Alexander y yo atravesamos las puertas giratorias y entramos en el edificio de su empresa. Me quedé con la boca abierta al contemplar los gloriosos detalles.
Sinceramente, este edificio me parecía mucho más atractivo que el de Rowan. Mientras que el de Rowan era blanco, nacarado y tópico, el edificio de Alexander era más oscuro y misterioso. Incluso las paredes eran de cuero n***o.
Después de nuestra pequeña discusión en el restaurante, acordamos venir aquí e intentar averiguar quién era el infiltrado de Rowan.
Pasamos y la recepcionista nos dedicó una amplia sonrisa.
—Buenas noches, Sr. Celeste y señora.
No pude evitar devolverle la sonrisa. Parecía mucho más educada que la otra recepcionista que había conocido hacía solo unas horas.
Tenía el pelo rojo fuego y unas gafas grandes y cuadradas que le daban un aspecto amable pero profesional.
—Buenas noches, Joanne—, le respondió Alexander con un gesto seco de la cabeza. Al menos tuvo la decencia de saludarla.
A diferencia de otros.
Llegamos a una puerta que Alexander abrió de un tirón. Me asomé al interior y me encontré con una escalera que conducía a la planta baja.
—Oh—, pregunté divertida, —¿No hay ascensores lujosos?—. Dije con una pequeña sonrisa mientras miraba a Alexander.
Alexander me hizo un gesto para que entrara. Empecé a bajar las escaleras, con mis tacones rojos golpeando el cemento.
—Bien, señora Silvestre. Vamos a entrar por detrás—, dijo en tono ligero mientras cerraba la puerta tras nosotros y me seguía de cerca.
Giramos a la izquierda y me encontré con lo que parecía un laboratorio subterráneo.
Aunque, en lugar de vasos de precipitados y tubos de productos químicos, había ordenadores con dígitos recorriendo la escena a toda velocidad. Había papeles esparcidos perezosamente por el suelo y sillas tiradas por todas partes de forma admisible.
—Por aquí—, bramó Alexander mientras me ponía la mano en la espalda.
El corazón me dio un vuelco y sentí que el calor de su mano me ponía nerviosa. Por alguna razón, me sentía como mi antigua yo, Samantha, cerca de él.
Tomamos una curva cerrada y tres hombres se sentaron a reír mientras tecleaban detrás de unos pupitres.
—¡Señor Celeste!—, saludó un hombre mientras se levantaba. Los demás asintieron respetuosamente y su charla desapareció.
—Chicos, haced que Victoria se sienta bienvenida. Es de... Industrias Williams—, dijo Alexander en tono cortante mientras me dedicaba una pequeña sonrisa.
Los tres hombres de la sala me miraron con disgusto. No podía culparlos. Pensaban que yo era uno de los trabajadores de Rowan.
Y técnicamente lo era.
No de buena gana, pensé sombríamente.
—Está aquí simplemente para ampliar sus conocimientos sobre finanzas. Además, amigo mío—, dijo con una pausa, —confío en que la ayudarás.
—Por supuesto, señor—, dijo un hombre de pelo castaño oscuro con una sonrisa tensa.
Alexander se inclinó y su boca se acercó a mi oído.
—Te lo dejo a ti—, dijo en un tono ronco y no pude evitar estremecerme.
Simplemente, asentí y Alexander se apartó. Me dirigió una última mirada y se marchó.
Miré a los tres hombres que me miraban descaradamente. Me aclaré la garganta y esbocé una brillante sonrisa.
—Bueno hola chicos. ¿Alguien dispuesto a ayudar?— Pregunté moviendo las pestañas.
—Nada personal amor, pero un trabajador de Rowan no es bienvenido aquí—, dijo el hombre que parecía más viejo mientras me dedicaba una pequeña sonrisa.
—Está bien. Lo comprendo.
El otro hombre también estuvo de acuerdo y se dirigió al mismo escritorio para coger algunos papeles.
Miré al último hombre, que me miraba con una sonrisa de satisfacción. Me hizo un gesto para que me acercara y le sonreí con los dientes.
—¿Amiga de Rowan?—, preguntó en voz baja.
—Se podría decir que sí—, le dije guiñándole un ojo.
Esto era muy fácil.
—Permítame que le muestre la sala de servidores—, dijo el hombre de pelo claro mientras me hacía señas para que me acercara.
Entramos en una pequeña habitación alejada de los otros dos hombres. Me acerqué increíblemente al hombre y pareció sorprenderse.
—¿No me ha dicho cómo se llama?—. Susurré mientras inclinaba la cabeza hacia el lado en cuestión.
—R-Robert—, tartamudeó, obviamente afectado por el poco espacio que había entre nosotros.
—Dime, ¿tú también eres amigo de Rowan?—. Pregunté mordiéndome el labio mientras Robert respiraba agitadamente.
—¿Qué? No—, dijo demasiado rápido.
Bingo.
—Quiero decir que he oído hablar de él, pero nunca antes—, dijo Robert con una sonrisa forzada.
—Es una pena—, susurré en tono coqueto.
—Estaba deseando tener a alguien más dentro conmigo—, suspiré arrastrando un dedo por su pecho, burlándome de la decepción.
