton en un tono suave y me giré a tiempo para ver su pequeña sonrisa mientras le dedicaba una breve inclinación de cabeza. Hubo un silencio entre nosotros durante unos instantes. Todos nos miramos esperando a que el otro hablara. —Sucedió en la universidad—, inquirió Quinton de repente y yo lo miré confundida mientras cruzaba los brazos sobre el pecho. —¿Qué pasó?— pregunté mientras me apoyaba en la ventana de cristal. —Pasó Rowan—, gritó Alexander mientras se pasaba una mano por el pelo oscuro y se echaba hacia atrás. —Compartíamos dormitorio. En realidad éramos amigos—, continuó Quinton, y yo enarqué una ceja. —Él provocó un incendio en la residencia. Se extendió—, dijo con una pequeña pausa. —Cuatro personas sufrieron quemaduras graves y, como siempre, le echó la culpa a otra persona. A mí, para ser exactos—, se señaló el pecho. Quinton dejó de hablar y suspiró mientras se frotaba las sienes. —Básicamente las cosas a partir de ahí se liaron un poco—, afirmó y se encogió de hombros. Lo hizo parecer como si nada, pero pude ver la ira ardiendo en sus ojos. —Aunque lo que le hizo a Alexander es mucho peor. La cabeza de Alexander se dirigió a la de Quinton y le lanzó una mirada mortal, apretando la mandíbula. Quinton se disculpó en voz baja y desvió su mirada hacia la mía. Miré a Alexander y le miré con curiosidad. —¿Qué te ha hecho?—. No pude evitar preguntar mientras ladeaba la cabeza. —¿Qué te ha hecho?— Alexander imitó y yo puse los ojos en blanco. —No eres la única que no está preparada para explicarlo—, sonrió Alexander mientras se inclinaba hacia delante y apoyaba los codos en el escritorio. —Entonces tendré que esperar—, me encogí de hombros y le sonreí. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos y se me cortó la respiración. Tenía un efecto sobre mí incluso cuando estaba a varios metros de mí. —No te preocupes. No tendrás que esperar mucho—, bramó Alexander con la sonrisa intacta. Le enarqué una ceja. Estaba segura de que estábamos hablando de otro tema. —Flirtea en otro momento, ¿quieres? Voy a salir—, dijo Quinton mientras se ponía de pie. —Jefe—, dijo Quinton mientras asentía con la cabeza. —Victoria—, continuó mientras se acercaba a mí y me daba un dulce beso en la mejilla. Luego se dirigió a la puerta y se fue. Ahora sólo quedábamos Alexander y yo. —Deberías irte a casa a descansar. Mañana tienes que enfrentarte a Rowan en el trabajo, vas a necesitar toda la energía que puedas—, dijo Alexander con una sonrisa divertida. —Tienes razón—, dije asintiendo con la cabeza mientras me dirigía con elegancia hacia la puerta, con los ojos de Alexander siguiéndome. —Te mantendré informado. Con una última sonrisa, abrí la puerta y salí. Suspiré de felicidad al pensar en mi cómoda cama esperándome en casa. Una vez fuera del edificio y cerca de mi coche, algo llamó mi atención por el rabillo del ojo. Escondido detrás de mi vehículo observé a un hombre que apretaba su cuerpo contra una mujer en el coche de al lado. Me agaché y miré a través de la ventanilla mientras me fijaba inmediatamente en la mujer a la que abrazaba. Catalina. —¿Por qué no podemos estar juntos?— susurró el hombre. —Ya sabes por qué—, respondió Catalina mientras besaba el cuello del hombre haciéndole gemir. —Tú trabajas para Celeste y yo para Williams—, continuó con una sonrisa triste mientras le acariciaba la mejilla. Mis manos se dirigieron automáticamente a mi bolso y saqué mi teléfono. Enfoqué la cámara y tomé tres fotos rápidas de Catalina acariciando y besando al hombre. —¿Y? ¡Los dos tenemos el dinero, podemos huir!—, dijo el hombre en un áspero susurro, sus brillantes ojos azules mirándola con desesperación. —¿Sabes quién es mi prometido? Max nos matará a los dos. Tengo que irme—, suspiró Catalina y se apartó. —¡Catalina, espera! Catalina ignoró las súplicas del hombre y su cabello oscuro ondeó al viento mientras se alejaba a toda prisa. La escena parecía una trágica historia de amor. Abrí la puerta de un tirón y me deslicé hasta el asiento del conductor con las manos aferradas al volante y una amplia sonrisa en el rostro. —Catalina, Catalina, Catalina—, arrullé mientras la observaba a través del espejo retrovisor con una sonrisa sádica. —No deberías haber hecho eso. Bajé la vista a la pantalla de mi teléfono y mi sonrisa se ensanchó al ver las fotos. Esto iba a ser divertido. * Era de mañana una vez más y suspiré por lo rápido que pasa el tiempo. Me encontraba en Industrias Williams y me dirigía al despacho de Rowan, que me había pedido que conociera a los copropietarios de la empresa. Hoy llevaba unos leggings ajustados de cuero n***o y una blusa blanca por dentro. Llevaba un par de tacones de color nude que golpeaban el suelo de mármol como siempre. Acababa de salir del ascensor y me dirigía al despacho de Rowan. Cuando aparecí ante la gran puerta oí unas voces en el