UN AÑO, TRES MESES Y VEINTE DÍAS DESAPARECIDA. El sonido insistente del timbrado del teléfono me hace ir a prisa hacia él. —¡Mamá, no puedes estar en la casa! Sabes lo que eso significa —reconozco la voz de Roberto. ¡Oh, no! Me descubrió. Edmundo debió alertarlos después de la discusión que tuvimos anoche en la que listó los motivos por los cuales debía seguir en su casa. —Hijo —soy directa—, entiéndeme. La casa de mi hermano es cómoda y me trataron como huésped consentido, pero tengo que volver a mi hogar; al menos lo que queda de él. Sin Luis, sin Abigaíl… Hoy soy yo y nada más. Recorrer el pasillo me dio un golpe de realidad justo en la cara. La gente se muere, la soledad sobreviene. Nunca volveré a ver a mi esposo, espero que con mi hija sea distinto. —¡Ese procurador está trata