—¿Creía que no permitía a nadie más?—. Murmuró Robert más para sí mismo.
Levanté las cejas y Robert se dio cuenta de su error. Maldijo en voz baja y me dedicó una sonrisa incómoda.
—Q-quiero decir, yo…— tartamudeó y puse mi dedo sobre sus labios silenciándolo.
—Silencio. Está bien, Robert—, ronroneé haciendo que se estremeciera bajo las puntas de mis dedos.
—Estamos del mismo lado.
Sí, claro.
—No me dijo que iba a enviar a otro—, dijo Robert confundido mientras me miraba un poco desconfiado.
Lo empujé contra la pared detrás de él y apreté mi cuerpo contra el suyo, haciendo que su respiración se entrecortara.
—Ya conoces al señor Williams. No le gusta que mucha gente conozca sus planes—, respondí encogiéndome de hombros intentando que no sospechara.
La mirada de Roberts se posó en mis labios y viajó un poco más abajo, su cara se sonrojó de un rojo intenso.
—Tienes razón—, tartamudeó nervioso.
Le dediqué una dulce sonrisa mientras me inclinaba, con los labios cerca de su oreja.
—Dime, ¿quién más trabaja con nosotros?—. Susurré en tono ronco, mordiéndole la oreja.
Robert soltó un pequeño gemido y yo traté de no sonreír.
Hombres. Son todos iguales.
—No puedo decirlo—, susurró Robert mientras nos daba la vuelta y me estampaba contra la pared.
Me atacó el cuello y le empujé hacia atrás haciéndole trastabillar mientras me miraba sorprendido.
Baja la fuerza, Victoria. Estás haciendo el papel de puta barata.
—Me gusta saber con quién trabajo—, ronroneé, acechándole, haciéndole estremecerse.
—Otras dos. Shane y Lydia, eso es todo—, se apresuró a decir Robert con impaciencia mientras me agarraba de las caderas, tirando de mí hacia él.
Tenía el pelo claro y los ojos claros. Parecía unos años mayor que yo y no era muy atractivo. Nada comparado con Alexander.
Ay, Victoria. ¿Por qué lo comparas con Alexander?
—Espera—, espeté mientras le ponía las manos en el pecho, —me gustaría que Rowan no supiera que me cuentas estas cosas—, dije batiendo las pestañas.
Lo último que necesitaba era que se lo contara a Rowan.
Robert se detuvo y me miró con suspicacia.
—¿Por qué no?
—A Rowan no le gusta compartir. Es celoso. Y si le contaras nuestro pequeño encuentro...— Me interrumpí y un destello de terror pasó por los ojos de Robert mientras asentía con la cabeza furiosamente.
—¡Por supuesto!— susurró, probablemente asustado por las consecuencias.
—¡Robert!— gritó una voz desde cerca.
Robert se apartó de mí de un salto y giró sobre sí mismo, fingiendo buscar papeles. Yo me limité a sonreír y a poner los ojos en blanco.
Un hombre diferente apareció por la puerta y enarqué una ceja al ver al rubio familiar.
—¿Qué ocurre, señor? —preguntó Robert mientras fingía encontrar el papel que buscaba.
—Los hombres necesitan tu ayuda con los dígitos—, dijo el rubio, y Robert asintió sin mirarme mientras se marchaba a toda prisa.
Los ojos del rubio se posaron en los míos y se le iluminaron de diversión.
—La amiguita de Rowan. Victoria, ¿no?—, preguntó con una pequeña sonrisa.
—¿Eres Quinton?— Dije con mi propia sonrisa y él asintió.
Lo recordaba de la noche del evento y de cómo había enfadado a Rowan.
—Alexander me pidió que te buscara. Ven—, dijo en un tono más serio.
Asentí con la cabeza y le seguí. Salimos de la habitación y subimos por la familiar escalera. Dando unas cuantas vueltas, Quinton llamó a una puerta y entramos en lo que parecía un despacho.
Alexander estaba sentado detrás de un escritorio y se enderezó al vernos.
—Victoria. ¿Has averiguado quién es?—, preguntó y miré a Quinton, insegura.
—Puedes confiar en él. Desprecia a Rowan tanto como nosotros—, me tranquilizó Alexander, y yo asentí con rigidez.
—Menudo espectáculo has montado—, sonrió Quinton y yo le devolví la sonrisa. Sabía que se refería a la noche del evento.
—Son tres. Robert, Shane y Lydia.
—¿Puedo preguntar, pero, cómo lo has averiguado tan fácilmente?—. Quinton preguntó asombrado y yo abrí la boca para hablar, pero Alexander me apostó a ello.
—Es el arte de la seducción—, dijo Alexander en un tono bajo y no pude evitar estremecerme. Me miró fijamente y sus ojos se volvieron un poco más oscuros.
—El cuerpo de una mujer puede hacer maravillas—, murmuré y miré a Alexander directamente a los ojos mientras él enarcaba una ceja.— Tanto así que hasta el hombre más peligroso puede volverse vulnerable.
—Industrias Williams no sabrá qué le golpeó—, sonrió Quinton mientras se frotaba las manos.
El partido estaba igualado. Era un tres contra tres.