No...

1504 Palabras
Me dirijo al bar a buscar algo. No hay mucha variedad. Solo Whiskys, de varias marcas que no conozco. Menos Gin. Elijo cualquiera, tomo un vaso y voy a buscar hielo. Con vaso en mano empiezo a pasear por el lugar. A pesar de lo sobrio y los colores oscuros, me gusta. Reparo en una mesa de arrimo con un par de bolas metálicas de decoración. Y sobre ella, en la pared hay nueve cuadros pequeños, todos del mismo tamaño y dispuestos de forma simétrica, tres hacia arriba y tres hacia los lados. Son fotografías en blanco y n***o. En unas está con los que asumo son sus hermanas (el parecido es enorme), unas con unos chicos de su misma edad, en otras con sus padres (supongo, es una pareja mayor con las mismas chicas de la primera foto), y me fijo en una donde aparece él. Sonriente. Se ve mucho menor, junto a una joven apoyada en su hombro, es preciosa. Se ven felices. Tiene la cara algo cuadrada, pelo largo oscuro, ojos claros, creo, pero no alcanzo a distinguir el color. Digo "creo" porque la foto está en blanco y n***o. Muy delgada. Se parece a alguien, pero no sé a quién. El resto son fotos con más gente, asumo que su familia y amigos. Sigo mi recorrido, solo hay otro cuadro abstracto en la pared del frente. Me agrada. Me siento en un sillón grande que da a la terraza. Es muy amplia, hay un juego de mesa con sillas a juego y un sillón columpio para cuatro personas de metal. Una planta enorme a un lado. ¡La vista es hermosa desde un piso veintiuno! Escucho a lo lejos como Peter está hablando por teléfono. No, como grita por teléfono. En alemán. No entiendo lo que dice, pero cada vez alza más la voz. Y eso que la puerta está cerrada. Supongo que es la misma persona con la que discutía en el auto. Suspiro mientras me quedo mirando por el amplio ventanal. Han pasado unos quince minutos y no se ha asomado. Parece que ya cortó la llamada, pues hace un rato no lo escucho hablar. En mi espera, me levanto del sillón, abro el ventanal y empiezo a avanzar por la terraza, con mi whisky. Estoy obsesionada con el cielo de noche y desde aquí, la vista es espectacular. De pronto escucho que sale del que asumo es su estudio, con una cara muy seria, ceño fruncido y la mandíbula apretada a más no poder. Creo que está enojado. Camina directo al bar y se sirve un vaso de whisky. Mucho más de lo que yo me había servido. Se lo toma de un sorbo. Vuelve a llenar su vaso, hasta la mitad esta vez. Rápidamente me devuelvo y me siento lo más quieta que puedo en el sillón. Se gira y desde su posición, apoyado de pie en el bar, suspira. — Perdón, perdona si me escuchaste gritar. No suelo ser así. Ya mandé el documento. Ahora sí estoy libre. — Está bien, entiendo — digo mientras le sonrío. Espero que se haya tranquilizado un poco con el vaso que se acaba de tomar. Camina hacia el sillón donde estoy, se sienta a mi derecha, y se reclina hacia atrás soltando el aire. Se ve muy cansado. — Si quieres, puedo irme y dejarte descansar, podemos vernos otro día… Se incorpora, apoya sus codos en sus rodillas, da un último sorbo a su vaso y lo deja en la mesita de centro. — No… — Y acto seguido, se gira y se lanza sobre mí. Me besa, agarra con una mano mi cintura, con la otra mi cara y de a poco empieza a empujarme hacia atrás, acostándome en el sillón. Me fascina como me toca. Mi cabeza queda en blanco, concentrada sólo en él. Me cuelgo a su cuello, acaricio su cabello, mientras él empieza a bajar un poco su mano de mi cintura, sólo un poco más abajo. Su mano agarra firme mi nuca, enredándose en mi cabello. Empieza a descender su mandíbula y me da besos en el cuello, acariciándolo al mismo tiempo con su nariz. — No quiero que te vayas — susurra en mi oído — si quieres parar, sólo dilo. Y la verdad, es que no quiero que se detenga. Sin pensar, me incorporo un poco, me saco la chaqueta con su ayuda, luego subo y apoyo mi pierna derecha en el respaldo del sillón para darle espacio. Él se acomoda y queda recostado sobre mí. Mi vestido ya está en mis caderas, lo ha subido para acariciarme los muslos. Yo lo