Con las manos en el estómago, acostado en la cama, arropado por la penumbra, lloraba desconsolado. La onerosa sensación de haber roto mi realidad, se transformó en el arma que apesadumbró la atmósfera. Rebeca no había llamado. Yo me limité a no responder y alejarme. Quería permanecer en la absoluta calma que la paz de la soledad me transmitía. Entonces, con la imagen perturbada de la sombra de mi amor, caminé hacia la puerta. El caos se había formado, como el tornado de El mago de Oz. Pero a mí no me llevó a ningún sitio, pues continuaba en el lugar donde la devastación era el escenario que mis ojos podían contemplar. Alevosa era la serpiente que reptaba en mi interior, aquella que mordía mis entrañas y esparcía su veneno en la sangre. Pérfida anaconda que me sostenía, amarraba mis brazo

