—¡Hoy es el gran día! —anunció. —Estudié lo suficiente para ser libre. —Ni yo mismo creía la mentira. —¡Debes cumplir con tu promesa! —dijo el hombre-kiwi a la mujer-mariposa-araña. —¡Eso es seguro! —Cerró la puerta. El hombre-kiwi y yo no lo habíamos previsto—. ¿Quién morirá primero? —preguntó, nos daba la espalda. —¿Qué procede? —le pregunté al hombre-kiwi. —No lo sé… —¿Creían que soy Cipriano Castro? ¿Creían que podían derrocarme como a Isaias Medina Angarita? De la historia se aprende, ¿no? Yo soy como Juan Vicente Gómez… ¡Inmortal! —Se giró y sus ojos alternaban de colores como un juego de luces psicodélico—. ¡¿Quién morirá primero?! —gritó. —Yo no —respondí. —Yo tampoco —contestó el hombre-kiwi. —¡Ah! Tan valientes, tan audaces, tan gallardos. ¡Bellacos, despiadados

