Pipa llegó a la oficina central de los bomberos y comenzó a recorrer ventanillas, la burocracia que se manejaba en su país, hacía todo más complicado, pensó mientras su vista se entretenía con algunos de los personajes que cruzaban a su paso.
Nunca había imaginado que los uniformes fueran algo que iba a llamar su atención y, sin embargo, algunos de los bomberos que habían cruzado parecían sacados de esos ridículos almanaques de los que había oído, mas nunca había visto en vivo.
Se sorprendió a sí misma por la trayectoria de sus pensamientos, en el pasado recordaba haber frecuentado jóvenes que lucían ropa no diseñada para su edad, si no para alguien mayor, luego habìa asistido a la universidad y el universo se había ampliado, pero en aquellos años lo había conocido a Caio y todo su radar había entrado en letargia. Caio había sido un gran compañero, la había hecho reír, la había acompañado a cada evento formal de su familia y a cada reunión informal con sus amigas, había ocupado un lugar reconfortante, hasta que su vida como la conocía se había visto obligada a cambiar. Por eso no podía culparlo de nada, ella era consciente de que había sido su culpa y aunque él lo había intentando, seguía pensando que su decisión de dejarla, había sido sabia.
Entonces había entrado en una nueva latencia, como si se hubiera vuelto inmune al mundo exterior y su radar había decidido quedarse sepultado también. Por eso le sorprendía el hecho de estar observando hombres en uniforme con disimulo, pero mucho más le sorprendía que todos desviaran sus pensamientos a uno en particular, a uno que nunca había visto lucir un uniforme y sin embargo, podía presumir que le sentaría de maravillas.
-Señorita Almada, lo suyo está listo.- le anunció una secretaria señalando la puerta por la que debía ingresar y esfumando cualquier recuerdo de Lorenzo de su mente.
-Bienvenida, oficial…- le dijo un joven que si bien no vestía uniforme se parecía bastante a los que había visto por los pasillos.
-Pipa, podes llamarme Pipa.- lo interrumpió antes de que llegara a leer su apellido en la carpeta que le había entregado la secretaria.
-Entonces podes llamarme Marcelo. ¿Pipa? Que lindo nombre.- le respondió el joven y entonces ella se sintió extraña. ¿Acaso estaba coqueteando con él? Estaba allí para cumplir con su trabajo, para demostrarle a Lorenzo que podía trabajar en equipo y para demostrarse a sí misma que su esfuerzo no había sido en vano. No podía perder el tiempo en pequeñeces, pensó apretando sus labios como si necesitara continuar con formalidad.
-También me gusta, lamentablemente no cuento con mucho tiempo, si pudieras contarme del incendio…- le dijo sin perder la sonrisa, pero intentando sonar firme.
Marcelo la miró de arriba a abajo y a juzgar por su gesto pareció gustarle lo que observaba, y aunque Pipa simuló ignorarlo, no pudo evitar sentir que no era demasiado tarde para ella.
-Bien, el incendio. - dijo finalmente el bombero a desgano.
-Bueno, claramente fue provocado, pero eso no tengo que decírtelo, por lo que dice acá, estabas allí.- le dijo recorriendo las páginas con la vista.
Pipa asintió, no quería conversar, necesitaba que le diera algo por donde comenzar.
-Utilizaron un acelerante común, gasolina que pudieron adquirir en cualquier lado, había restos de una tela con filamentos de nylon y una especie de dispositivo casero, parecido a las bombas molotov que se utilizaban en los setenta, tenes suerte de que me interese el tema, soy uno de los peritos que más sabe de explosivos.- aclaró con una sonrisa de lado y para Pipa su arrogancia evaporó lo que había encontrado agradable antes.
-¿Entonces señor experto, que descubrió?- le preguntó siguiendo el juego con un dejo de sarcasmo que él no captó.
-Marcelo, podes llamarme Marcelo.- respondió creyendo que la tenía en la palma de su mano, cuando en verdad la había perdido en el mismo momento en el que ella había caído en la cuenta de que no era como Lorenzo.
-Entonces, Marcelo, ¿qué tenes para mí?- le preguntó como si hubiera recuperado su capacidad de seducir, pero en realidad, estuviera actuando de manera tan burda que cualquiera lo hubiera descubierto, cualquiera menos el bombero que se acercó y señaló una fotografía.
-Mirá, vas a amarme por esto.- le dijo cada vez más convencido de que la tenía en su mira y estaba dispuesto a disparar.
Pipa observó la foto sin terminar de entender, era un rastro de algo parecido a una lata abollada, algo no terminaba de tener sentido para ella.
-A simple vista no se ve pero ese cartucho tiene un número de serie y yo, querida Pipa, lo encontré.- respondió pasando la página a una nueva fotografía, en realidad a una ampliación de la anterior donde se podían ver los números, en verdad había sido muy buen perito, pero eso no quitaba el hecho de que cada vez lo encontrara más irritante.
Pipa sonrió de todos modos, si el tipo era bueno en su trabajo podía servirle en el futuro, pensó, sin querer rechazarlo de cuajo.
-Al final tenías razón, lograste sorprenderme.- le respondió, tomando una foto de la foto para enviarsela a Walter lo antes posible, necesitaba que pudiera rastrear dónde y cuándo había sido comprado, si tenía suerte y no había sido hacía mucho tiempo a lo mejor alguien lograba recordar al comprador.
-¿Entonces vas a darme tu teléfono? - le preguntó el bombero sin quitarle los ojos de encima a su escote, ella se había puesto de pie, ofreciéndole una vista más cercana.
Pipa sonrió mientras tomaba los papeles para retirarse.
-Si sos tan buen perito, vas a conseguirlo…- le arrojó guiñandole el ojo para luego salir de aquella oficina y de aquel edificio cada vez más convencida de que había un hombre que comenzaba a gustarle de verdad, uno que no se encontraba allí, pero hacía que cualquiera de los que había cruzado perdieran su atención.
Sin embargo, aunque ahora lo supiera con más certeza, no había nada que pudiera hacer, ella tenía un objetivo y él no estaba incluído.