Cada día se me hace más difícil despertar. No siento motivación de nada. Cada vez que me toca ir al burdel, lloro antes de salir. No le encuentro sentido a nada de lo que estoy haciendo.
Ya lo entiendo. No soy una persona. Soy un objeto y como tal, soy prescindible. Si no estoy, alguien más puede ocupar mi lugar y nadie me extrañaría.
Cada hombre que pasa por mí me recuerda que mi única utilidad es satisfacerlos a ellos por un momento y luego caer en el olvido para siempre.
Últimamente un solo corte no es suficiente para aliviar esta desidia, este dolor, esta tristeza. Ya se acerca Navidad y eso me pone aún más triste, me siento más solo que nunca. Veo a la gente sonriendo a mi alrededor y no puedo hacer lo mismo, no puedo sentir felicidad. No puedo, no puedo, no puedo. Solo tengo los recuerdos de alguna vez haber sido feliz y eso me entristece aún más.
Al llegar a casa he tomado una decisión. Nadie me necesita y yo no necesito a nadie. No es necesario que siga aquí, sufriendo cada día. Si estoy o no estoy, no importa. Así que... prefiero no estar.
Tomar esta decisión no me fue difícil realmente y me tranquiliza la idea de no seguir sufriendo, de no seguir estorbando en este mundo.
Me saco las muñequeras y las vendas, dejando las heridas y cicatrices de mis brazos al aire libre. Para hacer esto no puedo seguir con esos cortes superficiales y pequeños. No. Tiene que ser más profundo y largo, desde la muñeca hasta el lado interno del codo.
No quiero dejar todo esto lleno de sangre. Parece tonto, lo sé, pero si puedo evitar una última molestia, que sea ésta. Tomo el cuchillo más filoso de la cocina y voy al baño. Dejo correr el agua y lleno la tina hasta la mitad. No veo necesario quitarme la ropa, no quiero que me encuentren desnudo, así que me meto con los pantalones cortos y la camiseta que tengo puestos.
Tomo el cuchillo. Me tiembla la mano y las lágrimas salen de mis ojos. Coloco la punta en mi muñeca, pero cuando la hundo, me duele mucho, probablemente por todas las heridas que ya tengo ahí. Así que respiro nuevamente y coloco el cuchillo en la parte de arriba del antebrazo.
-Perdóname, Raen -sollozo.
Entierro la hoja y es más fácil, aunque me duele como mil demonios.
Entonces alguien toca la puerta. Pero no quiero abrir. No ahora. Ya no es necesario.
-¡Aidan! ¡Aidan! ¿Estás ahí?!
La voz de Raen resuena por todo el apartamento. No sé qué hacer. Pero quiero verlo. Necesito verlo por última vez. Aunque sea que venga a golpearme o a matarme. Mejor aún. Prefiero morir en sus manos.
Me levanto de la bañera y salgo estilando.
-Ya voy -digo finalmente.
Me cambio los pantalones y me pongo rápidamente una venda en el brazo, para tapar la nueva herida, que esta vez es más profunda, pero no alcanzó a sangrar mucho.
Abro la puerta y ahí está Raen, tan lindo como siempre. Incluso más de como lo recordaba. Entonces él entra y yo cierro tras él.
-Aidan -dice él mirándome a los ojos, pero yo no puedo sostener su mirada- necesito que me digas la verdad.
-No te entiendo -le digo en voz baja, intentando no hacerle caso al nudo que tengo en la garganta. Estoy muy triste pero a la vez estoy feliz de verlo.
-¿De verdad solo jugaste conmigo? -me pregunta y toma mi rostro suavemente para poder mirarnos a los ojos- si me dices que sí, que nunca me quisiste y que no quieres verme más, me iré para siempre y te prometo que no te volveré a molestar nunca.
-Yo... -las lágrimas empiezan a salir de mis ojos y mi respiración se hace irregular.
-¿Qué pasó el día que terminaste conmigo? -vuelve a preguntar. Cierro los ojos. Pero, en realidad, ya no tengo nada que perder. Si me matan ellos o me mato yo, no hay diferencia. Pero no quiero que Raen se sienta culpable... ni tampoco quiero que la última cosa que escuche de mí sea una mentira.
-No jugué contigo. Nunca. Te quiero tanto que no puedo soportarlo -le digo mientras las lágrimas caen a raudales de mis ojos- Eres lo mejor que me ha pasado en la vida y lo único que quiero es que seas feliz. Y conmigo nunca podrías serlo.
