La puerta se abrió despacio, sus goznes chirriaron. Vi una oficina estrecha con un escritorio en el centro, una silla de plástico detrás del escritorio, un ventilador color rosa, sin encender, sobre el escritorio, una biblioteca con montones de libros gruesos y un porrón donde había una planta de acetaminofén. A día de hoy, desconozco la función del acetaminofén en la esquina de la oficina. —¿Qué hacemos aquí? —pregunté, tenso por el ambiente lúgubre. —Te daré los libros que debes leer. El hombre-kiwi vendrá por ti en unos minutos —indicó la chica. —Me gustan los kiwis, son aves bonitas. —A mi también me gustan. —¿Puedes soltarme? Dobló su cuello, de nuevo, para verme. Me soltó. Tenía marcado sus dedos en la muñeca. —No escapes o te lanzaré a las escolopendras —amenazó. No