interior. Acerqué un lado de la cabeza a la puerta y me tapé la oreja. —...Realmente me gusta esta. —Y también es rica... podríamos... Me eché hacia atrás y resoplé molesta. La barrera que nos separaba no permitía que las voces se oyeran con claridad, para mi desgracia. Me enderecé rápidamente, esbocé una sonrisa perezosa y saqué pecho. Levanté la mano y golpeé la puerta dos veces, el ruido resonó en los silenciosos pasillos. La puerta se abrió de golpe y me recibió Rowan, que sonrió con satisfacción mientras recorría mi cuerpo con la mirada. —Victoria, pasa—, susurró mientras se inclinaba cerca de mi oreja y rozaba sus labios con ella. Le sonreí y entré en el blanco despacho. Enseguida me fijé en las dos figuras que había en la habitación. Catalina estaba apoyada en el escritorio de cristal de Rowan con las piernas cruzadas. Enroscaba un mechón de pelo oscuro en el dedo y Max estaba de pie cerca de ella, dándole besos de mariposa en el cuello. Rowan cerró la puerta y se colocó frente a mí. Sentí que me ponía nerviosa al enfrentarme de nuevo a los tres. —Me gustaría que conocieras a los copropietarios de Industrias Williams—, dijo Rowan mientras me ponía la mano en la espalda. Max se apartó de Catalina y se acercó a mí mientras me cogía la mano y me rozaba ligeramente los nudillos con los labios. —Creo que ya nos conocemos—, dijo con una pequeña sonrisa. —Creo que tenemos a Maxwell—, respondí moviendo las pestañas. —Soy Catalina. Miré a Catalina, que se había acercado a mí. Sus ojos recorrieron mi rostro y ladeó la cabeza. Cuando me ofreció la mano, se la estreché cortésmente y le dediqué una sonrisa que ella no devolvió. —Victoria Silvestre—, respondí con una pequeña sonrisa mientras miraba a Max dedicándole una sonrisa coqueta solo para enfadar a Catalina. Fue entonces cuando recordé a su amante secreto de Industrias Celeste. —Victoria espero que estés cómoda con tu trabajo a medida—. Pregunto Rowan mientras se sentaba detrás de su escritorio con las manos cruzadas apoyadas en la mesa. —Por supuesto, no podría estar más agradecida. Es realmente maravilloso. Maravilloso de verdad. —Me alegro—, sonríe Rowan mientras sus ojos bajan y yo hago lo posible por no darme la vuelta y vomitar sobre su cara alfombra. Rowan abrió la boca para hablar, pero el teléfono que tenía al lado empezó a sonar con fuerza. Con un suspiro audible, se lo llevó a la oreja. —¿Sí?—, dijo bruscamente. Max, Catalina y yo nos quedamos en silencio esperando a que Rowan colgara. Tras varios movimientos de cabeza y “mhms”, por fin colgó el teléfono. —Max, tenemos asuntos que tratar. Ve con Catalina y tráeme los documentos de Prescott. Inmediatamente Max se puso en pie y tenía a Catalina a su lado. Me dedicó una sonrisa antes de salir de la habitación. Casi me sobresalto al sentir un aliento caliente que me abanicaba el cuello. —Ah, Victoria. Te he echado de menos—, susurró la voz de Rowan desde atrás. Sentí su mano posarse en mi cintura y recorrerla lentamente de arriba abajo. —Yo también—, mentí entre dientes mientras me daba la vuelta para mirarle. Rowan me agarró por las caderas y estrechó mi cuerpo contra el suyo mientras me besaba la mandíbula. De repente me sentí enferma y desvié la mirada por la zona mientras rezaba para distraerme. Era como si Dios hubiera aceptado mis plegarias una vez más. En ese momento sonó el teléfono y suspiré aliviada. —Será mejor que lo coja—, le susurré al oído, con lo que esperaba que fuera una voz ronca. Rowan se relamió y retrocedió. —¿Hola? —dije en el auricular con tono inseguro. Con las prisas no había comprobado quién llamaba. —¿Victoria? Necesito que...— La voz familiar de Alexander hizo que mi cuerpo se relajara y su voz tranquilizó mi mente. —Ah, Paul. Sí, hoy me pasaré por el banco—, dije de pronto con voz alegre. Alexander hizo una pausa al otro lado de la línea, probablemente confundido mientras yo me mordía el labio. —¿Está Rowan cerca de ti?—, preguntó, y mis ojos miraron a Rowan, que me observaba atentamente. Me acerqué a él y le pasé los dedos por el pecho para distraerlo. —Mhm—, respondí en el auricular y oí a Alexander suspirar. —Dale una patada en los huevos al cabrón de mi parte. Luego te llamo. Estuve a punto de soltar una carcajada, pero la ahogué rápidamente tosiendo mientras Rowan me miraba con una ceja levantada. Metí el teléfono en el bolso y miré a Rowan con ojos tristes. —Tengo que ir a ocuparme de unas cosas. ¿Puedo pasarme más tarde?—. Pregunté en tono sugerente y los ojos hambrientos de Rowan encontraron los míos. —Que sea rápido. Sin mirar atrás, me apresuré hacia la puerta y salí, cerrándola tras de mí. Apenas había dado unos pasos cuando fui recibida por Catalina, que salió delante de mí. —Hola Catalina yo... —Sé quién eres—, siseó y mis ojos se entrecerraron. —Samantha.
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