El bate era mi mejor amigo. Me desperté. El sonsonete de una gota, no sé de dónde caía, aturdía mi tímpano. Tenía un bate entre mis piernas, presionaba su material con las manos. Un pozo, un brocal, un agujero, un fondo. El señor Pájaro, es imprescindible decirlo o escribirlo con pe mayúscula, me había traído para salvar a Sabrina Ibuse. ¿Será que estaba en Singapur? Pero no, no estaba en Singapur, pues el aroma de los crisantemos penetró en mi nariz. ¿Dónde estaba exactamente? Un pozo, un brocal, un agujero, un fondo, un bate y yo. —¿Dónde estoy? —pregunté. En el borde del agujero, un perro-gato asomó su cabeza. La iluminación de la luna ayudaba a revelar la mitad de su rostro. —Japón —respondió el perro-gato. —Necesito buscar a mi editora, se llama Sabrina Ibuse. —¡Ah

