Entré en el gran edificio e inmediatamente me di cuenta de que los rasgos de Alexander destacaban. Era todo un espectáculo y no era tan difícil pasar desapercibido.
Vaya, espera, ¿guapo?
Sacudiendo ligeramente la cabeza, corrí hacia su mesa y me senté en el mini sofá. Alexander me había dicho que nos encontraríamos aquí y no me sorprendió lo más mínimo que fuera otro restaurante rico y lujoso.
Los suelos de mármol estaban relucientes a más no poder y la cubertería pulida a la perfección. La gente sentada a nuestro alrededor reía y bebía su vino con elegancia.
—Victoria—, saludó Alexander en su habitual tono bajo pero masculino.
Abrí la boca para saludar, pero me interrumpió una rubia alegre que apareció junto a nuestra mesa casi de inmediato.
—¿Qué os pongo?— preguntó con una sonrisa brillante, mientras su mirada se centraba solemnemente en Alexander. La camisa le quedaba ajustada y tenía los pechos abultados.
Oh, Dios mío.
—No vamos a pedir—, contestó Alexander bruscamente, sin dedicar una sola mirada a la camarera, con los ojos fijos en los míos.
La miré de reojo para ver cómo se le caía la cara de vergüenza. Se limitó a dirigirme una breve mirada antes de darse la vuelta y marcharse.
—Tengo una reunión a las dos. Hazlo rápido—, ordenó Alexander y golpeó la mesa con los dedos con cara de impaciencia.
Le miré con expresión sorprendida. Sin embargo, sus palabras me enfurecieron y le lancé mi mejor mirada desde debajo de las pestañas.
—Tú querías trabajar conmigo, no al revés, ¿recuerdas?—. Gruñí y Alexander suspiró, asintiendo con la cabeza.
—Tienes razón, Victoria, te pido disculpas. Ahora dime, ¿cuál es el problema?—, dijo en un tono más educado y yo me recosté en el sofá blanco, satisfecha.
Así me gusta más.
Cogí mi bolso del regazo y saqué el papel enrollado que antes había metido allí. Simplemente, había tomado prestados los papeles de Industrias Williams.
Seguro que no hay nada malo en ello.
Dejé los papeles grapados sobre la mesa que nos separaba, crucé los brazos sobre el pecho y me eché hacia atrás para observar a Alexander.
Alexander me miró con una ceja levantada y recogió los papeles con cuidado. Vi cómo sus ojos pasaban de una página a otra.
Sus ojos se ensombrecieron y, de repente, apretó con fuerza el papel mientras sus nudillos se ponían blancos. Automáticamente, me preparé para una reacción.
—¡Son los datos bancarios, los números de crédito y las claves de las empresas Celeste!—. Susurró Alexander con rabia, mientras sus ojos oscuros se clavaban en los míos.
Sacudió la cabeza furiosamente y el pelo oscuro le cayó sobre la frente.
—¿De dónde los has sacado?— preguntó enfadado y me encogí ante el tono de su voz, aunque no podía culparle.
—De la empresa de Rowan—, me limité a preguntar y Alexander soltó un áspero suspiro. Guardó silencio y me rasqué la nuca.
—¿Sabes cuánto dinero falta?—. Pregunté señalando con la cabeza los papeles.
Rowan parecía tener acceso a la cuenta bancaria de la empresa Celeste. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que estaba sacando dinero de la empresa de Alexander.
—No. Mis hombres de finanzas trabajan con eso. Pero siempre puedo comprobarlo—, se interrumpió Alexander.
Sacó el teléfono y tecleó furiosamente.
Aproveché ese momento para admirarle. Su pelo desordenado le sentaba bien y la corbata negra le colgaba del cuello.
Aún no sabía si sus ojos eran de un tono marrón oscuro o avellana.
—Medio millón—, siseó Alexander, apretó la mandíbula y golpeó la mesa con los puños, haciendo temblar los cubiertos.
Recibió algunas miradas curiosas.
—Eh—, dije suavemente mientras ponía la mano sobre su puño hecho una bola.
—Tranquilízate. Rowan no se saldrá con la suya—, dije con toda la delicadeza que pude.
Conocía la furia que sentía Alexander. Yo también fui víctima de los juegos de Rowan y no culpaba a Alexander por enfadarse.
—Cómo no me he dado cuenta, no lo entiendo—, murmuró Alexander mientras se pasaba una mano por el pelo.
—¡Ya está!— bramé mientras levantaba la cabeza para mirar a Alexander.
—Tal vez su empresa estaba al corriente—, dije despacio.
—Quizá alguien estaba al corriente y te lo ocultó—, afirmé y Alexander negó con la cabeza.
—Lo habría sabido, me lo habrían contado—, replicó Alexander negando con la cabeza.
—¿Estás seguro de eso? Dijiste que tus hombres de finanzas se ocupaban de ello. No tú. Si tienes a alguien dentro…—, afirmé señalándome a mí mismo,
—¿Entonces por qué no?
Alexander guardó un silencio sepulcral. Sus ojos se clavaron en los míos y no mostró ninguna emoción.
—¿Cómo sé quién es?— dijo de repente mientras se inclinaba sobre la mesa.
Le sonreí y le dirigí una mirada tranquilizadora.
—Yo me ocuparé de eso.
Ya tenía un plan en mente. Aunque, tendría que ir a las industrias Celeste, que no sería un gran problema, teniendo en cuenta Rowan me dejó salir temprano.
—¿Ajá?— preguntó Alexander, —¿y cómo piensas hacerlo?— mientras me lanzaba una mirada curiosa.
Sonreí coquetamente y le pestañeé. Alexander pareció sorprendido por mi repentino cambio de expresión.
—Oh, Alexander. ¿No has oído hablar del arte de la seducción?