El cielo estaba despejado, contaba con la ausencia de la luna, pues podía exhibir el show que transmitían las estrellas. Agazapado, cerca del brocal de un pozo, admiré las sombras que se arrejuntaban en la profundidad. Me abracé, no aguantaba la cellisca. Tomé una moneda del bolsillo, cerré los ojos con fuerza. «Deseo que nunca haya sucedido», anhelé con el corazón hecho un puño. Una lágrima cayó hacia el abismo, escuché el eco que produjo el impacto. Tiré la moneda, vi como era devorada por las tinieblas. Un deseo lanzado a las fauces de la desesperanza. Caminé, perdido en el espacio. Una lámpara de queroseno brillaba cerca de una garita. El portero, un sexagenario, me miró como quien mira un pobre muchacho en la calle. Asentí, mudo, encasillado en mi pesar. —¿Quiere esperar que escam

