Esa noche, la luna se alzaba como un faro pálido sobre el campus. Sus rayos se filtraban entre las ramas de los árboles, dibujando sombras que parecían moverse por sí solas. Yo caminaba por el sendero que llevaba al estacionamiento, intentando mantener la calma, aunque mi corazón latía con fuerza desbocada.
Cada crujido de hojas me hacía girar la cabeza, cada sombra me hacía temer que él apareciera de la nada. Pero no estaba allí. Aun así, su presencia parecía flotar en el aire, un perfume frío y dulce que me seguía, invisible pero innegable.
—Valeria… —una voz grave resonó detrás de mí.
Me giré bruscamente y lo vi, de pie bajo la luz de la luna, inmóvil y elegante como siempre. Sus ojos rojos brillaban con intensidad, iluminando la oscuridad de manera casi sobrenatural.
—¿Por qué estás aquí? —pregunté, intentando sonar firme aunque el miedo y la atracción me nublaban el juicio.
—Porque tú estás aquí —respondió, con esa calma hipnótica que siempre lograba desarmarme—. No podía dejar que caminaras sola.
Mi respiración se cortó. No era solo su cercanía; era la certeza de que podía protegerme… o devorarme, y yo no podía distinguir cuál de las dos opciones era más aterradora.
—¿No deberías estar con tus cosas de “vampiro misterioso”? —bromeé, intentando reír, aunque sonó más como un suspiro nervioso.
Él ladeó la cabeza y sonrió apenas, mostrando de nuevo esos colmillos afilados.
—El misterio no descansa, Valeria. Y tú… eres mi misterio.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No podía moverme. Él estaba demasiado cerca, demasiado presente, y cada palabra suya parecía incrustarse en mi piel.
De repente, un ruido más fuerte que el viento hizo que mis sentidos se agudizaran. Una sombra se movió entre los árboles cercanos. Yo giré la cabeza, aterrada, y él se puso delante de mí en un movimiento casi felino, bloqueando cualquier peligro.
—Tranquila —dijo suavemente, aunque sus ojos rojos analizaban cada rincón de la oscuridad—. Nadie te hará daño mientras yo esté cerca.
—¿Qué eres exactamente? —pregunté, incapaz de controlar la curiosidad y el miedo al mismo tiempo—. Un vampiro… sí, pero hay algo más. Lo siento. Puedo sentirlo.
El sonido de ramas quebrándose me hizo girar bruscamente. Una figura se movía entre los árboles cercanos, demasiado rápida y silenciosa como para ser humana. Sentí un escalofrío recorrer mi columna, y mi instinto gritó que corriera.
Pero antes de que pudiera dar un paso, él estaba allí. Con un movimiento tan rápido que casi parecía desaparecer y reaparecer, bloqueó el camino del intruso. Sus ojos rojos brillaban con intensidad, fijos en la sombra que acechaba.
—Aléjate —ordenó, y su voz retumbó en la noche como un eco de advertencia.
El intruso retrocedió, aunque no del todo. Era fuerte, demasiado fuerte para un simple humano. Pero él no mostró miedo. Su presencia, su aura, era como un muro que nadie podía atravesar.
—¿Quién eres? —gritó el intruso, tratando de intimidarlo.
—Alguien que no subestimes —respondió él, con calma letal.
Y entonces ocurrió. Con un solo movimiento, más rápido que un parpadeo, derribó al intruso al suelo. Sus movimientos eran elegantes y mortales, como si cada músculo estuviera diseñado para la perfección. La sombra desapareció entre los árboles, y él volvió hacia mí, con los ojos aún brillando como brasas.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz más suave esta vez, aunque la intensidad de sus ojos no disminuía.
—Sí… sí, gracias —balbuceé, incapaz de quitarle los ojos de encima. Cada gesto suyo era tan perfecto, tan poderoso, que me hacía sentir pequeña y vulnerable, pero también extrañamente protegida.
Él se inclinó un poco hacia mí, y el aroma dulce y metálico que lo rodeaba me envolvió. Mi corazón latía con fuerza descontrolada.
—Valeria… —susurró—. Hay peligros que no puedes imaginar. Pero mientras estés conmigo, nada podrá alcanzarte.
—¿Y cómo sé que puedo confiar en ti? —pregunté, la voz apenas audible.
—No puedes —dijo, con esa sonrisa que era mezcla de advertencia y promesa—. Solo puedes elegir quedarte… o irte.
Sentí que el mundo entero desaparecía. Solo existíamos nosotros, la noche y las sombras que nos rodeaban. Cada palabra, cada gesto suyo, era un juego de poder y atracción que me hacía temblar.
—No puedo alejarme… —confesé, incapaz de negarlo.
Él inclinó su rostro hacia el mío, sus labios rozando los míos apenas. Fue un roce ligero, suficiente para que mis sentidos se dispararan y un calor prohibido recorriera todo mi cuerpo.
—Sabía que no podrías —susurró, la cercanía de su aliento helado recorriendo mi piel.
Mi respiración se aceleró, y todo en mí gritaba peligro y deseo al mismo tiempo. No había escapatoria. Su mundo, oscuro y peligroso, me había atrapado, y yo no quería salir.
—Valeria… —susurró otra vez, sus ojos rojos fijos en los míos—. La noche tiene secretos que nadie puede comprender hasta vivirlos. Y tú… ya estás viviendo uno de ellos.
Antes de que pudiera reaccionar, desapareció entre las sombras, dejando solo el eco de su presencia y la certeza de que mi vida nunca volvería a ser igual. Mi corazón latía con fuerza, y un pensamiento se repetía sin cesar:
No puedo huir de él. No quiero huir de él.
Mientras la luna iluminaba el camino, sentí que algo dentro de mí había cambiado. Las sombras de la noche ya no eran solo oscuridad; eran su mundo, y yo ya estaba atrapada en él, marcada por sus ojos rojos, por su presencia, por el misterio que me había cautivado desde el primer instante.
Y supe, con claridad helada y ardiente al mismo tiempo, que la atracción que sentía era solo el comienzo de algo mucho más profundo, peligroso y apasionante.
Él me miró fijamente, y en su expresión había una mezcla de admiración y peligro.
—Hay cosas que no entiendes todavía. Mi mundo no es como el tuyo. Y hay reglas que tú no puedes romper sin arriesgarlo todo.
Mi corazón latía tan rápido que sentí que me iba a desmayar. Pero algo dentro de mí, una parte que no podía controlar, quería saber más. Quería adentrarse en ese mundo oscuro y peligroso, aunque significara perder mi vida o mi corazón.
—¿Qué clase de reglas? —pregunté, acercándome un poco a pesar del miedo.
—Las reglas de la noche —respondió, con un tono que me hizo estremecer—. Y la más importante… nunca subestimes lo que puedo hacer.
Sus palabras eran tanto advertencia como promesa. Una advertencia de que podía lastimarme, y una promesa de que podría protegerme si estaba dispuesta a confiar en él.
Por un instante, la bruma de la noche nos envolvió, y sentí que estábamos solos en un mundo distinto, uno donde las sombras tenían vida propia y cada latido de mi corazón se escuchaba como un tambor.
—No sé si puedo… —susurré, aunque estaba más que consciente de que estaba diciendo lo contrario de lo que realmente sentía—.
—Sí puedes —dijo él, acercándose aún más—. Solo debes aprender a aceptarlo.
Su cercanía era abrumadora, intoxicante. Podía sentir su respiración fría contra mi piel, y mis pensamientos se volvían un caos. No había lógica, no había seguridad, solo un deseo intenso, peligroso, que me llamaba a acercarme aún más.