empiezo a rodear con mis piernas. Sin soltarme, se sienta en el sillón y me arrastra con él. Estoy sentada a horcajadas en sus piernas, sin dejar de besarnos, o prácticamente comernos. Siento como empieza a crecer su entrepierna, lo que sólo hace que mi temperatura suba. Con un brazo me aprieta por la cintura, con la otra mano no ha dejado de tocar mi muslo izquierdo, que empieza a subir, hasta apretar con fuerza mi trasero. No me molesta, es más, estoy extasiada. Lentamente me remuevo sobre él, frotándome contra su entrepierna. Sin avisar, su mano derecha empieza a buscar mi bikini, acariciándome con el pulgar. Mientras él no para de besar y morder suavemente mi cuello. Me siento en el cielo. Vuelve a mi boca. Mientras me besa, cada vez más profundo, me agarra firmemente del trasero, acercándome a su erección. Mi vestido está cada vez más arriba, arrugado casi en mi cintura. Un hormigueo caliente recorre todo mi cuerpo. Lo miro a los ojos, esos ojos verdes que me encantan. Junto mi frente con la suya, mientras jadeamos sobre la boca del otro. Con mis manos acaricio sus hombros, bajando hacia su pecho. Abro los dos primeros botones de su camisa, estoy demasiado ansiosa. Excitada. Un año es bastante tiempo. Mis manos se dirigen a su cinturón, luego el botón de su pantalón y antes que pueda siquiera llegar a abrirlo, me agarra bruscamente ambas muñecas, deteniéndome. Veo que ha cerrado sus ojos. — No…— susurra. Con los ojos aún cerrados, tensa su mandíbula y traga saliva. Sigo hiperventilando. Suavemente me toma por la cintura y me deja a un lado. ¿Cómo? ¡Me ha dejado con las ganas! Algo pasó. Quedo de rodillas girada hacia él, que sigue en silencio, mientras se frota la cara con una mano. — ¿Pasó algo? — pregunto despacito. No me atrevo a tocarlo. Él no me mira a la cara y se ha quedado en silencio. Se levanta del sillón de golpe. — Vamos, te llevo a tu casa… A ver, esperen, ¡exijo una explicación! — ¿Hice algo? — Pregunto. — No — responde seco. Termina de arreglar sus pantalones y su camisa mientras empieza a caminar hacia la puerta de entrada del departamento. Yo trato de alisar y acomodar mi vestido, sin muchos resultados. Tiene la camisa arrugada. Me fijo en sus pantalones mientras camino hacia él, es evidente la tremenda erección que lleva. Está igual que yo. ¿Qué le pasa? Con la cara de pocos amigos que tiene, prefiero callar. Abre la puerta, sujetándola y salgo del departamento, seguida por él. El viaje de vuelta es silencioso. Prendo la radio sin preguntar, suena alguna canción de Coldplay, que me encanta, pero estoy enojada así que ni siquiera hago el intento por cantarla. No ha vuelto a sonreír. Va serio, me mira un par de veces de reojo, pero nada más. ¿No me quiere mirar? Pues como quiera, me dedico a mirar por la ventanilla. Estaciona una casa antes de la mía, está agarrando fuertemente el volante con las dos manos. Ahora ya ni siquiera me mira de reojo. — Llegamos — dice de pronto. No me digas, no me había dado cuenta. — Bueno, eh, gracias…— Y me bajo del auto antes que él pueda decir o hacer algo. Tampoco miro hacia atrás. Estoy muy, muy molesta. Simplemente me dejó ahí en el sillón, con la temperatura a mil, interrumpiendo todo y dejó de hablarme. Entro a la casa. Aún no se han dado cuenta de mi escape, así que entro silenciosamente a mi habitación. Tiro lejos mis zapatos, y me acuesto. No entiendo su reacción. Lo estábamos pasando bien...al menos yo. Pensé que él también, o eso mostraba su entrepierna. Me he perdido con él. Nunca me había sentido así, sólo sensaciones, sus manos, sus besos, la forma en que me acariciaba… No había estado con alguien desde Samuel. ¡Por Dios Cristina!, ¡¿Qué pasó con tu autocontrol?! Ni idea. Aggg, no sé qué le pasa a ese hombre. Pero si va a ser así de raro, mejor no lo veo más. Pero su sonrisa, esos ojos verdes que me hipnotizan... ¡y cómo me tocaba! ¡podría haber tenido un orgasmo ahí mismo! grita mi subconsciente... Estúpido subconsciente. Me doy vuelta y me quedo dormida.
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