Me despierto con mi teléfono vibrando en el velador. Me duele la cabeza. Quejándome, estiro el brazo y trato de alcanzarlo. Es Elisa.
— Dime — respondo mi voz de sueño.
— Cris, te fuiste de nuevo y ni te vimos. ¿Estás bien?
— Si, sólo me dolía un poco la cabeza. Creo que fue el alcohol.
Siento como suspira al otro lado de la línea.
— Algo pasa, estas semanas has estado rara, ni siquiera has respondido nuestros mensajes. Anoche te fuiste sin despedirte. ¡Me dejaste sola en el baño! ¿Con quién hablabas? Estaba ebria, pero eso sí lo recuerdo.
— Sólo me sentía cansada, primeras semanas en el estudio, la práctica, alcohol…necesitaba dormir. Hablamos después.
— No te creo. Iré a verte en la tarde — y corta.
Elisa llega alrededor de las seis de la tarde. Como es sábado, dormí hasta tarde, mi papá se apiadó de mí pues no me despertó para desayunar con él.
Mi amiga es persistente, será una buena abogada. Me interroga, pregunta si el que llamó es el chico que conocí aquel el fin de semana, o si he conocido a alguien más. Niego con la cabeza. Aún no quiero hablar de Peter.
— ¿Es por Samuel? ¿Te ha buscado de nuevo? Pensé que ya lo habíamos superado.
La verdad es que estas semanas he recibido varios mensajes de Samuel preguntándome cómo estaba y si podíamos hablar. Terminé bloqueando su número. No lo he comentado con nadie.
En fin, aún estoy molesta por la conversación con Peter de anoche. Me pasa por estúpida, ¿Cómo le mando un mensaje a esas horas, borracha? Cuando Elisa se da cuenta que no tengo muchas ganas de hablar, asalta mi refrigerador (es probable que el de su casa esté vacío) y nos tiramos en el sillón de la sala de estar. Mis hermanos no se sienten por la casa así que nos adueñamos del televisor y buscamos alguna película para ver.
*****
Como una idiota, ignorando la tonelada de cosas que tengo que hacer, hoy me la pasé en las nubes, tratando de entender qué me pasa. Ya ha oscurecido y estoy tirada en una banca de la terraza del patio con un libro que había dejado a medio leer, con las luces encendidas. Pero no puedo. He leído la misma página 3 veces, pensando en esa estúpida llamada.
Me pongo el libro en la cara para reprimir un grito de frustración. ¿Cómo no me puedo sacar a ese hombre de la cabeza? Vamos Cristina, si hay mil seres humanos en este planeta, ¿te obsesionas con uno solo? Eres más inteligente que eso.
Bajo el libro de mi cara y me quedo viendo fijo las estrellas. Como si en algún momento una de ellas fuera a iluminarme y hacerme entender que simplemente soy una estúpida obsesiva y que ya pasó.
Siento que me tocan con un dedo el hombro.
—Cris, ¿estás bien? — veo como mi hermanito me mira desde arriba — te escuché gritar.
¡Es tan tierno! Lo amo. Me lo como a besos.
— Si Dieguito, estoy bien.
— ¿Y por qué gritas?
¿Cómo le explico la estupidez de su hermana mayor?
— Grito porque estoy frustrada — trato de explicarle.
— ¿Y cómo se arregla eso? — pregunta sentándose a mi lado.
— Se arregla aprendiendo que a veces debemos ser más realistas, y no esperar cosas imposibles...— como que un alemán de ojos verdes apareciera mágicamente con un mensaje.
— ¿Entonces papá no debiera esperar que su equipo de fútbol gane, sino que debe esperar que pierdan siempre porque son muy malos?
Se me sale una carcajada.
— Exactamente. Si él entendiera que son malos, no gritaría tanto y no se frustraría... o cambiaría de equipo de fútbol— le acaricio su brazo. Para tener 15… es demasiado ingenuo.
— Voy a ir a decirle...— y sin que pueda pararlo, sale corriendo hacia el interior.
