Entramos a su departamento, sacándonos la ropa lo más rápido que podemos. Me cuelgo a su cuello mientras él avanza bajándome el cierre del vestido. Creo que tiré la corbata en el pasillo. Mi parte racional trata de advertirme que pare, que este hombre aparece y desaparece, que no debiera estar aquí. Pero no quiero irme. No despegamos nuestros labios ni un sólo segundo. Sin aviso, me levanta y me toma por los muslos. Yo colgada a su cuello, con las piernas enrolladas en su cintura, trato de sacarle la camisa. Esperen, ¿Esas son cicatrices? Están por todo su hombro, y las cicatrices bajan por su torso y su brazo… Abre con el pie puerta de la habitación del fondo, me deposita en la cama. Recostado entre mis piernas, su mano derecha me acaricia desde las caderas hacia arriba, mientras