-Pero qué dices -me responde y me abraza. Y yo lo abrazo de vuelta.
-Yo no valgo nada, no soy nada. No soy bueno para ti ni para nadie. Nadie debería querer a alguien como yo...
-No digas eso -me interrumpe Raen y me mira a los ojos. Él también está llorando- Yo te quiero, Aidan. Y me dolió tanto que hubieras jugado conmigo.
-No jugué contigo, Raen, perdóname -le digo llorando aún más fuerte.
-Lo sé, lo sé, ahora lo sé, Aidan. Pero por favor, dime por qué lo hiciste -me insiste, pero yo no puedo dejar de llorar, así que me abraza otra vez. Siento su cálido cuerpo pegado al mío y casi no puedo creer que él esté aquí, que no me odie, aunque yo no lo merezca.
-Ese día -empiezo a decir una vez me calmo. Pero no dejo de abrazarlo- poco antes de que tú aparecieras, llegaron dos sujetos acá. Me golpearon y me dijeron que no volviera a acercarme a ti, que arruinaría tu futuro. Y dijeron que tú habías dicho que yo era solo un pasatiempo...
-Jamás diría eso -dice Raen abrazándome aún más.
-Y entonces... entonces... uno de ellos me tiró a la cama y... -pero no puedo seguir. Raen solo me acaricia la espalda para calmarme- sé que te puede parecer una mentira por el tipo de trabajo que hago pero... fue horrible, me sentí tan mal, tenía tanto asco y tanto miedo.
-Te creo -me dice Raen simplemente y eso me calma un poco.
-Y entonces me di cuenta de que tú no deberías estar conmigo. Yo no tengo nada para ofrecerte y solo seré una vergüenza en tu vida. Alguien tan contaminado y sin valor como yo no puede estar con alguien tan bueno como tú.
-No digas eso -replica Raen mirándome a los ojos nuevamente y secándome las lágrimas de las mejillas con suavidad- Tú vales tanto como yo. No importa tu origen o lo que hagas. Eres un buen chico, eres amable, eres gracioso, eres genial. Tengo tanta suerte de tenerte a mi lado.
-Pero yo no puedo ofrecerte nada. No puedo ofrecer nada al mundo, Raen. Sería tanto mejor si no estuviera...
-No. Aidan, no. No logras ver como iluminas los lugares ni la alegría que dejas en quienes te conocen. Al menos puedo hablar por mí. Realmente iluminaste mi vida y me enseñas siempre tantas cosas que ni siquiera te das cuenta. Siempre estabas feliz... pero... eso tampoco es bueno. Porque también quiero que compartas conmigo tus dudas, tus malos días, tus problemas, tus pensamientos negativos -me dice y luego me besa con ternura.
La tristeza y la angustia aún están en mi corazón, pero pesan menos.
-No quiero que te preocupes por mí -le digo.
-Pero yo quiero preocuparme por ti y ayudarte a salir adelante -responde y me besa nuevamente- quiero ser tu apoyo, que compartamos lo bueno y lo malo de todo. Te quiero tanto, tanto Aidan.
-Eres lo mejor que me ha pasado, Raen -le respondo y lo beso nuevamente- te quiero demasiado. Y perdóname por todo. No quería hacerte sentir mal. Fui un imbécil.
-No importa. Ahora estamos juntos y está todo aclarado.
Lo abrazo fuertemente. No quiero separarme nunca más de él. Quiero vivir así para siempre. Cuando nos separamos, Raen se fija en el vendaje mal hecho de mi brazo y las cicatrices y heridas de mis muñecas. Yo las escondo con vergüenza. No quiero que vea lo que he sufrido todo este tiempo.
-No las veas...
Pero Raen me toma las manos y, para mi sorpresa, besa esas horribles marcas.
-Lo único que mereces, Aidan, es ser amado y feliz -me dice Raen. Yo le sonrío y esta vez, después de tanto tiempo, es una sonrisa genuina- ¿puedo... puedo quedarme esta noche?
-Por supuesto que sí -le respondo.
Ambos vamos a la cama y nos recostamos, abrazados.
Estoy tan feliz que casi no puedo creerlo. De verdad Raen está aquí. Con él a mi lado la vida ya no me parece un despropósito. Siento que sí valgo un poco.