Mientras espero el grito de mi padre defendiendo a su sagrado equipo, me repito que debo hacer lo mismo. Entender que no lo volveré a ver. Es mejor que me olvide. Quizás sí debo salir a conocer otras personas.
Suspirando, agarro nuevamente mi libro y lo dejo a un lado. Miro al cielo y le pido a alguna estrella, o a mi abuelo, que me muestre cómo sacármelo de la cabeza.
******
Oficialmente un mes sin saber de él. ¿Lo peor? no sé por qué mi subconsciente se empeña en recordármelo, como si estuviera tachando días en un calendario. La diferencia es que uno tacha días para que la espera termine. Yo espero que termine mi estúpida obsesión y mi subconsciente deje de hacer rayitas en ese calendario. Ojalá lo queme.
Como es lunes, me toca día completo en el Estudio. Hay rumores que llegarán nuevos pasantes, y creo que un abogado nuevo. Alex ha postulado para hacer su pasantía aquí, pero aún no ha recibido respuesta. Sería genial poder trabajar con uno de mis amigos.
Alguien se asoma a nuestra pequeñísima oficina. Es un hombre joven... muy, muy guapo.
— ¿Cristina Benavente? — pregunta con una sonrisa de modelo.
— Yo...— digo levantándome torpemente del escritorio.
— Me llamo Benjamín Morgan, soy uno de los abogados nuevos. ¿Podrías acompañarme? Me dijeron que tendríamos que trabajar juntos en un caso nuevo — sigue sonriéndome con esa sonrisa de modelo. Nada mal, nada mal me digo. Puede ayudar a olvidar esos ojos verdes que aún me perturban.
— Eh, si, por supuesto...— tomo mis cosas, y lo sigo.
Su oficina es un poco más grande que la nuestra. En el mismo piso, pero más cerca de la entrada. Me cuenta que es sobrino del dueño, por eso comparten el apellido, y que trabajaremos juntos, al menos en la revisión preliminar de los antecedentes. Hay unas diez cajas con documentos a un lado de su escritorio. Dice que son “solo las primeras cajas”.
Mientras me habla de trabajo (sólo de trabajo, en serio), yo me inclino a tomar una de las cajas para subirla al escritorio y revisar lo que contiene, al girarme lo sorprendo descaradamente mirándome el trasero. Se pone rojo de inmediato, se da la vuelta y se hace el desentendido.
¿Será el vestido que traigo hoy? Es que odio vestir pantalones. Y no quiero considerar usarlos sólo porque idiotas como éste no saben controlar dónde miran. ¿Dónde quedó el respeto?
Le doy una mirada de reprobación, pero sigue haciéndose el desentendido, mientras habla de no sé qué y no sé cuál otro tema del caso. Espero esta haya sido la primera y la última vez, no sabe con quién se mete. Él habla y habla, mientras pasamos toda la tarde tratando de organizar los benditos documentos. Son demasiados.
— ¿Estás bien? Ya son las siete, debieras ir a descansar.
— Estoy bien, no te preocupes. Terminemos esto.
— Te ves cansada, y no necesitamos esto para mañana. Aún tenemos tiempo. Ven, te llevo a tu casa.
— Eh, tengo otros pendientes que hacer…— no tengo nada más que hacer hoy, pero definitivamente no quiero irme con él.
Me mira unos segundos apretándose los labios.
— Si quieres te espero.
— No, muchas gracias— creo que eso sonó demasiado apresurado — Voy cerca de aquí, terminaré mis pendientes primero.
Me mira con el entrecejo un poco fruncido. ¿Acaso quería que me fuera con él? ¿En serio? El ambiente se ha puesto muy muy incómodo.
¡Pero si lo conocí hoy! ¡Y lo sorprendí mirándome! Se mete las manos en los bolsillos y sonriendo (hermosa hermosa sonrisa, no puedo negarlo) responde.
— Está bien, nos vemos mañana...
Termino de acomodar los documentos que tengo en la mano, me despido y me dirijo rápidamente a mi escritorio.
No sé por qué de pronto me he puesto tan nerviosa.